Brecha Digital

Verano porteño

Martín Caparrós y Sandra Russo son dos periodistas y escritores que supieron coincidir, años ha, en el diario Página 12. Polarización kirchnerista mediante, hoy están en bandos distintos. En las notas que se presentan a continuación, ambos visiones opuestas sobre algunos de los hechos más notorios de las últimas semanas.

La fragata libertad

Por Sandra Russo

El mundo entero atraviesa un momento histórico del que cuesta hacerse cargo, porque el dinamismo es tal que nuestras mentes no logran decodificar, leer y dimensionar el alcance de cada suceso, aunque cada día está más claro que esos sucesos se concatenan y se vinculan, y si no que alguien explique cómo puede ser que los republicanos denuncien que Barack Obama es “populista”. Hay realidades nacionales que se funden en las realidades regionales, que a su vez se insertan de un modo nuevo e imprevisible en la realidad global, desquiciada como nunca. Los “fondos buitre”, a los que la oposición política y mediática se emperró en disfrazar de “inversores”, son el síntoma del desquicio, la enfermedad autoinmune de un dogma delirante. […]
Después de dos décadas de ortodoxia económica y naturalización neoliberal, cuando los resultados de las recetas de la derecha caen como un tajo sobre el tejido social europeo, parece que la crisis recién se hace visible para el mundo, aunque en los países que antes se llamaban “periféricos” esas recetas ya habían dado resultados idénticos hace más de una década, y condujeron a un bajo fondo del que los respectivos pueblos de la región-patio trasero salieron cada uno a su manera. Tienen algo en común, y no es poco: el viraje del poder de las elites hacia las mayorías populares, el surgimiento de líderes políticos que comparten una lectura regional y global, y una actitud de autoestima que necesariamente implica un desafío: cuando el débil confía en sí mismo y deja de creerse inferior, el fuerte se descompensa.
Algo de esa destemplanza exhibe el premier David Cameron, hablando de “lucha” para querer decir “militarización”. En el Sur se tiene otra idea de la lucha. El tic nervioso es la recurrencia al reflejo imperial que ahora suena menos amenazante por lo patético: el imperio no verbaliza, actúa; no negocia, impone; no argumenta, amenaza. Lo que antes era imperial, hoy es patoteril. […]
A Cameron, en fin, Argentina le está hablando de política. Le está diciendo que ya es hora, que ya nada es como antes, que ya tiene fecha de vencimiento la obstinación de querer retener un territorio usurpado cuando la lógica política del mundo incluía ese otro tipo de monopolios que eran los imperios. Le dice que hay nuevas voces en el concierto internacional que su país tiene que escuchar con más respeto, porque ya no expresan a una región colonizada territorial y mentalmente, sino a un bloque compacto que no está resignado al papel de reparto. En principio, porque los pueblos de los países del patio trasero eligen gobiernos que tienen ese mandato: hacerse valer, ponerse en valor. Lo mismo reclaman esos pueblos puertas adentro.
Por democracia se entiende cualquier cosa, igual que por libertad. Esta etapa que marca el inicio mundial de una nueva fase de multilateralidad, se caracteriza por la especificación, de un lado, y la usurpación, por otro, de esas ideas. La región dice sobre la democracia algo específico: la concibe como el instrumento para dirimir el poder sin violencia y marcar los rumbos colectivos. Para autodeterminarse, que es lo que tanto los ingleses como algunos librepensadores locales defienden para los kelpers. ¿Qué es lo que hace un país cuando se abre una correlación de fuerzas que favorece a los sectores históricamente postergados? Se autodetermina, claro. Las respectivas oposiciones se agazapan detrás de la libertad, pero quienes son los que gritan nos hace presumir que de lo que quieren liberarse es del avance de la equidad.
La fiesta de recibimiento a la fragata Libertad rubricó eso. Los trolls invadieron las redes sociales con afiches que decían “No hay nada que festejar”. Dicen lo que tienen que disimular los grandes medios, incómodos por haber quedado in fraganti: sus líneas editoriales apostaron al pago de los fondos buitre, con el argumento de que “pagar no es arrodillarse”. Claro que pagar no es arrodillarse, pero como siempre hay que especificar: depende de qué se pague y a quién. En este caso, sí hubiese sido humillante, porque habría significado un retroceso en el enorme esfuerzo de pagar la deuda que contrajeron otros sin nuevo endeudamiento externo. Esa es una línea vertebral del proceso de autodeterminación que vive Argentina.
Anda dando vueltas el tema del nombre de la fragata, que sin el golpe de Estado de 1955 se hubiera llamado Eva Perón. La libertad con que se la nombró estuvo asociada a aquel golpe que se autollamó Revolución y también Libertadora. Nadie nunca en la historia derrocó a ningún líder popular con el argumento de que era inadmisible la igualdad. La excusa siempre fue liberar a los pocos de los muchos.
Con respeto por otras opiniones, creo en el profundo poder de la resignificación, y también en la necesidad de recuperar la palabra libertad así como la palabra patria. Eso fue lo primero que cantaron los militantes de diferentes organizaciones que fueron a recibir a la fragata. Patria sí, colonia no. Desde los canales de noticias, sin distinción, las coberturas desde el piso insistieron una vez más en el desprecio por la militancia. Que fueron arreados. Que fueron en micros. Que hubo 2 mil choripanes.
¿Cuánto tiempo más debe pasar para que entiendan que la libertad de organizarse es un derecho de los pueblos? No casualmente es el derecho más enmascarado, porque fue atomizando a los más débiles que usurparon esas palabras y se las quedaron otros. n

