Al borde del abismo (otra de calendario maya)
- Última actualización en 28 Diciembre 2012
- Escrito por: Jorge A Bañales desde Washington
Estados Unidos y el malestar en la política
Estados Unidos cierra 2012 inclinándose sobre un terrible abismo fiscal –tan fatal como la predicción del fin del mundo la semana pasada– después de la campaña electoral más costosa de su historia. Aparte del show político y económico habitual, éste fue el año en el cual el cambio climático retornó a la atención de los estadounidenses.
A mediados de 2001 y en ancas de la ideología antigobierno, el presidente George W Bush promulgó recortes de impuestos. Pocos meses después Estados Unidos se metió en la que sería la guerra más prolongada de su historia –Afganistán–, y en 2003, después de otra ronda de recortes de impuestos, se enzarzó en otra guerra –la de Irak– no financiada.
Como resultado, las arcas del Tesoro que Bush encontró con superávit, Barack Obama las encontró vacías y endeudadas en 2009, en el segundo año de la recesión más profunda y prolongada de la economía estadounidense desde la Gran Depresión.
Cualquiera que maneje un presupuesto, desde el del gobierno hasta el de la casa, sabe que cuando hay déficit sólo quedan dos medidas posibles: recorte de gasto y aumento de ingreso.
Pero los republicanos juraron que no habría aumento de impuestos, y los demócratas se resisten al recorte de gastos en servicios sociales, de modo que no hay solución real, sino componendas para postergar lo inevitable.
En Estados Unidos el Congreso fija el límite del endeudamiento nacional, y periódicamente ha ido incrementando el volumen del empréstito necesario para pagar por sus servicios sociales y sus guerras.
En 2011 una de estas rutinarias subidas del empréstito sirvió para que los republicanos cavaran trincheras y dijeran “no va más”. La bravuconada ideológica le costó al país la primera mella en su calificación de crédito, y los políticos finalmente encontraron la salida con un pacto a plazo fijo: si para después de la elección de 2012 no había acuerdo entre la Casa Blanca y el Congreso sobre impuestos y gastos, entrarán en vigencia cortes en todos los gastos del gobierno y caducarán las reducciones de impuestos que datan de la era de Bush.
El presidente Obama ha propuesto una fórmula en la cual habría recortes de algunos gastos y la reducción de impuestos se mantendrá para todos, excepto las familias cuyo ingreso está por encima de 250 mil dólares anuales (aproximadamente el 2 por ciento de la población). Los republicanos se oponen: los ricos no tienen por qué pagar más impuestos.
Y así llegamos al punto en que, sin un acuerdo entre el Ejecutivo y el Legislativo, supuestamente el 1 de enero subirán los impuestos para todos los estadounidenses (mejor dicho, retornarán a los niveles de la era pre Bush, cuando Estados Unidos tuvo su prosperidad más prolongada en tiempos de paz), y habrá hachazos en los gastos del gobierno, desde educación a defensa, desde salud a obras públicas, desde diplomacia a investigación científica.
La deuda asciende, esta mañana, a unos 16,4 billones de dólares y supera el valor del producto interior bruto del país. Para añadirle otro tono dramático al fin de año, el secretario del Tesoro, Timothy Geithner ,advirtió que para el lunes 31 de diciembre Estados Unidos habrá llegado nuevamente al límite del endeudamiento autorizado por el Congreso. Geithner, añadió que con algunas maniobras contables puede ir tirando por unas semanas más con el añadido de unos 200.000 millones de dólares, pero que el Congreso debe actuar rápido en este asunto.
NI TANTO. La economía de Estados Unidos retornó al crecimiento en julio de 2009 y ha mantenido esa tendencia lenta pero segura. Cuando Obama llegó a la Casa Blanca en enero de 2009, el país perdía unos 700 mil puestos de trabajo cada mes; ahora ha tenido una ganancia neta promedio de unos 140 mil empleos por casi un año. No es suficiente para recuperar los 8,4 millones de empleos perdidos en la recesión ni para absorber el crecimiento de la fuerza laboral, pero sí lo es para sustentar un gasto razonable de los consumidores.
{restricrt}“Los mercados” –ese casino financiero global, veleidoso y fatal– ya han hecho todos los cálculos posibles acerca del “abismo fiscal” y no muestran señales de pánico. Las ganancias de las empresas estadounidenses siguen creciendo, las remuneraciones reales de los trabajadores siguen estancadas, todo normal.
Si el Congreso y Obama no se ponen de acuerdo antes del martes próximo, los recortes de gastos del gobierno no operan automática y totalmente el 1 de enero. Serán recortes que se irán aplicando a lo largo de años, a medida que se vayan venciendo contratos que el gobierno ya tiene con empresas privadas. No habrá despidos en masa de trabajadores, aunque sí se sentirá pronto el impacto allí donde duele a muchos y preocupa poco a “los mercados”: hospitales, escuelas, servicios sociales.
Una maniobra política ya anunciada, y posible, es que Obama se mantenga firme en su reclamo de que cada recorte de gastos debe ir acompañado con un aumento de impuestos a los ricos e insista en ello más allá del lunes. Tras lo cual, en cuanto suban los impuestos para toda la población, en enero, el presidente proponga al Congreso una rebaja de impuestos para todos… excepto para los ricos. Esto pondría a los republicanos en el dilema de votar contra una reducción de impuestos para la mayoría de los estadounidenses, o tragarse los impuestos para los ricos.
El resultado del salto hacia el abismo fiscal es el mismo: gran parte de los estadounidenses está disgustada con todo el sistema político, con los políticos, con la política.
Lo permanente. Éste fue el año en el cual el cambio climático –que la mayoría de los estadounidenses ha ignorado o negado por una década– se hizo presente de forma muy real y catastrófica.
En el resto del mundo los científicos, los economistas y los ciudadanos dan por sentado que está ocurriendo un cambio en los patrones del clima, que hay un aumento de la temperatura global y un ascenso de los niveles del mar. No todos, sin embargo, están de acuerdo en si tales cambios corresponden a ciclos que el planeta ya ha conocido, o si se deben a la actividad humana que contamina la atmósfera. Hay quienes consideran razonable ambos ingredientes: un cambio en los patrones de clima similar al ocurrido en otras eras, afectado en esta ocasión por la deforestación, la urbanización, y la quema de combustibles fósiles.
En Estados Unidos todo esto se dejó a un lado hace más de una década. Los sectores más conservadores niegan que haya un cambio climático, o si consideran posible que lo haya, no se relacionaría con la actividad humana. Toda discusión de “cambio climático” es una farsa inventada por izquierdistas, liberales, feministas, ambientalistas y otros maricones de la cultura afrancesada. Así, por años, el asunto no se ha planteado en la conversación nacional.
Tampoco en la última campaña presidencial Obama ni su retador republicano Mitt Romney hablaron del “cambio climático”.
Pero el cambio climático le habló al país de manera contundente. El verano trajo semanas y semanas de calor que batieron los récords, asolaron las plantaciones, arruinaron cosechas y hambrearon al ganado. Los incendios forestales y de praderas se extendieron por varios estados y aún ahora, en diciembre, hay regiones donde la sequía continúa.
Pocos días antes de la elección en la que no se discutió el cambio climático, el huracán Sandy aminoró sus vientos a categoría de ciclón pero no menguó su extensión y capacidad destructiva y se abatió sobre las costas del nordeste del país, afectando especialmente a Delaware, Nueva Jersey y Nueva York, la región con mayor densidad de población en el país. La marejada levantada por el ciclón sumergió áreas de la ciudad de Nueva York y dejó daños por decenas de miles de millones de dólares. {/restrict}

