Estados Unidos-México
La semana pasada Barack Obama realizó una visita oficial a México, la primera desde que asumió Enrique Peña Nieto. Buenos modales y gatopardismo en materia de seguridad fueron lo más resaltable.
Fue una visita de trámite. De “trabajo”, la llamaron. Pero, como tantas veces antes, podría decirse que hubo mucho ruido mediático y pocas nueces. Mercadotecnia a pasto, y poca, muy poca información. No hubo nota. Sólo cambió la narrativa. Si no se puede cambiar al México violento de comienzos del siglo xxi, es mejor cambiar de tema. De allí que no se hablara en público de seguridad, de la Iniciativa Mérida y del tráfico de armas. Tampoco, casi, de migración, asunto vedado a México para no alebrestar a los republicanos. Primó la “economía”. El país de los 150 mil muertos y los 25 mil desaparecidos de una guerra fratricida encubierta como un combate a las drogas, se transformó en un México de clase media urbana en expansión, con “jóvenes nacidos para triunfar”. Un México idealizado que no se corresponde con la diaria realidad; esa que habla de una clase media cautiva a 18 meses sin intereses, prisionera del mayor número de impuestos directos e indirectos de todo el continente, que vive hacinada y con miedo a salir a la calle a plena luz del día en sus colonias.
Primó la política como espectáculo. Lo novedoso fue que Obama asumió la nueva épica del gobierno de Enrique Peña. Y al “nuevo pri” le vino de maravillas. Se confirmó, sí, el carisma de Obama y el provincianismo mexicano. En el país donde el presidente no puede citar los títulos y autores de tres libros porque al parecer no ha leído ninguno, Obama, con virtuosismo retórico, citó a Octavio Paz, a Amado Nervo y a Benito Juárez y tomó como metáfora del pasado a Sor Juana, Diego Rivera y Frida Kahlo. Su discurso no tenía como destinatario a los mexicanos. Su mensaje fue a la mayoría de estadounidenses que piensan que hay que ofrecerles una vía legal a los trabajadores indocumentados para que se integren a una sociedad a la que ya se asimilaron. Con la otra parte de la ecuación: si México prospera, los mexicanos se quedan en casa.
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