Un espejo a tiempo
- Última actualización en 14 Diciembre 2012
- Escrito por: Ignacio Cirio desde San Salvador
Con el salvadoreño Francisco Pineda, “Nobel” ambientalista 2011
Desde hace un par de años, el agrónomo Francisco Pineda, presidente del Comité Ambiental del departamento salvadoreño de Cabañas, no puede prescindir de custodia personal armada para sus movimientos dentro de su país. Ello, su popularidad internacional y una fotografía en la que aparece estrechando la mano de Barack Obama en San Francisco en momentos en que recibía el premio Goldman 2011 por su lucha ambiental contra la minería en su zona, han sido sus “escudos”, los garantes, siempre relativos, de su vida.
Francisco Pineda está lejos de mantenerse enclaustrado. Por el contrario, recorre permanentemente los cantones y aldeas de Cabañas que rodean “El Dorado”, nombre dado por la minera canadiense Pacific Rim al proyecto de extracción de oro que se encuentra paralizado debido, precisamente, a la larga y dolorosa lucha que lidera Francisco y que lo ha transformado en un referente centroamericano en la resistencia y defensa de los territorios que la extracción aurífera amenaza.
En el caso de la resistencia a la Pacific Rim, el dolor tiene nombres de mártires, que Francisco ha visto caer a su lado, llorado y reivindicado a cada paso. Nombres que hacen olvidar que su vida tiene precio: Ramiro Rivera (su “lugarteniente”, acribillado en diciembre de 2009) y su hermano Marcelo; Dora Resinos (en cuya casa comían y dormían Francisco y demás integrantes del Comité Ambiental de Cabañas (cac) en sus visitas iniciales, asesinada a balazos finalizando un embarazo cuando regresaba del río con pescado fresco, agua potable y su pequeño hijo de 2 años en brazos, quien resultó herido en un pie), y Juan Francisco Durán Ayala.
Sin poder despegarse de sus guardias, Francisco camina la zona, consuela a las familias de las víctimas, visita el Congreso, se embarca una semana hacia Guatemala en una misión internacional de verificación sobre violación de derechos humanos organizada por Amigos de la Tierra Internacional y el Trasnational Institute de Ámsterdam –de la que formó parte este cronista–, donde explica cuáles han sido las claves para detener a la Pacific Rim… y en diálogo con Brecha recuerda que la minería metálica es inseparable del uso intensivo del agua, eje principal de vida en el mundo rural. De ahí que campesinos, jornaleros rurales y demás pobladores de las comunidades, pese a necesitarlo todo, no duden: “lo que más necesitamos es que la Pacific Rim se marche de aquí”.
En un alto del camino, Francisco explica cómo nació su compromiso ambiental y envía un mensaje a aquellas comunidades que enfrentan a la minería, principal causa de los conflictos territoriales en América Latina.
—Mis dos padres estuvieron en la lucha por la reforma agraria en el país en los años setenta. A mi padre lo mataron por ello. Mi trabajo ha sido en áreas ambientales, en el pnud y en fao. En 2002, de tanto trabajar, la familia me pide que vuelva a la casa y regreso a mi cantón, precisamente donde está instalado el proyecto de Pacific Rim. Ocurre entonces que se seca el río y la comunidad me consulta, al tener yo conocimientos sobre la problemática ambiental. Cuando llegamos al río y analizamos la causa, descubrimos la existencia de una bomba con una cañería de cuatro pulgadas, que era de donde se surtía la empresa para lubricar la maquinaria donde estaban haciendo la exploración. Fuimos donde el alcalde para reclamar que quitaran la bomba, pero él nos dijo: “En eso no me meto”. De ahí a la fiscalía a radicar la denuncia, cuando nos enteramos de un proyecto para hacer un vertedero de basura también en nuestro municipio. Eso hizo crecer la preocupación, hasta que un funcionario nos comentó: “Es verdad que el vertedero los va a afectar, pero aquí habrá una explotación minera y va a ser aun peor”.
Fue entonces que recurrimos a la Universidad Nacional de El Salvador, donde no había nada de información sobre el problema de la minería. Al investigar en Internet comencé a descubrir los problemas en Chile, Guatemala, Brasil y nuestra vecina Honduras, donde entonces había empresas que llevaban más de cinco años trabajando. De allí comencé a hacer contactos para ir a conocer los efectos en el terreno. Así fue como comprendí realmente lo que estaba en juego y comencé a llevar líderes de las comunidades, que a su regreso comenzaron a organizar su cantón, sus caseríos. Desde entonces apelamos a otras organizaciones –porque sabíamos que solos no podíamos–, y el movimiento creció.
Hasta la fecha, a partir de esa resistencia hemos tenido tanto ratos de alegría como de tristeza. En 2008, cuando la empresa se preparaba a iniciar la fase de explotación y las comunidades no le daban el permiso, presionaban sobre las instituciones del Estado. Tras ofrecer regalías a la gente para que depusiera esa resistencia, comenzaron las amenazas y poco después los asesinatos.
