El filósofo español Fernando Savater, que anduvo por estos lares, afirma que los peores enemigos de la democracia son la miseria y la ignorancia. Alessandro Pluchino, Andrea Rapisarda y Cesare Garofalo, científicos de la Universidad de Catania (Italia), creen en cambio que ese enemigo es la propia composición del sistema representativo. En el modelo matemático que han creado tomaron en cuenta el condicionamiento de las decisiones de los representantes nacionales a sus intereses propios o motivados por el bien común, inspirados en las “leyes fundamentales de la estupidez humana” que desarrollara Carlo Cipolla, otro miembro del equipo de italianos (véase Brecha, el 7-ix-12). El resultado de su investigación sugiere que los parlamentarios tomarían mejores decisiones si al menos una parte de los representantes fuera electa al azar, por sorteo entre los ciudadanos. No es precisamente nuevo. El principio de elegir a los representantes del pueblo por sorteo es una idea del siglo de Pericles: remonta a la antigua Grecia, 26 centurias atrás. Los griegos inventaron el kleroterion, una especie de bolillero para designar jueces, presidentes de asamblea o representantes. La elección por sorteo tiene variados fundamentos, por ejemplo que desalienta la carrera política, que quien resulte electo no tiene por qué ser militante de un partido y que estaría obrando sólo según su leal saber y entender. Siendo además los pobres mayoría, hay más posibilidades de que sean pobres los que resulten electos, sostienen con sentido común aristotélico los tres italianos. Y agregan, oponiéndose a Platón y a su idea de un gobierno de “los mejores”, los más educados e inteligentes, que ello “mejoraría la democracia”. En la pasada campaña electoral en Estados Unidos, las discusiones entre analistas para determinar cuál de los dos candidatos había ganado tal o cual debate no discurrían acerca de sus respectivas capacidades para convencer o acerca de las ideas expuestas sino sobre el lenguaje corporal, los segundos de silencio, la cantidad de sonrisas, errores o titubeos del uno y el otro. Allí las elecciones no se deciden en las urnas sino en los shows televisivos. El azar, dicen los tres pensadores de Catania, sustituye al talento para actuar frente a las cámaras, dejando sólo en juego la buena fe del ciudadano anónimo a quien le toca la tarea, por una vez y por poco tiempo, siendo absolutamente impune de lo que diga o proponga. El representante designado por azar legisla sobre derechos, libertades, uso del gasto público, sobre las formas de vivir en sociedad y esto es del orden de las convicciones más que de la técnica, pero si es necesario puede, inspirado en la antigua Grecia, disponer de funcionarios que aporten la experticia técnica y administrativa que serían –ellos sí– pasibles de todo tipo de sanciones si no actuaran lealmente.
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