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Ese Chile que llora a Thatcher

El 22 de noviembre de 1990 fue un día de tensión y trabajo frenético; llegué a mi casa entumido por el frío de uno de esos inviernos londinenses que comienzan demasiado rápido, y apenas la calefacción me devolvió el ánimo de seguir trabajando escribí: “Cual un gran buque de los tiempos gloriosos de la Marina Real, Margaret Thatcher se hundió con la bandera al tope, flameando desafiante, y con todos los cañones lanzando metralla”. Con un discurso desafiante en el Parlamento, después de anunciar su renuncia porque el propio Partido Conservador le negó la posibilidad de seguir encabezándolo, había terminado una era: 11 años de gobierno de la única mujer en ocupar el cargo de primer ministro en Gran Bretaña; la que llevó a su país a la guerra de las Malvinas contra Argentina y la que, como escribí también esa noche, “dejó un país profundamente dividido entre pobres y ricos y polarizado políticamente; una economía de segundo orden en el concierto europeo; los sindicatos y la prensa atemorizados a golpes de leyes, decretos y disposiciones; una nación que antes fue famosa por sus tesoros culturales, convertida en un supermercado de antigüedades y obras de arte para los nuevos ricos extranjeros; un pueblo apático y quebrado...”. Nunca pude conocerla de cerca, porque jamás accedió a una entrevista con el Servicio Latinoamericano de la bbc, donde trabajé durante la mayor parte del período de Thatcher al mando de Gran Bretaña. Tal vez porque para su adorado y respetado marido, Denis, la bbc era “un nido de rojos y maricas” que durante la guerra de las Malvinas había sido sospechosa de traición a la patria por negarse a colaborar en la guerra de propaganda contra los argentinos.
Cuatro años más tarde estuve más cerca de la ya ex primera ministra cuando fue recibida en Chile como si nunca hubiese dejado el gobierno. En marzo de 1994 llegó, invitada por lo más granado de la derecha chilena, en un vuelo especial de la Fuerza Aérea que la fue a buscar a Brasil. Estuvo una semana, junto a su Denis, en un ambiente de reverencias y agasajos que no fue alterado por el desmayo que le dio cuando hablaba en un almuerzo ofrecido por la Sociedad de Fomento Fabril, la institución que agrupa a quienes tienen el verdadero poder económico, y frecuentemente político, en este país. “Sir Denis conquistó a todos con su buen humor. Ella conquistó por su agudeza”: la almibarada frase fue el resumen de la visita hecho en una nota social de El Mercurio, el principal diario chileno, cuyo dueño, Agustín Edwards, es un anglófilo impenitente. El mismo Agustín Edwards que en 1970 se reunió con Richard Nixon y Henry Kissinger para pedirles apoyo para derrocar a Salvador Allende, y que hoy sigue siendo todopoderoso en Chile.
{restrict}Otros cuatro años después, el nombre de Thatcher volvió a mezclarse con la realidad chilena, cuando en una tarde de té y pastelitos dio asistencia espiritual a Augusto Pinochet, que estaba bajo arresto en Londres a causa del único intento serio, hecho por el juez español Baltasar Garzón, de llevarlo a juicio por crímenes de lesa humanidad.
Sólo la elección del papa Francisco tuvo en El Mercurio más páginas que la muerte de Thatcher. La Tercera, con una circulación más popular que El Mercurio, dedicó al tema una sección especial de seis páginas. En todos los canales abundaron los reportajes y comentarios, y el presidente Sebastián Piñera destacó su “contribución a la democracia y la libertad” en el mundo.
La anglofilia puede considerarse como una característica histórica de las clases dominantes chilenas, no tanto por la presencia significativa de ingleses y británicos en general en la guerra de independencia, sino por la huella que dejaron los grandes empresarios del salitre, que compartieron negocios con la elite económica y política nacional, varias de cuyas familias todavía tienen cuotas importantes de poder en la sociedad. El papel de los intereses de Londres en la Guerra del Pacífico, tras la cual Chile se apoderó de los ricos territorios salitreros y mineros de Perú y Bolivia, es un tema que no aparece en la historia oficial pero que está bien documentado.
