El mate en la guerra siria

Crónica desde Alepo

Los guerrilleros se reúnen en su pequeño local-cuartel antes de que caiga la oscuridad. Temprano, por el invierno. Unos han estado combatiendo en las primeras barricadas, hechas con escombros, muebles y restos de coches, frente a los soldados del presidente Bashar al Assad. Algunos son francotiradores, una especie que, además de hostigar a otras, sostiene guerras particulares que demandan precisión, energía e interminable paciencia, entre azoteas, ventanas y agujeros abiertos en las paredes.

Los que llegan más tarde encuentran a sus compañeros de la katiba Al Waed (unidad militar La Promesa) orando: de pie, colocan las manos cerca de las orejas y después sobre el esternón, se inclinan y se postran hasta tocar el suelo con la frente. “Mohammedun resulullah”, repiten, Mahoma es el profeta de Dios.
Llega el momento de relajarse, de intercambiar historias, de introducir la locura de la guerra, de las maldades ajenas y propias, en la trituradora de realidades que les va a hacer posible seguir viviendo con ellas… dentro de ellas.
Delgado y con un bigote escuálido, Ibrahim se quita la campera negra, saca un cigarrillo y se sienta. De 28 años, es uno de los mayores del grupo. Los demás tienen alrededor de 20; uno de ellos, 17. Se acomodan en tres sillones, viejos y sucios. Hacen descansar las armas sobre el piso, los cañones entre las manos. Las miradas buscan a quien se va a encargar de prepararles una bebida.

 

DE LA PAMPA A LA GUERRA. Ése es Walid. Un joven de barba espesa, con una camiseta azul y el cabello cubierto por una tela blanca. En unos vasos pequeños sirve café. En otros, apenas más grandes, té. Y en los mayores, de vidrio, con asa y bombilla, yerba mate.
Quien quiere la infusión guaraní recibe un recipiente para sí. No circula entre los combatientes, como tampoco lo hacen el té y el café. El papel del cebador se acaba tras calentar el agua y verterla.
De 25 años, Mahmoud, un antiguo soldado que desertó para sumarse al Ejército Sirio Libre, es el primero que da sorbos. También lo hacen Hassan y Gawad, a quienes la revolución sorprendió al final de la adolescencia.
No es difícil imaginarlos en las pampas, alrededor del fuego, por la noche, después de un duro día e igualmente armados. Aquí en la ciudad, se escuchan los bums de los morteros y los cracs de los fusiles, se huele la basura y la descomposición de la muerte. En el campo abierto, a ellos los acompañarían los rumores de las vacas, el aroma del cuero y la leve fetidez del estiércol.
Una bomba que cae sacude los vasos llenos de mate, té y café. Nadie se inmuta: acaso ni siquiera lo percibieron, tan bruta es la costumbre. Estiran los brazos, sujetan los recipientes, unos llevan los labios a los bordes, otros las bombillas a la boca. Siguen conversando. Y ríen.

YERBA PARA IGUALAR. Si los sirios les regalaron a los argentinos figuras que hicieron historia, incluso un presidente de la república (Carlos Menem), los rioplatenses correspondieron con el mate. A mediados del siglo xx, en uno de tantos olímpicos altibajos de la economía conosureña, retornaron a la Mesopotamia milenaria muchos hijos de quienes habían emigrado un siglo antes a la Mesopotamia sudamericana y regiones adyacentes.
Muy pronto el mate se convirtió en una moda de las clases pudientes del país, una forma de marcar una diferencia con los sectores que no podían pagar el costo de este producto, importado desde las remotas tierras de un continente de cuya existencia sólo había una prueba disponible: la yerba que llegaba en las bodegas de los navíos a los muelles de Tartús y Latakkia.
La minoría alauí (una secta del islam chiita) se hizo del poder político y económico en 1970, a raíz de dos golpes de Estado que dio uno de los suyos, el difunto Hafez al Assad, padre de Bashar. Con esto adquirió los hábitos de los ricos, y en sus reu­niones el mate ganó carta de legitimidad al lado de las bebidas tradicionales.
Las revoluciones, sin embargo, son hechas para igualar. “Cuando conquistamos posiciones del ejército, además de armas y equipo capturamos las provisiones de yerba de la oficialidad alauí”, explica Mah­moud, el ex soldado.
Además del placer intrínseco de beber mate, disfrutarlo es una temprana victoria insurgente, símbolo de la fuerza de los alzados.
Hassan y Gawad aceptan posar para la cámara con fusil, vaso, bombilla y yerba. Detrás de ellos está la guerra: el barrio de Salaheddine, en Alepo, convertido en ruinas. La población sobreviviente se marchó, los edificios se están cayendo, jóvenes mueren en combates a una centena de metros de ahí.
Con sonrisa de anuncio publicitario, Hassan muestra el paquete del producto: bella caligrafía árabe. Lo voltea, y la etiqueta está en castellano. La marca es Kharta Khadra. Otra leyenda dice: “Origen: Argentina”. n