(Tomado de Página 12.)

Un asado, un avión, “la fregata”

Por Martín Caparrós

Discutimos ceremonial y protocolo. Los años –esas abstracciones– al principio intentan existir y se retoban: empiezan como si no quisieran. Son días de resaca, de siesta larga, de castillos de arena, así que discutimos ceremonial y protocolo. Es divertido, es verboso, no importa demasiado.
[…] Yo debo confesar que no entiendo la indignación de cierta gente por los chorizos de la Esma.* O, mejor dicho: me parece una indignación equivocada. Sí creo que debería indignar que un ministerio nacional obligue a sus empleados a concurrir a una actividad claramente extralaboral y partidaria, manejada por grupos militantes, con el ministro lanzando una arenga no muy bien redactada. El mitin de la Esma fue un acto partidario que no debería pagarse con dinero público y, sobre todo, al que nadie debería ir obligado: las peores imágenes del peronismo de los cincuenta –del fascismo, del franquismo, del estalinismo– resucitadas en clave de parodia.
[…] Los que critican el asado lo hacen sobre la base de que un lugar donde unos hijos de puta –respaldados por buena parte de la sociedad argentina– mataron a tanta gente no puede ser usado sino para el recuerdo compungido: que debe quedar sacralizado según el modelo eclesiástico. […] En este caso estaría más de acuerdo con lo que dijo en su chorro de twits la doctora Fernández: que la Esma ahora debe ser un lugar para la vida. Si no fuera porque ese mitin no fue “la vida”; fue un arreo, un uso descarado del poder.
[…] Me sorprende que se hable tanto de la Esma y tan poco del avión. […]
En unos días** la doctora Fernández se va a ir de gira a Indonesia, Emiratos Árabes Unidos y quizá Vietnam; para eso el Estado argentino acaba de alquilar un avión privado que nos costará un millón de dólares –que se los paguen a una empresa británica me importa menos: no quiero jugar con banderitas; si la empresa fuera argentina el problema no cambiaría–. El gobierno –suponemos, no hablan– decidió alquilar ese avión porque tiene miedo de que, si lleva el Tango 01, los “fondos buitre” se lo incauten: parece que aprendieron de sus errores y que hay errores que no saben cómo solucionar sino escapando.
Sin Tango, el grueso de la delegación va a viajar en un avión charteado de Aerolíneas Argentinas, pero parece que la doctora no quiere mezclarse. En el superavión alquilado puede estar con los íntimos: ella y 17 más, por un millón de dólares.
Con un millón de dólares se pueden hacer tantas cosas… Se pueden comprar muchos remedios, de esos que faltan en los hospitales públicos. Se pueden construir tres escuelas rurales. Se puede dar de comer, durante la semana que dure ese viaje, a 50 mil personas. Pero el Estado argentino los revolea porque la señora que lo preside provisoriamente no puede tomarse un avión como todo el mundo –mucho mejor que todo el mundo: en primera, ese trayecto le podría costar, si acaso, 20 mil dólares, y otro tanto a sus ¿dos?, ¿tres?, acompañantes–. Se los gasta porque la señora que lo preside provisoriamente no puede subirse siquiera al chárter de Aerolíneas Argentinas donde viaja el resto del poder argentino.
