Brecha Digital

Alfabeto del trópico

Alfabeto del trópico

“El océano ha leído en nosotros,
ha registrado los más mínimos detalles
y luego… ya sabes como sigue”
Stanislav Lem, Solaris.

¿Qué podría haber leído el océano en Apolonio González? Sentados ambos frente a frente, mirándose, parecería imposible adivinar qué pensaban el uno del otro. Apolonio venía de la antítesis del mar. Nacido en un poblado metido en la falda de la montaña, no había visto otra costa que las dos orillas que bordeaban un hilo de agua que bajaba entre las rocas. Era una costa cambiante.

  • Escrito por Roberto López Belloso

La Broche de Oro

La Broche de Oro

Lo que siguió, durante aquel verano, fue una sequía amarilla de tardes enormes. De repente me encontré metido en una especie de versión neorrealista de La laguna azul.
Las asambleas ciclísticas de los jpd, el “Manual para saber quién vacía el sobre de la quincena”, los casetes regrabados mil veces con arengas o denuncias horrorosas que llegaban de Buenos Aires o de Europa, se me habían transformado en una obligación estúpida, como estudiar para un examen de contabilidad.

  • Escrito por Gustavo Espinosa

(Nantes, más allá de todas las aventuras)

Costa francesa

Llovía en Nantes la primera vez que viajé a esa ciudad, y recuerdo que pensé de inmediato en aquella canción tan triste de Bárbara, una canción sobre la muerte de su padre: “Il pleut sur Nantes/ donne-moi la main/ le ciel de Nantes/ rend mon coeur chagrin”. El cielo de Nantes, siempre encapotado, dicen algunos. En mi siguiente viaje a esa ciudad, tal vez porque era pleno agosto, la supuesta eterna lluvia de Nantes quedó desmentida a conciencia por un sol de plomo, que parecía salido del centro de un volcán del interior de la tierra, como si el sol quisiera homenajear a la ciudad natal de Julio Verne. Me dije que a Nantes, la ciudad más importante de la Bretaña, la lluvia le daba sentido y el sol la desfiguraba.

  • Escrito por Enrique Vila-Matas

Yo estoy acá

Primero, se escucha

La costa tiene olor a pintura de barco, a brea, al aire indefinible y caliente bajo los algarrobos, a aceite de coco y a paja de sombrero empapada, a las lombrices retorciéndose en su lata, a madera mojada, a mojarra curvándose en el aire antes de ser condenada al canasto que será su tumba. También tiene sonidos: a hojas que se mueven, al perpetuo rumoreo del río, al sonido del bote empujado hacia el agua, al del golpeteo de las olas –vaya licencia exagerada– contra el casco, al estallido alegre cuando un cuerpo –en el mejor de los casos el tuyo– perfora la superficie para hundirse en la frescura deliciosa.

  • Escrito por Rosalba Oxandabarat

Al oriente, otra costa

Tres poemas japoneses

Un coco, de Toson Shimazaki (1872-1943)

Desde una isla remota y desconocida
vino traído por la corriente un coco.
¿Cuántos meses llevas entre las olas
desde que te separaste de la orilla de tu tierra?

¿Es muy frondoso tu árbol?
¿Sus ramas dan sombra todavía?
Sabes, yo también tengo a la playa como almohada
en un viaje solitario y vagabundo.

Tomo el coco y lo llevo a mi pecho,
se me renueva la tristeza de desarraigo.
Viendo el sol ponerse bajo el mar
me brotan lágrimas de extranjero.

Recuerdo los pliegues de aquellas olas.
Un día, sí, volveré a mi patria.

Un tanka de Takuboku Ishikawa (1886-1912)

En la arena blanca de la costa
de una islita del mar del este
yo, empapado de lágrimas,
juego con un cangrejo.

Un haiku de Shiki Masaoka (1867-1902)

A la puesta del sol,
¡lavan un caballo!
en el mar de otoño.

  • Escrito por Selección y traducción Kazunori Hamada