Las líneas de fuerza que imperan en la región trabajan a favor de los cambios que se vienen registrando en los últimos años, en particular en la consolidación de la autonomía conquistada respecto a Estados Unidos y la profundización de la integración.
La grandeza de algunos dirigentes se multiplica cuando forman parte de las poderosas corrientes históricas que atraviesan las sociedades, aquellas que son capaces de modificar radicalmente los escenarios nacionales y regionales. Ese es el caso de Hugo Chávez. Ser un hombre de su tiempo pero a la vez pertenecer al tiempo por venir, al que está llegando pero aún no termina de cuajar. Ese tipo de líderes son a la vez albañiles y profetas, construyen una parte de la nueva realidad al tiempo que la anuncian. Son bisagras entre épocas.
Por lo mismo, existe la tentación de anticipar que la desaparición física de uno de estos dirigentes puede significar el fin del proceso que encabezó, lo que sería una sobrestimación del papel de los individuos en la historia. En el lugar opuesto, la tentación de creer que nada va a cambiar con su desaparición, porque las tendencias estructurales se mantienen intactas, sería tanto como negar el papel de lo subjetivo y la subjetividad en la política.
Es evidente que no puede haber un justo medio. Chávez marcó su impronta en la región, casi tanto como en su propio país. Cuando llegó al gobierno en 1999 no podía saber que era el primero de una camada de gobernantes de izquierda y progresistas que comenzaron a ingresar a palacio cuatro años después.
Cada proceso nacional tuvo su lógica y sus tiempos, pero en conjunto delinearon el mayor viraje de la región desde las guerras de independencia, dos siglos atrás.
CHÁVEZ, ACELERADOR DE TIEMPOS. En este período turbulento Chávez espoleó los corceles de la historia como ninguno de sus pares, acelerando el ritmo de los cambios. Entre sus legados más notables figura el diseño de una estrategia de largo plazo para refundar su país que, con poca imaginación, denominó “socialismo del siglo xxi”. A ese proyecto pueden sumarse, como lo reconocen hasta algunos centros de pensamiento militar, “la consolidación de la identidad y la independencia latinoamericana, el desprecio a las viejas oligarquías y la defensa de campesinos y militares capaces de luchar por la reforma agraria y por la democracia participativa” (Defesanet, 7-III-13).
La capacidad de formular un proyecto estratégico, por lo menos en el último medio siglo no es novedosa ni tiene su epicentro en Venezuela. Sin embargo, debe reconocerse que los dos principales proyectos históricos contemporáneos en la región, el encabezado por Juan Perón y el acaudillado por Getúlio Vargas, han nacido en los círculos militares. El primero fue consumido en la hoguera de las luchas de clases que enterraron la credibilidad de los uniformados, vaciaron a la burguesía industrial argentina y anularon la posibilidad de contar con un sector político dirigente. En Brasil ese proyecto estuvo a punto de naufragar definitivamente en la década neoliberal de 1990, hasta que fue rescatado por los cuadros dirigentes del Partido de los Trabajadores con Lula a la cabeza.
Varios proyectos esbozados por Chávez fracasaron o fueron engavetados, como el Gasoducto del Sur; otros, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), nunca alcanzaron una masa crítica para despegar; el Banco del Sur, quizá el más realista de todos, camina tan lentamente que puede decirse estancado. Sin embargo, son proyectos que nadie puede ignorar y cada vez que se agrava la crisis global vuelven a cobrar vigencia y son desempolvados incluso por sus detractores. Eso es, también, parte del legado de Chávez a escala regional: propuestas poco realistas o testimoniales, pero que tienen la enorme virtud de prefigurar un mañana sin tutelas externas.
La Alba es un ejemplo emblemático: fue creada en diciembre de 2004 por Cuba y Venezuela, y en los años siguientes se fueron sumando 12 países de la región, pero marcó un rumbo al rechazar el libre comercio y apostar a la cooperación entre sus miembros. Puede decirse que tiene poca influencia, pero es más difícil negar que ha jugado algún papel en acelerar la formación de alianzas más sólidas y prometedoras, como la Unasur, que nació cuatro años más tarde.
En 2005 el gobierno venezolano decidió romper con la dea (agencia antidrogas de Estados Unidos) acusándola de realizar espionaje en el país. De un solo golpe puso en el centro del debate que la política antidrogas de Washington es un modo de intervenir en los asuntos de cada país, inventando un enemigo a la medida cuando el comunismo ya no pudo seguir siendo excusa para debilitar la soberanía de las naciones. El gobierno de Chávez colocó en la picota la guerra contra las drogas con su peculiar estilo, varios años antes de que ingresara en la agenda regional y se formara cierto consenso para poner fin al prohibicionismo... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.