Genética franco-guenoa
- Última actualización en 28 Diciembre 2012
- Escrito por: Samuel Blixen
Una de corsarios en el Monte de Ombúes
Todo el entorno respira un aire mágico: la luminosidad de la laguna rasgada por el vuelo de las aves, las luces y sombras del bosque de ombúes, los troncos que no son gárgolas, el olor umbroso de los túneles de ramas, el arco iris de la contracorriente en el nacimiento del arroyo, el susurro del viento en los pajonales.
Naturaleza mágica. Pero adentro, en el casco de la estancia turística que una vez fue la fortificación de la Guardia del Monte, avanzada de la Fortaleza de Santa Teresa, contención precaria de las incursiones portuguesas, hay otra magia, más propia de alquimistas. En la cocina, allí donde se cuece el pan y se asan exquisiteces, domina el lugar un fogón de hierro fundido, alargado, inmenso, con varios hornos y múltiples hornallas, que despide un calor insufrible de la leña que nunca se apaga. “Es una cocina de una embarcación que se hundió en la costa”, te informan, y uno se pregunta cómo sacaron eso del mar, cómo lo trasladaron, cómo lo metieron allí.
Y más, todavía. Uno se imagina la embarcación hundiéndose, los mástiles crujiendo, las chalupas acercando a los sobrevivientes a las costas. Y casi es posible ver a los fantasmales “ponchos negros” corriendo en la oscuridad por la costa, estaqueando antorchas, cambiando faroles de lugar para confundir al piloto, para hacerle creer que son las luces de un pueblo, para guiarlo hasta las rocas donde la nave, otra más, naufragará, para que después ellos comiencen el saqueo y otros, siglos después, completen el desguazamiento reflotando el fogón marinero y remontando con él el arroyo Valizas –contribución de los “ponchos negros” a la nomenclatura costera– hasta la Guardia del Monte, en el borde mismo de la Laguna de Castillos.
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