Violencia cotidiana y “periodismo de esperanza, indignación y acción”
“Al principio: el horror. La llamada guerra contra el crimen organizado declarada por el presidente Felipe Calderón comenzó a ahogarnos desde el inicio del sexenio. Los periódicos se convirtieron en contadores de muertos, y nosotros, los periodistas, en corresponsales de guerra en nuestra tierra. En ese extraño, nebuloso campo de batalla, varios periodistas nos sentimos retados a escapar del horror, o por lo menos a no quedarnos paralizados ante él. A combatir, con investigación, datos, análisis y testimonios, el anonimato oficial de las víctimas.”
Así dice parte del prólogo a “Entre las cenizas”,* un libro de crónicas escrito por periodistas de investigación mexicanos que intenta narrar lo cotidiano de la violencia social en un país prácticamente en guerra, pero sin caer “en el aturdimiento” de la mera crónica roja y “sin abonar a la parálisis”.
El libro, sostienen, “nace como un esfuerzo de ensayar o tal vez de construir un periodismo de esperanza, de exploración de lo posible, de construcción de paz. Un periodismo que provoque la indignación e invite a la acción”. Con autorización de sus autores, Brecha reproduce parte de una de las historias recogidas en este trabajo.
La ciudad de las personas sanadoras de almas
Cuando escuchó decir al sacerdote, por la televisión, que muchos juarenses [habitantes de Ciudad Juárez] necesitaban ayuda para superar sus crisis nerviosas, su duelo, el temor a las balaceras constantes y sucesivas, Dora Dávila no sospechó que pronto su terapia floral, las “gotitas contra el miedo” en las cuales creía, habría de sumarse a un pelotón de mujeres y hombres decididos que saldrían a sanar almas a la ciudad de la muerte.
Muchos meses llevaba atestiguando un desconsuelo masivo en las calles del antiguo Paso del Norte, sin siquiera tener una expectativa concreta más allá de concluir un curso para realizar tratamientos terapéuticos alternativos que un grupo de 15 mujeres, provenientes de distintas zonas de la ciudad, había comenzado recientemente en la asociación civil Salud y Bienestar Comunitario (Sabic), a la que ella se había sumado como directiva poco tiempo antes.
Quizá fueron los 3.111 homicidios de ese año 2010, que rasguñaron un promedio de casi nueve al día en toda la ciudad, o su propio miedo, su pasmo de habitante atrapada en la ciudad más violenta de México. Quizá algo en la voz, en las palabras urgentes del sacerdote Alberto Meléndez, vicario de la modesta parroquia de Santo Toribio de Mogrovejo, que esa noche retumbaron sonoras en un punto de la conciencia de esa mujer:
—Viene mucha, mucha gente a pedirnos ayuda, muchas familias que han perdido un hijo, al esposo. La gente está sufriendo mucho, mucho… Nosotros necesitamos ayudarlos.
El sacerdote hablaba por miles de habitantes silenciosos, en una ciudad jolgorio que devino cementerio. Sede internacional de los feminicidios, de la impunidad, de la lucha sin fin entre los cárteles de la droga más sanguinarios del país, el territorio de la viudez como estado civil cada vez más común, donde el ejército y las fuerzas policíacas federales, que llegaron a significar hasta 12 mil efectivos juntos en una sola temporada, fuertemente armados patrullaban, vigilaban y cernían el miedo a ras de cuello en la única zona que disputaba el título de mayor cementerio del mundo en guerra a la devastada Irak.
Dora, una mujer de cincuenta y tantos, cuya voz de ventisca evoca el tono de ciertas enfermeras consagradas, de manos hábiles como jardinera, ojos ávidos, marrones como el armazón de sus lentes, la boca un trazo tenue, el pelo entrecano, muy lacio, se decidió esa noche a marcar el teléfono y pedir una cita con el cura.
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