En el terreno militar, Inglaterra ha mantenido un lugar como proveedor de armamento, especialmente naval, desde el siglo xix hasta hoy. La Armada está orgullosa de sus tradiciones de raíces inglesas y venera como su fundador a lord Cochrane, un marino mercenario de origen escocés que se dedicó a la causa de la revolución americana después de una trayectoria de problemas con la justicia y la política en Gran Bretaña. Y en el tema de las Malvinas, la colonia británica de esas islas fue un apoyo importante a la ocupación chilena de la Patagonia y Tierra del Fuego; las primeras ovejas que dieron origen a la riqueza ganadera de esa zona fueron traídas desde el archipiélago, y éste a su vez se convirtió en un receptor de exportaciones desde Punta Arenas, como la madera y el carbón.
Después del conflicto por las islas del canal de Beagle, al sur de Tierra del Fuego, que en 1978 casi lleva a la guerra a las dictaduras militares de ambos lados de los Andes, el control británico de las Malvinas adquirió otro valor estratégico para Chile, a tal punto que los servicios de inteligencia de Pinochet se dedicaron a estudiar la posibilidad de una invasión argentina a las islas, e incluso la anticiparon en la reunión mensual de inteligencia de marzo de 1982. Cuando el desembarco se produjo, en Santiago cundió el temor de que si los argentinos conseguían afirmarse en el archipiélago, su siguiente objetivo serían las islas del Beagle, pese a que ya estaba en marcha la mediación papal para resolver ese conflicto. Por otra parte, como a estas alturas no es un secreto para nadie, gracias a numerosas investigaciones periodísticas y al trabajo de los historiadores, la diplomacia británica comenzó a moverse intensamente por los corredores del poder en Chile para negociar un apoyo que fuera más allá de la neutralidad.
“En esos días vimos muchos militares con uniforme de la Fuerza Aérea chilena que no hablaban una palabra de español”, me contó recientemente un funcionario retirado de Lan Chile que trabajó en Punta Arenas. Más de un puntarenense puede recordar también que, como lo reveló el historiador militar británico Nigel West en su obra La guerra secreta por las Falklands, el número de los aviones Hércules de la Fuerza Aérea aumentó inesperadamente y uno de ellos tenía pintado en su costado Fuerza “Aera” de Chile.
Desde datos de relevamiento fotográfico hasta las facilidades para que los hombres de una operación comando fracasada se refugiaran en territorio chileno fueron intercambiados por armamento y repuestos militares que Londres envió a la dictadura pinochetista, y en 2005 el ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea Fernando Matthei fue el primero en reconocer abiertamente esa colaboración. Hechos de un pasado no tan lejano que explican el cuasi duelo nacional por la muerte de Margaret Thatcher, admirada por un cierto Chile que no ha quedado para nada en el pasado.n

*     Periodista uruguayo actualmente residente en Chile y anteriormente radicado en Gran Bretaña, habitual colaborador de Brecha desde Santiago.

Bloqueo

El hombre, hoy cuarentón largo y portero de la sede de una representación diplomática en Montevideo, tenía menos de 18 años en 1982, cuando la guerra de las Malvinas. Recuerda “el odio” que sentía entonces por Thatcher. “No sólo por la guerra, sino por todo lo que representaba: el apoyo a las dictaduras latinoamericanas, a la contra nicaragüense, su política económica, que por aquí era festejada. La guerra y la prepotencia de los ingleses me aparecían como un resumen de todo eso.” Por entonces el muchacho participó en el bloqueo al Hospital Británico de Montevideo, para impedir que los soldados británicos heridos en el frente se atendieran aquí. “Éramos alrededor de cincuenta, y lo logramos. Estábamos en plena dictadura y fue un pequeño triunfo. Thatcher era como otra cara de la dictadura”, dice. {\restict}

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