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Líbano en el rompecabezas sirio

Crónica desde Beirut

Las banderas azules han desaparecido del campamento plantado frente a la residencia del primer ministro libanés, Najib Mikati, en la ciudad de Trípoli. Eran las enseñas que identificaban al Movimiento del Futuro, el partido del líder sunita y ex primer ministro Saad Hariri. “No queremos que el campamento pertenezca a ningún partido”, explica Alá Hussein, un joven simpatizante sunita, organizador de la sentada que pide la dimisión del gobierno dominado por el partido-milicia chiita Hizbolá, tras el asesinato del jefe de la inteligencia policial, el general Wissam al Hassan, en octubre.
El gesto no es inocente. “Hemos decidido dejar sólo las banderas libanesas”, enfatiza Hussein. La coalición opositora, liderada por el movimiento del liberal Hariri, ha querido distanciarse de la creciente tensión sectaria que vive el país, azuzada por la guerra en Siria. Se trata de un momento decisivo, especialmente para los partidos respaldados por mayorías sunitas.
A la luz de la “primavera árabe”, los sunitas, mayoritarios en el islam, viven un resurgir político que ha colocado en el poder a islamistas más o menos moderados en Túnez, Libia y Egipto. La organización panislamista de los Hermanos Musulmanes ha tomado ventaja, con una estructura forjada durante años que ha servido de guía para encarrilar los estallidos revolucionarios.
“Una parte de los libaneses se sienten, de algún modo, oprimidos”, apunta Imad Houd, único diputado del Grupo Islámico, la facción libanesa de los Hermanos Musulmanes. Se refiere a los partidarios de la coalición 14 de Marzo, que aglutina el grueso de la población sunita libanesa y parte de la comunidad cristiana, “oprimidos” por el gobierno pro sirio. En esa coalición se integran el Movimiento del Futuro y el propio Grupo Islámico. El atentado que mató al jefe de la inteligencia policial, azote de Damasco en Líbano, fue “la gota que colmó el vaso”. El “equilibrio político”, dice, se desmoronó.
“Existe tensión, pero es más política que religiosa o étnica –puntualiza Houd–, un grupo apoya al régimen sirio y otro apoya la revolución. La tensión es entre ambos grupos, la naturaleza del Líbano (donde conviven 18 comunidades legalmente reconocidas) hace que parezca una tensión sectaria.”
La crisis en Siria contra el régimen alauita (una secta del islam chiita) de Bashar al Assad ha terminado revelando el resurgimiento del poder sunita en Oriente Medio. Tras 20 meses de lucha y más de 40 mil muertos, el conflicto ha traspasado las fronteras regionales. Irán, el “modelo” de república islámica chiita, alineado con Irak y con Hizbolá en Líbano, mantiene inalterables sus vínculos con Damasco, mientras Qatar y Arabia Saudita sostienen a los rebeldes. Se evidencia un nuevo mapa que se asentó con la victoria del islamista Mohamed Mursi en Egipto y su papel en la gestión de la última crisis en Gaza.
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