La Broche de Oro
- Última actualización en 28 Diciembre 2012
- Escrito por: Gustavo Espinosa
La Broche de Oro
Lo que siguió, durante aquel verano, fue una sequía amarilla de tardes enormes. De repente me encontré metido en una especie de versión neorrealista de La laguna azul.
Las asambleas ciclísticas de los jpd, el “Manual para saber quién vacía el sobre de la quincena”, los casetes regrabados mil veces con arengas o denuncias horrorosas que llegaban de Buenos Aires o de Europa, se me habían transformado en una obligación estúpida, como estudiar para un examen de contabilidad.
La verdad es que visitarte en tu casa y en tu inmovilidad para escuchar a Ziggy Stardust, para escucharte hablar de Ziggy Stardust o para que me prestaras libros de Calvino, también me parecía un deber incómodo con el que otro se había comprometido, y que yo debía cumplir a disgusto. Andaba en otra cosa.
A eso de las dos de la tarde, frito por el solazo y por mi propia lujuria, llegaba al prisma del barrio Suárez. Generalmente Román estaba sesteando y Viali, acaramelada en aceite de coco, me estaba esperando afuera, a la sombra de los tártagos, cada día con un biquini de diferente color y con la misma chismosa para el mate, la toalla y los bizcochos. De vez en cuando, si el Trovero aún no había regresado de la mamúa matutina, o si se había ido a alguna parte, echábamos un polvo urgido e hirviente, embadurnados en un jarabe de transpiración y bronceador, sobre los trapos incomprensibles de la cama turca. Pero casi siempre salíamos rumbo al río ni bien yo llegaba. Íbamos por dentro del monte de algarrobos y eucaliptos del ejido, por sendas que Viali me fue enseñando en esos meses. Colgándose de mi cuello o simplemente mientras se espantaba enjambres de jejenes o se detenía para sacarse una roseta de entre los dedos de los pies, ella me repetía su lista de sinónimos. A veces lo hacía dulcemente, prometiendo una delicia que sólo ella era capaz de dispensar y de negar. A veces, cada uno de los nombres de mi único dios de aquellos días era pronunciado como si se tratara de un arma o de una alimaña intratable, que ella iba a usar para devorarme o para matarme de extenuación. Sin embargo, es raro (aquí podrías introducir algo de Freud de a dólar el ejemplar) que en toda su procacidad nupcial, durante aquellos trayectos, en los médanos, en la cama turca, ella jamás pronunció la palabra pija, ni ninguna de sus metáforas. Ronroneaba –sobreactuando la parodia de una ninfómana– que tenía hambre de aquello o hacía ademanes exagerados, como los de un pescador.
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