Una lección de periodismo en el paraíso

Prehistoria del Morro de San Pablo

Viajé al Morro de San Pablo a comienzos de los noventa, cuando era más barato veranear en cualquier playa de Brasil que en Salinas del lado norte. Cuando Florianópolis tenía un barrio de uruguayos bronceados llamado Barra da Lagoa. Cuando se empezaron a correr rumores sobre la Valizas fiestera, ese pueblito de ranchos desgarbados y vacas en la playa que durante el verano se infectaba de hippies trasnochados que usaban las vírgenes arenas para perpetrar sus míticas orgías de marihuana, cucumelos, vino lija y noctilucas.

Cuando los diarios capitalinos publicaban noticias de desnudas ninfas resacosas durmiendo en las cunetas valiceras, cuando las estudiantes de humanidades se enamoraban hasta el casamiento de los pescadores. En ese tiempo no había Internet ni globalización, las noticias corrían de boca en boca, y entre los viajeros costeños de circuitos alternativos un buen dato valía un proyecto. El pique del Morro de San Pablo era para sibaritas de la mochila, un escondrijo puro y aislado, de incómodo acceso: un plan perfecto. Una playa que nadie se atrevía a describir demasiado, pero que se recomendaba con decisión y cierto misterio.
El ómnibus partía de Montevideo directo al Chuy. El destino era Salvador de Bahía, pero lo íbamos a hacer en trayectos cortos. En ttl eran demasiado caros los boletos directos e hicimos esa travesía de casi tres días en dosis homeopáticas. Mil combinaciones hasta recorrer los tres mil quilómetros que separan Montevideo de Salvador. Vivimos el 31 de diciembre en una de las fiestas blancas de una playa de Rio y seguimos trepando el mapa, estación por estación. Supimos en una de las últimas escalas que la suerte estaba con nosotros. Al llegar a una ciudad de la que no recuerdo ni el nombre, perdimos el último bus que salía para Salvador. Lo vimos irse a las 4 en punto de la tarde. Con tristeza oímos el dato de que era el último del día. No traíamos rubros para dormir en hoteles, así que permanecimos en la rodoviaria hasta las 5 de la mañana. Jugamos a las damas para matar el tiempo, bajo la atenta mirada de una decena de personas que utilizaban la terminal para pernoctar. La partida era seguida por esa verdadera corte de los milagros que rondaba por ahí apenas la oscuridad estrenaba la noche. Y fue cierto que resultó una suerte perder el bondi: a unos 150 quilómetros de la partida se desbarrancó y cayó bajo un puente con un saldo importante de heridos. Lo vimos al otro día en la mañana, hecho una lata de sardinas abollada.
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