Brecha Digital

Alfabeto del trópico

Alfabeto del trópico

“El océano ha leído en nosotros,
ha registrado los más mínimos detalles
y luego… ya sabes como sigue”
Stanislav Lem, Solaris.

¿Qué podría haber leído el océano en Apolonio González? Sentados ambos frente a frente, mirándose, parecería imposible adivinar qué pensaban el uno del otro. Apolonio venía de la antítesis del mar. Nacido en un poblado metido en la falda de la montaña, no había visto otra costa que las dos orillas que bordeaban un hilo de agua que bajaba entre las rocas. Era una costa cambiante.

En buena parte de la estación seca directamente desaparecía. Cuando comenzaban las lluvias volvía para reclamar su sitio. Más de una vez había llegado a la puerta misma y lamido el escalón de piedra que daba paso a la galería donde estaban las dos hamacas atadas a los postes de madera. Su padre había construido la casa en una inclinación, a puro instinto, para que la costa no se metiera en la única habitación de paredes de adobe y empapara las camas de cuerda trenzada.
Por eso, cuando le tocó echarse al monte, esa cama suya con un hueco en el centro sobre el que se había trenzado una cuerda rústica para que hiciera de parrilla y de colchón a la vez, había sido su vacuna para la incomodidad. Distinto era lo que sucedía con el Matemático. No se quejaba pero era evidente que cada mañana se despertaba más cansado de lo que se había acostado la noche anterior. No tenían camas en la columna Umanzor. Ni siquiera de las de cuerda trenzada. Dormían sobre unos rectángulos de plástico grueso y encima una manta. Apolonio sabía cómo acomodar el cuerpo sobre el terreno para que el sueño llegara reparador. El Matemático no. Pero sabía otras cosas. Conocía otro alfabeto, por ejemplo. Apolonio, que había aprendido a leer tres años atrás, presumía de conocer todas las letras hasta que una tarde al Matemático le dio por fastidiarlo y le apostó que podía mostrarle más de diez letras que no sabría identificar. Una, tal vez, pero diez, imposible. Así que Apolonio hizo su apuesta y la perdió cuando el Matemático sacó un pequeño libro de su morral y se lo mostró lleno de signos incomprensibles.
Sentado, frente al océano y de espaldas al océano a la vez, Apolonio volvía a ver esas letras. El Matemático ya no estaba con él pero le había enseñado pacientemente su sonoridad. Ahora las leía sin ayuda en la pequeña placa de metal que se adivinaba del lado interior de la baranda gris del barco. Arbat tenía que ser el nombre, y esa otra palabra, Leningrado, seguida de una fecha, tenían que ser el lugar y el año en que había sido construido. No le resultaba desconocido. El Matemático también le había hablado de esa ciudad y de los meses de asedio y del invierno inconcebiblemente helado. Desde la primera vez que se había sentado frente al océano se había acomodado a él, como antes a la tierra. Por eso no tenía miedo. Apenas un pensamiento, rápidamente descartado, sobre cómo haría ese barco, acostumbrado al frío, para no derretirse en el calor agobiante de Puerto Corinto.
Si ese océano hubiera sido capaz de tomar los pensamientos de quienes le orbitaban y materializar sus deseos y temores, no hubiera dudado en construir para Apolonio la imagen de carne y hueso de María de la Encarnación Benítez. No hubiese tenido que elegir entre poner frente a él su mayor deseo o su mayor temor ya que María de la Encarnación los encarnaba a ambos. Cinco años a monte esquivando la muerte casi a diario para que luego hubiera tenido que enterarse de la apoteósica entrada a Managua por los cuentos de otros. Su columna entró en Estelí el 16 de julio, y en lugar de mandarlos hacia la toma de la capital les ordenaron quedarse para asegurar esa ciudad, llave del norte. Después de eso, cuando se apresuraron a desarmar y licenciar a casi todo el mundo, a él le colgaron el título de teniente y lo asignaron a la recién creada marina sandinista. Hubiera podido decir que nunca había visto el mar y que de marino tenía tanto como el Matemático de agricultor, pero no dijo nada. Era la época en que no se discutían las órdenes porque esas órdenes implicaban la construcción de todo lo nuevo que estaba por venir.