—Contra usted mismo hubo un intento de envenenamiento…
—Sí, y no dudo en decir que fue la empresa la responsable, porque quien ofreció el dinero fue un trabajador de la Pacific Rim. Él ganaba unos 500 dólares y vino a ofrecer 2 mil para que me envenenaran. Siguiendo la lógica, es claro que era interés de la empresa quererme envenenar. La misma señorita que lo haría dio testimonio a la fiscalía y a la policía, pero hasta ahora no han hecho nada. Sigue la impunidad.
—¿Quién asesinó a sus cuatro compañeros?
—Fue la Mara 18 (una banda mafiosa juvenil), pero todos sabemos por qué mata esa mara: por dinero, por sicariato, porque alguien le paga. Ramiro era una persona de 55 años de edad que jamás perteneció a ninguna mara ni a ningún partido político. Nadie le pidió dinero, no había una extorsión allí. La única hipótesis es por sicariato. Ahora, ¿quiénes son nuestros enemigos? Aquellos que se sienten molestos por lo que hacemos, que es pedir que esas empresas mineras se larguen del país. Nosotros decimos que las autoridades deben investigar a las mineras, a los alcaldes y hasta a algunos diputados que han querido favorecer a esa explotación en el país.
—Hablamos de un modus operandi de las empresas que se inicia antes aun de llegar a los territorios, a fuerza de dinero, comprando autoridades políticas y comunitarias.
—En realidad en las comunidades con tener frijol, maíz, agua limpia y tierra nos sentimos orgullosos. Por eso somos más resistentes que otros que creen que tener cinco o seis automóviles es el desarrollo. Para nosotros es más importante el agua, el aire, que el oro. El oro en nuestros medios nos puede servir para que alguien nos mate o nos vuele un dedo. Otra de las cosas importantes es que estuvimos a tiempo de ir a otros países a conocer lo que estaba sucediendo y encontrar la misma metodología. Así han llegado a Honduras y a Guatemala, a ofrecernos a nosotros, los de escasos recursos, el “desarrollo”, pero al final ellos se van y la gente queda enferma. Esto ocurre antes aun de que comiencen a operar, cuando, por ejemplo, secan fuentes de agua.
—El Salvador está hoy gobernado por el Frente Farabundo Martí y se ubica dentro de la lista de gobiernos de cambio respecto al pasado inmediato en América Latina. Sin embargo, el proyecto minero es bienvenido. ¿Cómo analiza esa relación de los gobiernos progresistas con este tipo de industrias o inversiones?
—Cuando hacemos un análisis de casi todos los gobiernos, vemos que la mayoría de ellos hablan de economía y eluden la parte ambiental. No ven que el aspecto ambiental es el eje transversal de un país desde lo económico y social. Eso se ve tanto en gobiernos progresistas como en gobiernos radicalmente a favor del gran capital. Tienen miedo de impulsar un proceso de cambio de las formas de vida y utilizan varios discursos: uno en los medios, otro con las organizaciones sociales y otro en lo que en realidad hacen.
En nuestra lucha hemos tenido confianza en varios gobiernos que se han comprometido con nuestras demandas, pero al final terminan haciendo lo mismo. La única garantía es una sociedad organizada.
Me queda más claro que los mayores enemigos de los de menores recursos son el gran capital y los gobiernos que le han dado facilidades. Del otro lado, las víctimas somos las mismas: las gentes de los cantones rurales y los caseríos, que somos reprimidas y asesinadas incluso bajo gobiernos que hemos impulsado.
El “Nobel” ambientalista
El premio ambiental Goldman fue establecido en 1989 por Richard y Rhoda Goldman, activistas ambientales estadounidenses, de San Francisco. Hasta ahora ha sido otorgado a 145 personas de 80 países. Los ganadores son seleccionados por un jurado internacional entre nominaciones sugeridas por una red mundial de organizaciones ambientales y personalidades. El premio consta de 150 mil dólares en efectivo y ha sido entregado en algunas oportunidades por presidentes estadounidenses. Francisco Pineda lo recibió en 2011 de manos de Barack Obama, con la siguiente fundamentación: “Viviendo bajo amenazas constantes de asesinato, Francisco Pineda encabezó un movimiento ciudadano que impidió a una mina de oro destruir los recursos hídricos cada vez más escasos de El Salvador”. Pineda invirtió el dinero del Goldman en fortalecer a las comunidades en resistencia contra la Pacific Rim. Aún no ha podido terminar de construir su casa.
Moratoria minera
Un decreto del presidente Mauricio Funes, forzado por la movilización de las comunidades, declaró una moratoria sobre nuevas autorizaciones mineras en El Salvador. Sin embargo, la legislación establece que el decreto caduca con la salida del mandatario. Hoy las organizaciones reclaman una ley que cierre el paso a nuevos proyectos.
La resistencia a la minería en el “Pulgarcito de Centroamérica” parece corroborar, cuatro décadas después, la máxima que el poeta Roque Dalton ponía en 1971 en boca de Miguel Mármol, a quien entrevistara largamente en Praga: “Escribir la historia de la minería en El Salvador es escribir una historia de crímenes contra las comunidades”.

