Tierra adentro domina el estero y en la costa reina el arenal. La costa atlántica se inicia en Punta del Este y se prolonga hasta la barra del Chuy. En sus partes salientes hay cabos, puntas y promontorios, todos constituidos por rocas muy consistentes, cuyo destino es enfrentarse a las aguas en desigual batalla y sucumbir finalmente ante la furia del océano.
El litoral rochense, a su vez, se estira desde la laguna Garzón hasta la frontera con Brasil. Los accidentes más notables son el cabo Santa María, que alberga el puerto de La paloma, el cabo Polonio, la Punta Aguda, la Punta del Diablo, la punta Palmar, la Punta del Barco, la punta Cerro Chato, la Punta de la Moza, la Punta de los Loberos y la punta de La Coronilla. Las puntas y cabos están constituidos por gneiss y granito, rocas arcaicas nacidas en la aurora geológica de la tierra. Entre dichas salientes, que clavan sus empecinadas uñas en el mar, se tienden arcos de arena, semejantes a las amarillas membranas de un ánade gigantesco.
La arena es el producto de la incesante destrucción de los espigones naturales: el cuarzo, esqueleto del granito, es destrozado por la metralla oceánica y se convierte gradualmente en guijarro, en grava, en arena gruesa, en arena fina, finísima, tan delicada como el polen y tan liviana como la ceniza.
La arena es la dueña y señora de los paisajes litorales. Lisa y turgente donde el agua la moja y cohesiona, forma una pista inacabable que invita a las largas caminatas sobre su espalda sembrada de medusas moribundas, de valvas que centellean con resplandores rosados, de maderos de antiguos naufragios fragmentos de troncos de árboles remotos. Pero esta arena que parece una tabla junto al océano pierde tierra adentro su docilidad: remolinea, insurge, y finalmente levanta dunas que marchan hacia el norte llevadas por los vendavales marinos.
Las dunas forman un verdadero desierto costanero. Redondeadas en las cimas, de flancos simétricos, se suceden una tras otra como caparazones de gliptodontes color miel. A veces son tan altas como cerros y en Valizas alcanzan hasta 70 metros sobre el nivel del mar. Se prolongan hasta diez o más quilómetros hacia el interior, según las zonas, y cambian de lugar y forma con el viento. El naturalista, el arqueólogo o el simple cazador de paisajes saben lo que es caminar con un cielo implacable a cuestas y una sartén blanda y calcinada bajo los pies, repechar las faldas y coronarlas una y cien veces, descender las laderas y atravesar los valles donde se forman costras cuarteadas sobre el suelo húmedo, sentir en las mejillas y en los brazos el tenaz martilleo de una fusilería liliputiense.
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