La guerra de nunca acabar

Fracaso del Plan Colombia y exportación de violencia a Centroamérica

Mientras Estados Unidos regula su mercado de drogas, América Latina pide un cambio para frenar la violencia ligada a un narcotráfico que aumenta su incidencia, se diversifica y se expande.

Semanas atrás el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton confesó que el Plan Colombia, que arropó con el ex presidente colombiano Andrés Pastrana hace 11 años, fue un fracaso. Desde entonces ambos países destinaron 8.500 millones de dólares para pelear la batalla contra el narcotráfico, que contó con los mayores recursos económicos y militares en todo el hemisferio. El Estado colombiano echó mano a los impuestos, los préstamos internacionales y las privatizaciones para financiar las obras de ingeniería militar. A punta de fusil retrocedería la indisciplina de cárteles, guerrillas, paramilitares y la corrupción, desde La Guajira hasta el trapecio amazónico, pasando por el Cauca. Pero no fue así, no erradicaron la mitad de los cultivos que el ex presidente Álvaro Uribe había prometido en 2006.

APUNTEN. A principios de diciembre el consejero de Seguridad de Estados Unidos Dennis McDonough se reunió en Bogotá con el general León Riaño, director de la policía nacional colombiana. El gendarme suda­mericano quiso saber cómo era eso de que en el país del norte hubiera estados que habilitaban el consumo recreacional de marihuana “mientras aquí todavía ponemos muertos en la lucha contra el narcotráfico”. Riaño confirmó al matutino bogotano El Tiempo el recorte presupuestal para el Plan Colombia a 400 millones de dólares para 2013. Es que la administración de Barack Obama dedicará 15 por ciento menos que este año a guerrear contra los que producen y mueven drogas en las parcelas productoras, que se multiplicaron y se fortalecieron, sobre todo en las fronteras, desde el inicio del Plan Colombia. La estrategia contra la producción de drogas estaba diseñada para culminar a los seis años... La respuesta de los viejos cárteles fue la diversificación, la atomización y la conquista de nuevos territorios, no sólo para la producción destinada a la exportación sino para el consumo interno. El negocio se dislocó y también las zonas de producción se difuminaron entre las sombras de valles, montañas, guerrillas, paramilitares y las redes de la ciudad. Después de que fumigaran con glifosato las plantaciones de cannabis y coca, durante los primeros años de la década de 2000 aparecieron seriamente en Colombia el opio, el ácido lisérgico y las drogas de diseño, que llegan a las calles a precio de outlet. La góndola local también se expandió y se diversificó. Entre los estudiantes de educación media los usuarios de cocaína aumentaron 75 por ciento entre 2008 y 2012 por la sobreoferta que ocasionó el Plan Colombia. En 1976 Colombia producía unas 12 toneladas de clorhidrato de cocaína, que mayoritariamente iban a parar a Estados Unidos; hoy obtiene aproximadamente 600 toneladas, que se siguen esnifando en Nueva York, Los Ángeles o Seattle y también en las calles colombianas, sobre todo las de los circuitos turísticos, que son una botica a cielo abierto. Los psicoactivos son baratos y de gran calidad para un viajante acostumbrado al sobreprecio y timado por los cortes que la cadena de distribución le imprime al ácido lisérgico, el cannabis, la cocaína y los derivados del opio. El menudeo tiene el visto bueno, o por lo menos la vista gorda, de las policías.
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