Turistas de paso
- Última actualización en 28 Diciembre 2012
- Escrito por: Pablo Thiago Rocca
Turistas de paso
La ciudad se nos antoja un enorme puerto abierto a todos los ángulos, a todas las visiones. Tal vez esta impresión esté incitada por un enorme buque de carga varado casi en la calzada, cerca del movimiento de unos autos que parecieran esquivarlo. Almorzamos en un bar de mala muerte donde se dan cita en un mismo espejo Marilyn, Einstein y los Tres Chiflados.
Nos perdemos ascendiendo calles con casas estrechas, montadas unas sobre otras, con ventanas por las que asoman viejos sabios sin dientes, matronas que ofrendan sus tetas en los postigos mientras rezongan a sus críos, y marineros que silban a María o nos enfocan con ojos chuecos. Un ascensor trepa por la colina y subimos para evitar las escaleras mientras rechina y se inclina como un animal moribundo: me recuerda los ascensores horizontales que atormentaron las noches de mi infancia, la prehistoria de mis sueños.
Desde la cima, la bahía de Valparaíso es un cristal intacto. Nos tomamos un bus para bajar hasta La Torpedera, una ensenada de arena sucia que se deja mojar por el Pacífico. Evento: un baño en la corriente helada de Humboldt. De la nada aparece un niño gordísimo comiendo unas algas negras que poseen tentáculos de pulpo gigante. Aquellas algas eran el objetivo artístico para una instantánea de María. Pero el regordete se las va devorando mientras arrastra el cuerpo gomoso por la arena, como si fuese un cadáver antediluviano, y se lo enseña gustoso a la familia constituida por otros trogloditas. La posteridad decidió esta vez perdonarlo y no le tomamos foto.
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