Rio de Janeiro, la gran transformación
La realización de varios megaeventos es la excusa perfecta para el masivo desembarco del capital especulativo en Rio de Janeiro. La “destrucción creativa” genera tanto entusiasmo entre los empresarios y las clases altas como angustias entre los candidatos a ser desplazados, que no tienen más alternativa que resistir.
“Llegan y marcan las casas como hacían los nazis.” El relato fluye de la boca de Inalva con lenta suavidad, como si estuviera hablando de algo lejano que no la involucra. “Marcan tres letras, smh, y un número, y ya se sabe que las van a derribar.”* A simple vista, una de cada tres o cuatro casas de Vila Autódromo está marcada.
Inalva Britos es profesora jubilada de 66 años. Hija de emigrantes nordestinos, tres décadas atrás llegó a la villa que era un refugio, una isla de libertad bajo la dictadura militar. “El barrio se pobló con militares expulsados del ejército, profesores y pescadores.” Ahora integra el Comité Popular de la Copa y Olimpíadas ya que los megaeventos amenazan desalojar a quienes llevan treinta años viviendo junto al autódromo.
La Ciudad Maravillosa se ha convertido en “el lugar de mayor concentración de inversiones públicas y privadas del mundo”, según el Instituto Políticas Alternativas para el Cono Sur, gracias a los grandes eventos de esta década: la conferencia Rio+20 celebrada en 2012, el Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, a lo que deben sumarse los Juegos Mundiales Militares de 2011 y la Copa Confederaciones de 2013. Se calcula que hasta 2020 la ciudad recibirá mil millones de dólares para obras de infraestructura, servicios e industria.
Los megaeventos van de la mano de megaemprendimientos, que están radicados en tres lugares y tienen como trasfondo el petróleo de la capa pre-sal, puertos, siderurgia y mineral de hierro: el Complejo de Açu en el norte de la ciudad, para la exportación y procesamiento de mineral de hierro que proviene de Minas Gerais; el Puerto Maravilla, que supone la remodelación del centro para convertirlo en espacio turístico; y la bahía de Sepetiba, al oeste, donde se trasladará la operativa del puerto de Rio.
Estas gigantescas inversiones tienen su cara oculta: el desalojo de miles de familias y la consolidación de un modelo de seguridad que militariza la pobreza, como asegura el último informe de la Comisión de Derechos Humanos del parlamento del estado de Rio. En 2011 fueron desaparecidas 5.488 personas, hubo 4.280 homicidios y 524 ejecuciones sumarias bajo la modalidad de “autos de resistencia”, figura legal nacida en la dictadura.
“La policía de Rio tiene el récord mundial de muertos en enfrentamientos armados”, asegura el último informe de la Comisión de Derechos Humanos. En San Pablo la policía provoca 0,97 muertos cada 100 mil habitantes, en África del Sur 0,96 y en Rio 6,86 cada 100 mil habitantes. En San Pablo la policía detiene a 348 personas por cada muerto que provoca, mientras en Rio son apenas 23 detenidos por muerto.
POLVO DE PLATA. Marta se arrellana en el sillón, alisa el pañuelo que le cubre el pelo, tan oscuro como su piel y saca unos frascos pequeños de su bolso. Cada frasco está prolijamente tapado con un corcho y sobre sus laterales aparecen dos símbolos: una calavera negra y una mano con las letras tkcsa (Thyssen Krupp-Compañía Siderúrgica del Atlántico). Dentro, un polvo gris brillante que recoge cuando barre el patio de su casa, a 500 metros de la chimenea de la enorme siderúrgica.
Estamos en la casa de Telma, en la periferia de Santa Cruz a poca distancia de la mayor siderúrgica de América Latina, la Compañía Siderúrgica del Atlántico. La ciudad de más de 200 mil habitantes está a una hora de Rio junto a la bahía de Sepetiba, refugio de aves endémicas y migratorias por sus bosques y manglares. Por ser un ambiente marino de transición, estuarios donde convergen aguas marinas y dulces de los ríos, es un lugar privilegiado para la pesca.