Es un chiste berreta: hay, por un lado, una señora que habla de justicia e igualdad y no es capaz de hacer el heroico sacrificio de viajar en primera clase para ir a defender su proyecto heroico allende los mares. Y hay, por otro, una sociedad que acepta que sus señores tengan privilegios no sólo excesivos: perfectamente innecesarios. Una sociedad dormida, que de vez en cuando se despierta un rato, bosteza, pega un gritito, mira alrededor, no ve nada y se vuelve a dormir.
El episodio del avión me parece elocuente. Nadie lo comenta mucho: ya estamos acostumbrados. Pero alguno –en una radio, por ejemplo– se indigna y dice que es un robo. No es un robo. Un robo es una muestra de respeto por las instituciones: personas que creen en la propiedad privada intentan que les juegue a favor y no en contra; empresarios se quedan con plusvalías y vueltos; ilegales entran en una casa y se llevan lo que hay; funcionarios que creen que la propiedad del Estado es del Estado intentan apropiársela con oscuras maniobras, coimas, desvíos, gastos inventados. El avión no es un robo; es la muestra pública, notoria y sin vergüenza de que el gobierno actual –como todos los gobiernos argentinos– cree que puede disponer a voluntad de los bienes del Estado –y la mayoría de los argentinos acepta esa idea.
Pero la cumbre del protocolo veraniego va a ser otro despilfarro del dinero público para fines partidarios: la llegada de la fucking fregata. Será, con multitud de firuletes, una fiesta inolvidable: teatro, música, desfiles, fuegos artificiales, caras artificiales, arengas y vitoreos encendidos en la Base Naval de Mar del Plata. Gran party en un lugar donde también funcionó un centro de secuestros, torturas y asesinatos militares.
[…] La fiesta de la fregata va a ser, con aparatos y oropeles, la patética celebración de un error bobo: todos sabemos que, pese a los avisos, los marinos argentinos y sus jefes militares y políticos la llevaron a un puerto donde podían embargarla, y la embargaron. Estuvo meses en ese muelle caluroso gastando plata al cuete, hasta que el enemigo ghanés fue derrotado por nuestro valor. Fue un desaguisado pegajoso, pero ahora sus culpables festejan la llegada del barquito anacrónico –pocos días después de que la doctora Fernández dijera que sí les va a pagar a los famosos fondos buitre a los que jamás les iba a dar un centavo porque era una patriota– como una gran victoria. Transformar la vergüenza en orgullo está al alcance de muy pocos. Se necesita mucha habilidad retórica o una audiencia –una sociedad– dispuesta a comprar cualquier pescado; un rápido –pongámosle tres segundos y un quinto– análisis de la realidad argentina puede ayudarnos a imaginar cuál de las dos respuestas corresponde. […] n

* Un asado ofrecido por el ministro de Defensa Alak en el local de uno de los mayores campos de exterminio de la dictadura.
** Esta nota fue publicada el 7 de enero, antes del viaje de la presidenta argentina a Asia.

(Extractado del blog del autor en El País de Madrid.)

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