Con Diana Veneziano
En General Flores y Domingo Aramburú hay una terraza para serenar el mundo. Da a una plaza, y la edificación que la sostiene, de tan elegante, asusta. Dentro de ella el vecindario dispone, en tres plantas, de un teatro de 90 localidades con pantalla y proyector, dos salones destinados a talleres, sala de exposiciones, cafetería, la biblioteca Horacio Quiroga y su mediateca, ascensor y aire acondicionado. El Centro Cultural Terminal Goes,* inaugurado el 29 de abril, tiene al frente de su equipo a la actriz y gestora cultural Diana Veneziano. —¿Antecedentes de esta concreción?
—Responde a las acciones de recuperación y desarrollo del Municipio C, enmarcadas en el convenio suscrito entre la Intendencia de Montevideo y la cooperación europea, uno de cuyos componentes es el Plan Habitar Goes. Previamente, a través del presupuesto participativo y los planes de desarrollo zonal, los vecinos impulsaron la recuperación de la plaza contigua, que fue terminal de ómnibus, y en tiempo remotos, estación de tranvías. Y ahora cuenta con un anfiteatro, además de alojar a la sede del Concejo Vecinal.
—El centro cultural sustituyó a la edificación preexistente.
—En ese conjunto de fondos asignados a la recuperación del entorno, y a instancias de aspiraciones de los vecinos, se priorizó la transformación en centro cultural del viejo edificio que formaba una ele sobre General Flores y Aramburú y contenía a la anterior biblioteca Horacio Quiroga, una biblioteca del mec y el Centro Comunal. Fueron conservadas las fachadas sobre ambas calles, y se dejó el ladrillo a la vista en algunas paredes de las salas, como testimonio arquitectónico. El proyecto de remodelación correspondió a la arquitecta Cecilia Fernández. Inauguramos el 29 de abril de este año, Día Internacional de la Danza, con un gran festival de danzas de todos los géneros, para el que convoqué a más de 50 profesionales.
—¿Qué dinámicas aconseja la experiencia en la gestión de estos espacios?
—Lo principal, a mi criterio, es que la comunidad verifique en la práctica que el espacio es suyo, que se apropie de él. Eso lleva tiempo. Al principio las calidades de esta estructura, que incluyen guardia armado en la puerta, generaban más rechazo que interés, y fuimos ensayando distintas estrategias para atraer a los vecinos. Al guardia le pedimos que no estuviera tan visible, y aprovechando la ventaja que implica estar insertos en una plaza, comenzamos a usarla para distintas actividades. Salíamos a conversar con la gente, a darle la programación. Conseguimos, en estos pocos meses, que los gurises vengan con sus xo a merendar en la terraza, que muchas personas se adelanten a pedirnos la programación, consolidamos nuestros talleres y una propuesta artística, en la sala teatral y al aire libre, que abarca prácticamente todas las disciplinas. Y combina expresiones locales con presentaciones de artistas y elencos reconocidos, uruguayos y extranjeros, que traen público de toda la ciudad.
—¿Cuál podría ser un indicador de apropiación popular?
—Es un proceso, ya te digo, que requiere paciencia y constancia. Que tuvimos que organizar desde cero, a partir de la inauguración. Creo que conseguimos, por lo pronto, romper la barrera que imponía la jerarquía material del centro, la percepción de que un lugar como éste “no es para mí”. El objetivo a largo plazo es que los vecinos no sólo propongan y participen sino que cogestionen este espacio con nosotros. El otro día actuó “Pitufo” Lombardo junto a la Banda Sinfónica de Montevideo, con entrada libre, y esto explotaba. Quizás eso puede ser un indicador. Otros podrían ser los grupos de teatro que se acercan a plantear proyectos, los vecinos y vecinas aficionados a determinadas artes que no pretenden ser profesionales pero sí mostrar lo que hacen y aquí tienen un lugar, o que Eduardo, una persona que vive en la plaza, está totalmente integrado a nuestro quehacer. Colabora en todas las tareas y me pide que imprima más programas porque “Yo camino mucho por el barrio y puedo repartir”, dice.
—¿Hay voluntad política de aumentar la incidencia de la población?
—Son tantos los involucrados en la cultura y tantas las voluntades políticas (sonríe), que resulta muy complejo emitir opiniones tajantes. Lo que existe, tanto en el Departamento de Cultura de la Intendencia, del cual dependo, como en el Programa Esquinas, que me convocó a trabajar aquí luego de un concurso de méritos, es firme decisión de avanzar en ese sentido. Lo que ocurre es que el trabajo cultural demanda una enorme capacidad de armonizar intereses encontrados y subjetividades variopintas. n
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