“Cosas de la naturaleza”
“Tragedia natural”, fue la expresión usada por los funcionarios públicos responsables apenas se conoció la magnitud de las inundaciones de la semana pasada en la capital federal y en La Plata. “Los desastres naturales no existen, son la expresión social de fenómenos naturales”, cortó categóricamente el ecologista y economista Antonio Brailovsky, a la sazón autor del libro Buenos Aires ciudad inundable (Ediciones Le Monde Diplomatique, 2011). Hace varios años que los porteños están acostumbrándose a convivir con la inundación que deteriora sus casas y hace perder mercancías a los comerciantes. Pero hasta la primera semana de abril la cosa era cuestión de números e indemnizaciones. Ahora el agua trajo muerte. Y mucha. Entre los funcionarios culpar a la naturaleza resulta la primera excusa fácil y a mano. Lo hicieron en Santa Fe los gobernadores Carlos Reutemann y Jorge Obeid, cuando en abril de 2003 el río Salado inundó la ciudad capital de la provincia generando 120 mil afectados y varias docenas de muertos. También lo hizo el menemista de Salta Juan Carlos Romero cuando tres años después, en abril de 2006, las lluvias desbordaran el río Caraparí e inundaran las localidades de Tartagal y Campo Durán. “Son tragedias que ocurren cada cien años y no se pueden prever”, se lamentó Romero frente a las acusaciones de los habitantes de la zona y organizaciones ecologistas como Greenpeace que denunciaron el efecto del desmonte indiscriminado de bosques nativos como disparadores del cambio climático en la región.
En el caso de Buenos Aires, tanto Mauricio Macri, alcalde de la capital, como Daniel Scioli, gobernador bonaerense, optaron por denunciar a la naturaleza y sus caprichos para explicar su falta de previsión. “Siempre se jugó con la idea de la gran obra inmensa que solucione todos los problemas para toda la eternidad. Y eso es imposible. Lo posible es atenuar los efectos con obras pequeñas y acostumbrarse a que de ahora en más habrá que convivir con fenómenos climáticos de este tipo”, señala Brailovsky a Brecha. Agrega que resulta imprescindible una nueva planificación urbana conjunta entre la ciudad y la provincia evitando instalar poblaciones en la desembocadura de arroyos y ríos. “Hay responsabilidad histórica en este tema. El inventor del negocio de inundar al prójimo en Buenos Aires se llama Antonio Crespo, intendente de Buenos Aires a fines del siglo xix, que envió a los vecinos a habitar zonas bajas de la ciudad en lo que hoy se llama precisamente Villa Crespo. Él sabía que no eran tierras aptas para construir viviendas ni asentar población, pero los negocios inmobiliarios siempre son más fuertes”, señala Brailovsky.
Buenos Aires ocupa el 18 lugar en la lista de las ciudades más pobladas del mundo, según el informe 2010 de la onu y eso implica una serie de consecuencias a tener en cuenta a futuro. “Es un gran problema la forma en que están pensadas las ciudades y toda la traza urbana. Hay que replantear el concepto de urbanización. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial las autoridades convocaron a especialistas, entre ellos Le Corbusier, para replantear cómo reconstruir París y les respondieron que eso era imposible sin pensar cómo reconstruir Francia. La idea central era retener población en sus lugares habituales para evitar los desplazamientos de masa humana, garantizándoles trabajo y condiciones dignas de vida. El hombre que tenía dos hectáreas de viñedos, vendía la uva y el vino que producía en la esquina del pueblo y no tenía que moverse y migrar. Eso duró varias décadas en Europa. Pero nunca se implementó ni se pensó para la Argentina ni ningún otro país de América Latina”, explica el especialista. “Eso fue la contracara de Europa, porque tras la Segunda Guerra las ciudades latinoamericanas crecieron más que ninguna otra en el mundo a partir del desarrollo de las industrias livianas y pesadas, con sus fábricas que llevaron a buscar mano de obra y concentrarla en las ciudades, porque no había trabajo en el campo. En este momento, con el auge de la soja y el corrimiento de la frontera agropecuaria que expulsa población, la gente tarde o temprano va a terminar en el Gran Buenos Aires y ya sabemos en qué parte de esa región: en las zonas bajas e inundables. Y siempre se trata de los más pobres”, cierra Brailovsky.