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Líbano, ese huérfano

La dimisión del primer ministro Nayib Mikati y el nombramiento del prosaudí Tammam Salam como su sucesor abren un nuevo escenario en la política libanesa ante la creciente tensión sectaria en el país.

Pasear por la irónica calle Siria, en la ciudad de Trípoli, al norte de Líbano, es como adentrarse en un territorio desgajado del país de los cedros. La avenida que separa los barrios enemigos de Bab el Tabbaneh (de mayoría sunita) y Yabal Mohsen (principal feudo alauita, una secta chiita) es la línea de frente de un conflicto anclado en la expulsión de las tropas sirias del territorio libanés, en 2006. Los enfrentamientos que se repiten casi cada semana entre vecinos de un lado y otro han pintado las paredes con los orificios de las balas de francotiradores y el negro de las explosiones de mortero en las ventanas. La violencia sectaria se ha agravado en el último año conforme se cuela el conflicto sirio.
Poco a poco la guerra en el país vecino traspasa la frontera y avanza un paso en la desestabilización de Líbano. “El país está ya en un estado de máxima tensión”, apunta Khalil Harb, periodista del diario As Safir, cercano al gobierno sirio. “Muchos combatientes sunitas y políticos están implicados en la guerra siria apoyando a grupos militantes que luchan contra el presidente Assad. Ahora hay informaciones de que (el partido-milicia prosirio) Hizbolá está implicado también.”
Ante esta situación, Líbano se ha sumido en una parálisis institucional cuyo toque final fue la dimisión, el 22 de marzo, del primer ministro Nayib Mikati y la caída en bloque de su gabinete, respaldado por Hizbolá.
La renuncia ha hecho temer un vacío de poder que, tras dos años de conflicto en Siria, hiciese sucumbir a Líbano definitivamente. Sin embargo, la dimisión de Mikati puede considerarse apenas un trámite en un momento clave, ante la celebración de las elecciones este mismo año.
“Nayib Mikati estaba gobernando un Estado fallido, puesto en el limbo por la situación en Siria”, puntualiza Sami Moubayed, analista del think tank Carnagie Endowment for International Peace. “Estaba respaldado por Siria y Arabia Saudí, la famosa ‘fórmula S/S’ que dominó el equilibrio anterior a la primavera árabe que caracterizaba el escenario en Líbano. Ese entendimiento entre ambos actores se ha roto con la revolución siria”, explica.
Sólo dos semanas después, las fuerzas políticas libanesas, agrupadas en dos coaliciones antagónicas, lograban alcanzar un consenso en torno a la figura del moderado prosaudí Tammam Salam como nuevo primer ministro designado. El escenario de su candidatura auguraba el cambio de aires en un país al que la guerra en Siria ha dejado huérfano.
“Salam fue claramente aprobado y sugerido por Arabia Saudí –explica Moubayed–. La cuestión es cuáles son las consecuencias para Líbano de designar a un primer ministro que no ha sido aprobado por Siria.” La respuesta, incierta, tiene un claro detonante: “Siria está en tal enredo que no puede centrarse en Líbano y dictar la política de sus vecinos, como solía hacer”.

 

DOS BLOQUES, DOS PAÍSES. El ex primer ministro intentó abandonar el Ejecutivo tras la imputación en 2011 de miembros de Hizbolá como responsables del asesinato de Rafiq Hariri en 2005, y después de que un atentado acabase con el jefe de la inteligencia policial, Wassam al-Hasan, en octubre del año pasado.
“La razón que esgrimió para renunciar –apunta Harb– es que el gabinete rechazó extender el mandato del jefe de la policía, Ashraf Rifi.” El asunto ilustra el estado de psicosis que amenaza al país mediterráneo, donde sunitas y chiitas (las dos comunidades mayoritarias, junto a los cristianos) se reparten las fuerzas de seguridad. Para Moubayed, este es, precisamente, el punto de inflexión:
Ambos grupos mantienen en la cancha libanesa el juego de fuerzas que hace tambalear a toda la región desde el estallido de la primavera árabe y que se ha agravado con el estancamiento de la crisis siria. Mientras Hizbolá, líder de la alianza 8 de Marzo y aliado del caudillo sirio Bashar al Assad y del régimen iraní, ha sido acusado de participar abiertamente en el conflicto contra los rebeldes, el sunita Movimiento del Futuro, de Saad Hariri, apoya de forma directa el levantamiento, en línea con los países del Golfo, especialmente Qatar y Arabia Saudí.
Según Moubayed, uno de los principales problemas a los que se enfrenta el nuevo primer ministro de cara a la formación de un nuevo gobierno es, precisamente, lidiar con el enfrentamiento entre ambas fuerzas. “Ambos lo han apoyado, y pese a que Salam ha expresado su apoyo al levantamiento sirio contra Assad, mantiene de todas formas una buena relación con Hizbolá, sin cuya aprobación no podría estar ahí.”
“En este tiempo de crisis política y de seguridad que estamos afrontando –añade Khalil Harb–, cada partido quiere reforzar su influencia en la nueva escena política. Salam tendrá que lidiar con cada grupo y secta para unificar el gobierno.”
Pese al respaldo inicial de los partidos chiitas, las diferencias vuelven a aflorar tras dos semanas de negociaciones para intentar formar el gabinete. El consenso que llevó al poder a Salam se difumina a la hora de diseñar un gobierno que supervise las elecciones, el último escollo que debe salvar Líbano, esta vez sin el evidente padrinazgo del régimen sirio, lo que augura el ascenso de los sunitas frente a los chiitas de Hizbolá, para quienes la permanencia de la guerra supone otro frente abierto en el país vecino.
Del otro lado, el régimen sirio, aliado de Irán, ve escapar un tablero imprescindible dentro del pulso que se mantiene en la región, y especialmente como frente contra Israel. “Por supuesto que el presidente sirio Bashar al Assad está feliz porque Saad Hariri no haya sido elegido primer ministro, pero también ha criticado a Arabia Saudita sin nombrarla cuando ha dicho que Líbano no es una compañía de la que alguien despide o contrata a un empleado”, valora Khalil Harb. Pero la intención de mantener la estabilidad en Líbano prevalece, lo que ha llevado al embajador saudí en Beirut a conceder una serie de gestos positivos hacia Hizbolá. “Esto implica que Arabia Saudita no quiere que parezca que está dentro de Líbano contra los intereses de Assad.”
Con Siria inmersa en su propia guerra y fuera de juego, el consenso en torno a la elección de Salam, de 67 años y descendiente de una importante saga política libanesa, es que Líbano ha conseguido esquivar el vacío de poder que se perfilaba. Queda ahora el mayor reto, según Harb: “Lidiar con la creciente tensión sectaria en el país”.

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