Santa Cruz forma parte de la periferia oeste de Rio, la más pobre y la que más creció en las últimas décadas. Llegamos luego de atravesar Barra de Tijuca, la zona residencial de las clases medias altas, en la misma franja costera de las célebres Copacabana, Ipanema y Leblon. La región sur de la ciudad, la que concentra los mejores servicios y la edificación lujosa, parece apenas un paréntesis entre las favelas del centro de Rio y esta región oeste dormitorio de trabajadores y subocupados.
En los planes gubernamentales figura convertir la bahía de Sepetiba en un gran polo siderúrgico y portuario, junto al vecino puerto de Itaguaí donde la marina implementa su programa de submarinos nucleares. En la década de 1980 se desarrollaron dos polos industriales en Santa Cruz cuyos efluentes dañaron manglares y pesca. En 1986 la región litoral de la bahía fue declarada área de protección ambiental.
El nuevo ciclo de desarrollo de Brasil llevó a la bahía a la petrolera Petrobras, a las siderúrgicas Gerdau y tkcsa y varias empresas de menor tamaño. Entre ellas promueven la construcción de un enorme puerto, que se suma al puerto y astillero de la marina en Itaguaí, con capacidad para drenar 50 millones de toneladas de mineral de hierro. Sepetiba se convierte en el puerto alternativo al de Rio de Janeiro.
Las grandes obras tienen impactos poderosos. Para tener una idea del tamaño del proyecto, los miembros del Instituto de Políticas Alternativas para el Cono Sur (pacs) aseguran que la obra para construir la siderúrgica tkcsa (que produce 10 millones de toneladas anuales de acero) ocupaba un espacio similar a la suma de los barrios cariocas de Leblon e Ipanema.
Hasta la llegada de la industria la población vivía de la pesca y la artesanía, estaba integrada por quilombolas,** indios, pescadores artesanales y pobladores del litoral marítimo. La primera agresión que sufrieron fue el desalojo de 75 familias del mst que estaban acampadas en el predio que ocupa tkcsa, donde acampaban desde hacía cinco años viviendo de la agricultura.
La segunda agresión afecta a los pescadores. La tkcsa no pudo instalarse en el estado de Maranhão, en el Nordeste, por la potente movilización de pescadores, ambientalistas, sindicatos, iglesias y autoridades. Ahora las aguas de la bahía están contaminadas con cadmio, plomo y zinc. Como consecuencia de la instalación de equipamientos y de la masiva circulación de barcos de gran calado amplias zonas de la bahía están excluidas para la pesca. Más de 8 mil pescadores se quedaron sin su fuente de ingresos.
El tercer impacto es sobre la población en su conjunto. La Secretaría de Medio Ambiente del estado calculó que la tkcsa eleva un 76 por ciento las emisiones de CO2 en Rio de Janeiro y emitirá 12 veces más gas contaminante que toda la industria del estado. El hierro en el aire aumentó en 1.000 por ciento, según estudios oficiales.
Los resultados son evidentes. Miguel, pescador desde hace cuatro décadas, asegura que sacaba hasta 80 quilos de corvina y patí y que ahora apenas recoge tres cuando sale con su barca. “Los ocho mil pescadores estamos desempleados y en trabajos informales”, se queja con rabia e impotencia. Nueve asociaciones de pescadores artesanales están denunciando la contaminación y resistiendo la siderúrgica.
La “lluvia de plata” que recoge doña Marta en sus frascos es consecuencia de que la empresa almacena arrabio en pozos al aire libre y termina siendo arrastrado por el viento. Las autoridades ambientales desconocían la existencia de esos pozos y la tkcsa aún no tiene autorización legal para operar.
Como sucede en todos los casos de agresión ambiental y social por las grandes empresas, la población está dividida. Los pobladores organizados son apenas un puñado, aunque las organizaciones de pescadores y profesores rechazan la siderurgia. “Hay miedo –dice Marta–. Ellos son poderosos y fuertes y los vecinos se sienten pequeños, aunque todos saben que algo malo está pasando con su salud.” Alude a la multiplicación de afecciones respiratorias, de la vista y la piel... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.