*     Témoris es un periodista independiente mexicano que actualmente cubre la guerra en Siria para la publicación de su país Proceso. El martes 22 fue secuestrado durante 12 horas por integrantes de una unidad del Ejército Sirio Libre (esl) junto al documentalista húngaro Balint Szlanko y al fotógrafo español Andoni Lubaki. Proceso relata: “‘Los vamos a matar’, les gritaron. Los esposaron y les vendaron los ojos. Los llevaron al sótano de un edificio y los despojaron de sus pertenencias. Acusaron a su traductor de ser miembro de Liwa al Tawheed, una de las brigadas del propio esl, lo cual puso en evidencia las luchas intestinas entre los grupos de la oposición armada al régimen de Bashar al Assad”.

En Uruguay exclusivo para Brecha.

Sin límites

“El horror en Siria superó todos los límites. El país se está desmoronando a la vista de todos”, dijo el martes, en una reunión a puertas cerradas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el enviado especial para este país de la onu y la Liga Árabe, Lakhdar Brahimi. Brahimi pidió la “rápida intervención de la comunidad internacional para frenar la masacre en Siria”, y acusó de ella fundamentalmente al gobierno de Bashar al Assad, pero también admitió que la oposición, respaldada por las propias Naciones Unidas y los países occidentales, es responsable de constantes violaciones a los derechos humanos y de masacres en un país en el que en 22 meses de conflicto han muerto más de 60 mil personas. El último horror fue el descubrimiento, a orillas de un río en la ciudad de Alepo, de los cadáveres de al menos 80 hombres (todos de 20 a 30 años) con signos de torturas y ejecutados de un tiro en la cabeza.
El gobierno y la oposición se culpan, como siempre, mutuamente de esa masacre.
En las últimas semanas se han denunciado violaciones a los derechos humanos cometidas tanto por el gobierno de Assad como por el Ejército Libre de Siria (els), formado en su origen por militares desertores del régimen pero que ha ido recibiendo cada vez más apoyo de los países del Golfo encabezados por Arabia Saudita, que pagan los sueldos de sus 15 mil a 20 mil integrantes. El els, dividido a su vez en múltiples facciones internas, como lo muestra la crónica publicada en esta misma página, no tiene buenas relaciones con el Consejo Nacional Sirio, una coalición variopinta de siete grupos de oposición respaldada por Estados Unidos, la Liga Árabe y Turquía, a la que critica por promover una intervención extranjera directa en el país. El els cuenta en sus filas con algunos yihadistas, pero dice que son muy minoritarios. El grueso del radicalismo islamista está congregado en torno al frente Al Nusra, que se presenta como “los yihadistas que regresan de otras guerras para luchar en Siria”, no niega sus vínculos con Al Qaeda y dice soñar con “formar un Estado islámico con Siria e Irak para los musulmanes y luego anunciar la guerra contra Irán, Israel y la lucha por una Palestina libre”. “Estamos cansados de años de secularismo y socialismo”, dijo uno de sus dirigentes a la bbc británica. Al Nusra acusa al els de corrupción y a sus integrantes de robar a la población civil, y tiene reputación de “honestidad”. Desde hace un año ha multiplicado los atentados suicidas con coches bomba contra instalaciones del gobierno, en los que han muerto decenas de civiles. El gobierno de Assad dice que fueron militantes de Al Nusra los que ejecutaron a las 80 personas aparecidas el martes a orillas de un río.

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