Olor a catástrofe
- Última actualización en 12 Abril 2013
- Escrito por: Diego Faraone desde La Plata
La Plata después de la inundación
Los vecinos del barrio Tolosa, en La Plata, desmienten las cifras oficiales y aseguran que los muertos suman doscientos o trescientos. La gente murió ahogada, electrocutada, aplastada, encerrada dentro de sus autos y de sus casas. Los que lograron escapar, trepar o zafarse de alguna manera de la marea negra de dos metros descubrieron, una vez que el agua bajó, que sus pertenencias estaban arruinadas y sus casas deterioradas en forma irreversible. Quizá lo más impactante para el visitante sea el olor: todo huele a podrido en La Plata. “Cuando el agua empieza a meterse adentro de tu casa lo primero que hacés es sacar las cosas que tenés en el piso y las ponés arriba de la cama. Cuando el agua llega hasta la cama, las tirás para arriba de un armario, pero cuando el agua te llega al cuello ya dejan de importarte las cosas materiales, y lo único que te importa es salvar tu vida”, cuenta a Brecha, conmocionado, uno de los tantos vecinos afectados del barrio Tolosa, en La Plata. Seis días después de la tormenta, las huellas de la debacle son más que visibles: los autos que habían sido sepultados por el agua se encuentran ahora totalmente abiertos, ventilándose al sol. De algunos de ellos fueron removidos los pútridos asientos, y sus dueños hacen esfuerzos para poder recuperar el funcionamiento eléctrico. En las casas, la marca del agua llega a un metro ochenta, pero en las villas que se encuentran al borde de los ríos no hay marca, porque el agua superó los techos de chapa.
En una zona donde llueve 1.500 milímetros en todo un año cayeron 300 en una tarde. Es lo que podría definirse como un auténtico imponderable. Esto excede a cualquier rejilla tapada por hojas de otoño. ¿Cambio climático? ¿Falta de inversión en obra hídrica? Hay mucho oportunismo político y las culpas vuelan como armas arrojadizas. Media ciudad dice que a la madre de la presidenta la sacaron en un operativo especial, pero los vecinos aledaños aseguran que ni siquiera estaba en su casa, que se había ido para la residencia presidencial de Olivos mucho antes de que empezara la lluvia.
Lo primero que impacta al llegar al epicentro de la inundación es el olor: un hedor a deterioro profundo, a basura podrida, a papel y toda clase de objetos embebidos en humedades. Sale de adentro de las viviendas, de adentro de los autos. Una señora muestra cómo el agua llegó casi hasta el techo de su casa, las paredes interiores están oscurecidas por la humedad. “Lo que más necesitamos es desinfectante, porque el problema es que está todo lleno de bacterias”, dice un estudiante de periodismo, Federico, que no ha parado de trabajar en su casa y en otras desde entonces. “Mientras trabajaba me clavé una astilla en una pierna, pero no le di importancia, a las dos horas ya tenía todo hinchado y me empecé a preocupar. Llamé a la emergencia y me mandaron una ambulancia, pero me tuvieron que operar adentro mismo de la ambulancia porque los hospitales estaban todos llenos.”
Durante la inundación los cauces contaminados, principalmente del Arroyo del Gato, se sumaron a las aguas servidas, a las cloacas desbordadas, la nafta y el aceite de los autos se mezcló con ese líquido pútrido, y el coke proveniente del incendio de la planta de ypf provocó que, además, el agua estuviera teñida de negro. Lucas quedó en su casa junto a su familia, hasta que entendió que tenían que salir todos de ahí rápidamente. Cuatro veces debió recorrer a nado unos doscientos metros, contra un oleaje terrible y en penumbras (la electricidad de toda la zona había sido cortada hacía horas) hasta que divisó un club en el que estaban ofreciendo ayuda. Primero fue hasta ahí para dejar a su perro, y después volvió tres veces, trayendo al resto de los integrantes de su familia. “Por suerte nos fuimos antes de que estallaran los vidrios”, dice la madre.
Los que tienen la suerte de vivir en una casa de dos pisos, pudieron ponerse a salvo en la parte superior. Mucha gente cometió el error de salir de sus casas: se la llevó la corriente. Mucha gente se quedó en su vivienda y fue el error: murió ahogada. “Allá enfrente murió una señora mayor. En la otra cuadra recién ayer (cinco días después) encontraron a otra.” Hubo gente que no pudo abrir las puertas de sus propias casas, por la presión del agua, y murió ahogada, atrapada por las rejas de las ventanas; hubo gente que murió adentro del auto, porque al averiarse el circuito eléctrico no pudo bajar los vidrios para salir. Hay algo que los vecinos no pueden explicar: el agua en determinado momento comenzó a circular con una fuerza inusitada, y su altura aumentó cerca de medio metro sobre las dos de la mañana. Un taxista señala un sitio sobre la vereda: “El problema es a los que agarró en la calle, venían flotando pedazos de madera, de metal, cualquier cosa: ahí mismo murió un hombre, aplastado por un contenedor que venía siendo arrastrado por el agua”. Hay veredas destrozadas, al parecer por la fuerza de la riada y los objetos contundentes que traía con ella.