Lo montaron en la caja de una camioneta y en un abrir y cerrar de ojos estaba ahí, mirando el océano. Marinero sin saber nada del mar. Esta vez la costa era una costa. Tenía un comienzo y un final. A lo mejor por eso el océano le parecía menos de temer que el arroyo que crecía en la estación de las lluvias. El arroyo que estaba cerca de María de la Encarnación, de la que hacía años que no sabía ni siquiera si todavía lo estaba esperando. Las mujeres son más imprevisibles que las estaciones, se decía, intentando imaginar qué podría haberle dicho su padre si alguna vez le hubiera hablado de algo más que de las cosas prácticas del campo. Lo que más le gustaba de esta costa era la sensación de que se trataba de dos costas. Una a sus espaldas que podía identificar claramente con las rocas, la playa, el caramanchel donde tomaba alguna cerveza helada. Cervezas Victoria. Un viejo nombre ahora resignificado. La segunda costa estaba a su frente. Era una línea imaginaria situada allá donde se suponía que debía terminar el océano, donde debería haber otra playa, otras rocas, otras mesas con cervezas heladas. Otro alfabeto.
María de la Encarnación encarnaba tanto su deseo como su miedo, ya que su flamante birrete de teniente del mar lo había obligado a salir de Estelí rumbo a Puerto Corinto sin pasar por la aldea de sus padres ni tener tiempo para mandar un aviso. O casi. Porque el Matemático, que estaba entre los licenciados ya que se integraría al Ministerio de Planificación, consiguió que le permitieran tener una semana libre. Iría a La Calera y les diría a los padres de Apolonio que estaba bien. Seguramente en unos seis meses tendría algunos días de permiso y podría volver.
Pero el océano calla. No le dice a Apolonio González lo que realmente ha sucedido. El Matemático sí fue a La Calera, sí se encontró a los padres, pero fue otro el mensaje. Por alguna razón que el océano no puede entender, porque no lo tiene delante de sí para leerlo como un libro abierto, el Matemático les dijo que Apolonio había muerto. Se quedó con los padres los nueve días que marca la hospitalidad por los difuntos. Al día siguiente de la noticia apartaron las camas de cuerda trenzada y ahí, en la habitación única, pusieron una mesa y encima de la mesa una pequeña foto de tamaño carné y algunas flores. Consiguieron bancos en las casas vecinas y durante ocho días las mujeres se estuvieron turnando para rezar el rosario. Al día noveno aparecieron en platos de plástico los envoltorios de hoja de plátano rellenos de maíz con cerdo que forman parte de toda comida de muertos. Así fue que Apolonio tuvo su novenario aun estando vivo. El Matemático no se llevó a María de la Encarnación a la ciudad, sino que se quedó con ella. Era imposible que no supiera que seis meses más tarde, a lo sumo un año después, Apolonio regresaría al poblado. Podría haberse perdido con María de la Encarnación en la incomprensible Managua. Pero eligió quedarse.
Sentado frente al océano en la ex patrullera Arbat, hoy renombrada Benjamín Zeledón, Apolonio González no sabe que años después contará esta historia en otra costa. No será un océano sino un lago con un volcán de telón de fondo lo que definirá el espacio. Habrá otras mesas de plástico. La cerveza seguirá siendo Victoria, como la frecuentación de una costumbre. Contará entonces lo que le ocurrió con María de la Encarnación Benítez. Contará que no hizo lo que todos esperaban que hiciera. Lo que su padre, sobre todo, hubiera esperado que hiciera. La brisa llega del lago y aparta con un soplo benéfico la gruesa capa de paño con la que la tarde había tapado la ciudad. Apolonio da el último trago a su botella color ámbar y da por terminada su historia. No la remata con ninguna frase. Sólo deja que se extinga, así, con los hechos puestos a secar sobre la arena.