Brecha Digital

Desobediencia civil

Con la activista social española Esther Vivas

Decenas de miles de personas marcharon el fin de semana pasado en más de 80 ciudades españolas, convocadas por las distintas “mareas” (la verde de los médicos, la blanca de los maestros), los movimientos del 15 M y los sindicatos pidiendo la renuncia de Mariano Rajoy. En la siguiente entrevista, Esther Vivas, activista e investigadora en movimientos sociales, asegura que “la desobediencia civil se está convirtiendo en una práctica cada vez más común y empieza a recuperar el espacio público”.

 

“Más pobreza, más paro, más hambre, más recortes, más desahucios, más indignación, más malestar y... más desobediencia como respuesta en la calle. Frente a estas leyes y prácticas injustas, la única opción que queda es desobedecer.” Con esta contundencia se expresa Esther Vivas, una comprometida activista social, licenciada en periodismo y sociología, y autora de varios libros sobre movimientos sociales y agroecología.

—¿Crees que se dan los elementos suficientes para un movimiento de desobediencia civil en España?
—Las prácticas de desobediencia civil ya se han instalado en nuestra vida cotidiana. La ocupación de plazas por parte del movimiento 15 M era un acto de desobediencia civil masiva, y a partir de ahí hemos asistido a una serie de acciones que desobedecen leyes y prácticas injustas: la Plataforma de los Afectados por las Hipotecas ocupando viviendas, movimientos relacionados con las estafas de las preferentes ocupando los bancos, la entrada del Sindicato Andaluz de Trabajadores (sat)** en un supermercado para llevarse sin pagar alimentos de primera necesidad para luego darlos a los necesitados. Lo más importante con respecto a épocas anteriores es que estos actos de desobediencia civil han conectado con amplios sectores de la sociedad, que no se movilizan pero sí se sienten representados por estas acciones y las apoyan.
—Dices que se trata de algo cada vez más cotidiano, en cambio la sensación a través de los medios es que se trata de hechos aislados.
—La realidad es muy distinta. A todo lo que te comentaba antes debemos añadir lo que está pasando en Cataluña: saltarse los peajes en la autopista, negarse a pagar el aumento de tarifas en el transporte público... Frente a las políticas y leyes injustas surgen acciones como éstas, que son ilegales pero que resultan legítimas. En el Estado español, donde cada día se desahucia a 532 personas y a la vez hay entre 3 y 6 millones de pisos vacíos, ocupar una vivienda y darle un uso social es ilegal pero es considerado legítimo por amplios sectores de la sociedad. Lo mismo se podría decir con las acciones del sat este verano (junio-agosto) en los supermercados. Lo que sí debería ser ilegal es que estos supermercados cada día tiren toneladas de comida, mientras un millón de personas en este país pasa hambre. Ilegal debería de ser la estafa de las preferentes, especular con las viviendas y dejar a miles de familias en la calle. Dar comida a quien lo necesita o exigir justicia en relación con las prácticas de la banca es del todo legítimo, aunque a veces implique acciones ilegales.
—¿Qué influencia ha tenido el 15 M en este tipo de respuestas ciudadanas?
—Determinante. Marcó un punto de inflexión. Ha permitido mantener la confianza en el “nosotros”, en que “si queremos, podemos”, y ha desenmascarado la estafa de la crisis. Cuando el movimiento empezó a ocupar plazas se decía: “esto no es una crisis del capitalismo”, “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Estos eslóganes que señalaban las causas profundas y estructurales de la crisis, hoy son compartidos por amplios sectores de la sociedad. El discurso del 15 M y sus prácticas han puesto en entredicho lo que defiende el sistema, que nos repite: “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. Por tanto, como sois culpables y cómplices de esta crisis, debéis aceptar las consecuencias”. El 15 M ha dado la vuelta a eso y dice que quien ha vivido por encima de sus posibilidades es la elite política y económica de este país, y los discursos de “esto no es una crisis sino una estafa” son compartidos por muchos. Se ha quitado la careta al sistema y se lo presenta como es: con la cara de la usura, la avaricia, la corrupción y la estafa.
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