Muchos vecinos desmienten las cifras oficiales: “No me dan los números”, dice otro taxista, quien recoge gente a diario que le cuenta que en su respectiva zona murió una decena o una veintena de personas. El gobierno provincial mantiene su cifra de 52 muertos y el gobernador Daniel Scioli dice que él no tiene por qué ocultar víctimas, que será que la gente no las denunció. De todos modos los buzos trabajan buscando cadáveres en ríos y arroyos. Federico indica que en las inundaciones son considerados muertos por esa causa, oficialmente, sólo los ahogados y los electrocutados, pero no el resto: los que murieron de un infarto; los que estaban en terapia intensiva en los hospitales donde se cortó la luz, los que murieron por la calle.
Laura, que vio todo desde un punto elevado, relata su experiencia: “De repente se apagaron todas las luces y la ciudad entera quedó sumergida como una ciudad fantasma, de vez en cuando recorría la calle un tipo con una linterna hundido en el agua y ofreciendo ayuda, después pasó un kayak. Y lo más horrible eran los gritos. En la oscuridad, se vio como que saliera un sol y encima una nube negra que se iba extendiendo sobre la ciudad, fue la explosión de ypf”.
MEDIOS. La reacción de los vecinos cuando se enteran de la presencia de un periodista es decir: “¡Ah!, entonces tenés que venir a ver lo que es mi casa”. Según ellos, los medios no mostraron la dimensión del desastre, y “estas cosas tienen que saberse”. En Tolosa, barrio de clase media desahogada en una ciudad predominantemente universitaria, los habitantes vieron cómo de un día para el otro sus viviendas eran irreconocibles. “En la última inundación nos había subido el agua a treinta centímetros del piso, y el olor no se fue hasta un año y medio después –dice Federico–. Pero lo que más me duele son los libros: bibliotecas enteras que estoy tratando de secar como puedo.” Dentro de las casas el olor es intenso, pero el visitante entiende que debe disimular el impacto y no contribuir al drama de esta gente. “Tenía una despensa llena de comida y tuve que tirar todo, me habían regalado muchísimos pañales, y los paquetes reventaron”, dice Ivana, madre de dos hijos. Los armarios están hinchados, los papeles y documentos, arruinados. Laura se pregunta si algún ministerio le reconocerá el título de Secundaria todo borroneado. Las bolsas de basura se apilan en las calles, junto a colchones, muebles y toda clase de objetos personales. En los patios están puestas a secar las pertenencias, para ver qué puede salvarse y qué se debe tirar, como interminables ferias americanas en las que nada podría venderse. “Todas las fotos que tenía de mi hija desde que era una bebé hasta los 15 años ya no existen”, dice Horacio, que asegura no haber parado de llorar durante tres días seguidos. “Es mucha desgracia junta, me hizo mal ver a todo el mundo así.”
Por la calle también pueden verse muchos hurgadores, los llamados “cirujas” en la jerga argentina. Lo curioso es que esos colchones que quedan en la calle y que fueron descartados como inservibles y seguramente infectados son recogidos al poco tiempo por otra gente que sí les encuentra un uso, como para recordar que, aun luego de una catástrofe natural, la clase media se encuentra en mucho mejores condiciones de vida que las clases sumergidas.
SOLIDARIDAD. Pese a la tragedia, existe cierto optimismo en el aire, fundado en el profundo sentido de la solidaridad. Todos los amigos de Federico acudieron a su casa para ayudarlo a limpiar. “En muchos casos la gente no puede moverse de su casa porque tiene que seguir limpiándola, lo que funciona es la solidaridad puerta a puerta, los vecinos que se cruzan, preguntan, ofrecen. No se puede esperar ayuda tres horas en un centro de asistencia.” La familia de Lucas duerme hace una semana en lo de una tía. La ayuda proveniente de la capital es inmensa. La directora del Museo de La Plata fue a la casa de un alumno en Tolosa para preguntarle si necesitaba algo. El paquete de medidas anunciado por Cristina Kirchner parece estar a la altura de la situación: duplicación de las asignaciones familiares, aumento considerable a las jubilaciones, prestaciones adicionales.
Desde un titular infame, el diario Clarín se permitió hacer jueguitos de palabras con la tragedia. Frente a la muerte de una abuela de Plaza de Mayo en Tolosa, tituló “La abuela de Plaza de Mayo que de-
sapareció bajo el agua”. Brecha intentó contactarse con Isabel “Chicha” Mariani, fundadora de Abuelas que desde hace 37 años busca a su nieta Clara Anahí. Sus archivos de toda una vida fueron tapados por el agua oscura. Al llegar a su casa, varios jóvenes están trabajando, con tapabocas y guantes, tratando de rescatar, papelito por papelito, los documentos en los que podría estar la clave del paradero de su nieta o de alguno de los otros cuatrocientos niños nacidos en cautiverio y todavía no encontrados. Los muchachos voluntarios son militantes de derechos humanos. A Chicha, de 89 años, es mejor dejarla tranquila; pasó muy mal, duerme en casa de una vecina y en el momento en que el periodista pregunta por ella la está viendo un médico. Hay momentos en que corresponde retirarse.
Luego de recabar una decena de testimonios se vuelve difícil dilucidar cuáles de los dichos son reales y cuáles corresponden a una suerte de psicosis colectiva: algunos vecinos hablan de cadáveres flotando en el agua
–quizá vieron alguno, y sobredimensionen los hechos– y hasta de bebés arrastrados por la corriente. Sólo el tiempo podrá echar luz sobre las dimensiones reales de la catástrofe. Por lo pronto, es seguro que ningún vecino de La Plata olvidará esta última Semana Santa.

