Estados Unidos
Hoy, viernes, entran en vigencia retenciones en todos los gastos del gobierno federal de Estados Unidos que, según algunos, devastarán a la economía y, según otros, son la única forma de iniciar la disciplina fiscal. El presidente Barack Obama y el Congreso, otra vez, negocian las componendas para que no sea ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.
El presupuesto del gobierno federal de Estados Unidos tiene dos componentes básicos, como los de cualquier otro gobierno y los de cualquier ama/o de casa que vive en este mundo: ingresos y gastos. Sólo que el gobierno llama, a los ingresos, impuestos –que es lo que nos cobra a todos– y a sus gastos les llama inversiones en salud, economía, defensa.
En la columna de gastos, el gobierno de Estados Unidos tiene, a su vez, dos componentes: los gastos fijos que son compromisos adquiridos, y los gastos “discrecionales” que son los que cada año pelea el Congreso con el Poder Ejecutivo.
Los gastos fijos comprenden el seguro social, que es el sistema de jubilaciones; Medicare, un programa de subsidio de los gastos médicos para los ancianos; y el pago de la deuda nacional. A los jubilados hay que pagarles porque ellos contribuyeron con sus impuestos al sistema; a los ancianos hay que pagarles sus gastos médicos porque mes a mes cuando trabajaron hicieron sus aportes al sistema. Y a los acreedores hay que pagarles porque ellos financian el déficit del presupuesto. El seguro social se lleva el 22 por ciento del presupuesto; Medicare y Medicaid consumen el 23, el interés neto de la deuda el 6 por ciento y otros gastos obligatorios se llevan otro 13.
¿Qué queda que se pueda recortar? La columna de “gastos discrecionales”.
El Departamento de Defensa recibe el 19 por ciento del presupuesto federal, pero casi 90 por ciento de ese gasto es “discrecional”. Todos los demás gastos “discrecionales” –educación, investigación científica y médica, salud pública, exploración espacial, vivienda, diplomacia y ayuda exterior, policía, energía, justicia, agricultura, parques nacionales, protección ambiental– representan apenas el 17 por ciento del presupuesto.
Cuando la economía anda bien, el gobierno recauda impuestos a diestra y siniestra y todos contentos. La bonanza económica que coincidió con el gobierno del demócrata Bill Clinton dejó al gobierno un superávit presupuestario. En 2001 llegó a la Casa Blanca el republicano George W Bush con el evangelio conservador según el cual si se reducen los impuestos –sobre todo a los ricos– se fomenta la iniciativa privada y a la larga todo el mundo tendrá empleo y habrá prosperidad general. Poco importa que la historia muestre lo contrario: cuando hay dogma no hay dudas.
En 2001 Bush promulgó una reducción de impuestos –es decir un corte en los ingresos del gobierno– y de inmediato el país se vio envuelto en una guerra, la invasión a Afganistán tras los ataques terroristas del 11 de setiembre. En 2003 Bush no sólo metió al país en otra guerra, sino que aprobó una segunda tanda de reducciones de impuestos.
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