Un juicio en la Sudáfrica de América

Un juicio en la Sudáfrica de América

Efraín Ríos Montt ha vivido en 86 años varias vidas, y hubo un tiempo en el que, aunque hoy cueste creerlo, se lo consideró un progresista. En los meses previos a las elecciones del 3 de marzo de 1974, en las que el presidente y general Carlos Arana Osorio planeaba legar el poder a su ministro de Defensa Kjell Eugenio Laugerud, las fuerzas democráticas moderadas que sobrevivían en Guatemala evaluaron sus opciones reales de victoria en un tablero evidentemente desparejo después de dos décadas ininterrumpidas de gobiernos militares y con un conflicto armado en marcha.

Concluyeron que su única maniobra posible era, como ya habían hecho en 1970, llevar como candidato, a modo de cuña del mismo palo, a un militar. Ríos Montt había ascendido el año anterior a jefe del Estado Mayor, tenía fama de librepensador y ejercía un liderazgo innegable en el ejército.
Tentado por la candidatura que le ofrecían, entre otros partidos, la Democracia Cristiana Guatemalteca (dcg) que ya presidía Vinicio Cerezo –el que sería primer presidente democrático en 1985– y la Unidad Revolucionaria Democrática (urd) de Manuel Colom Argueta –tío de Álvaro Colom, presidente en 2008–, Ríos Montt se dio de baja del ejército para ser candidato del denominado Frente Nacional de Oposición (fno) y se lanzó a una campaña en la que, según escribieron los corresponsales de la época, insistió en denunciar que las políticas económicas de Arana y su probable sucesor ahogaban a los más desfavorecidos. Laugerud, en respuesta, lo acusó varias veces de comunista. Una acusación peligrosa: la Constitución de Guatemala prohibía expresamente el comunismo.
Es ya una verdad histórica que el fno ganó aquella elección pero un fraude dio como vencedor a Laugerud. Aunque denunció el robo, Ríos Montt no quiso que sus bases desafiaran al régimen en las calles, quizá sabedor de que la represión de Arana
–durante su gobierno se estima que 20 mil personas habrían sido asesinadas o desaparecidas por el terrorismo de Estado– sería implacable. Acabó aceptando un exilio dorado como agregado militar de Guatemala en la embajada en Madrid.
Aquella derrota política lo cambió para siempre. Pasó por el alcoholismo, dejó la religión católica y se hizo evangélico pentecostal. Cuando regresó a Guatemala en 1978 fue para, como un renacido, levantar la Iglesia del Verbo, de la que se hizo pastor. A su Iglesia estaba dedicado cuando el 23 de marzo de 1982 un grupo de oficiales jóvenes dio un golpe de Estado contra el general Romeo Lucas García con la intención de cambiar el rumbo de la guerra, y necesitó un rostro visible al que colocar al frente del nuevo gobierno.

 

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—En el 79 triunfa la revolución sandinista, y luego viene el golpe de Estado en El Salvador, y eso nos hace reflexionar –cuenta Mauricio López Bonilla, subteniente golpista en 1982 y hoy ministro de Gobernación del gobierno de Otto Pérez Molina–. La legitimidad estratégica de esta guerra se estaba colocando del lado de los subversivos y había que sacar al candidato militar de la próxima contienda electoral. Si Lucas hubiera aceptado quitar al candidato militar como se le pidió, no hubiera habido golpe.
—Pero entonces su objetivo no era democratizar, sino cambiar de estrategia contrainsurgente.
—La realidad socioeconómica que veíamos en el campo daba una razón de fondo al planteamiento de la guerrilla, así que nosotros mismos estábamos cavando la tumba donde nos iban a enterrar por la ceguera y la tozudez de nuestros generales. ¡Y lo peor es que los generales salieron corriendo de Nicaragua y de El Salvador! ¿Y quiénes íbamos a ser los que nos quedáramos dando la última batalla para luego ser juzgados por tribunales revolucionarios? Los oficiales jóvenes.
¿A quién se necesita? A un cuadro político-militar. Y el único que llenaba ese perfil era el general José Efraín Ríos Montt. Era un hombre respetado, fue director de la Escuela Militar... y se pensó: “Los guatemaltecos que votaron por él en el 74 lo van a ver bien. Venga para acá, don Efraín”.

Ocho años más tarde, el ya subteniente López Bonilla acabaría formando parte de la llamada “juntita”, una de las juntas de asesores del general Ríos Montt, el hombre cuya victoria democrática quiso defender y al que acababa de ayudar a encumbrar como dictador.

—Ríos Montt llega con el pensamiento de que Guatemala tiene que cambiar, con un pensamiento de populismo caudillista, como el de los grandes caudillos de América Latina, y eso significó decirle al sector privado de Guatemala: “Abran la mano porque si no se la van a cortar”. Pero la conspiración en contra del golpe comenzó el mismo 23 de marzo...
—Pero el segundo golpe no lo dan los desplazados por el primero.
—No, es un retorno a la idea del 82, no completo pero sí ya con toda una planificación, porque Ríos Montt apostaba a perpetuarse en el tiempo. En el ejército había dos corrientes: una que decía: “Convoquemos a elecciones en seis meses, y se legitima el proceso con una asamblea nacional constituyente”, y otra que decía: “No, esta es la oportunidad de reordenar la institucionalidad del Estado al estilo de Pinochet con los Chicago Boys, y eso implica un mínimo de cuatro años o un período más largo aun”.
—¿Quién resolvió la pugna?
—Es Ríos Montt el que dice: “La transición tiene que ser política nada más, mientras resolvemos el enfrentamiento armado”. Por eso al año del golpe se institucionaliza el Tribunal Supremo Electoral ya como lo vemos hoy, a los dos años se convoca la constituyente, al tercero tenemos Constitución, y al cuarto llega el nuevo presidente de la república, un civil.

Antes, López Bonilla ha hecho un amplio recorrido por la historia del siglo xx guatemalteco, reivindicando que el ejército siempre tuvo en su seno una vertiente progresista, que se resistió a la injerencia internacional aun cuando ésta era anticomunista. Él, obviamente, se considera heredero de esa corriente. De Efraín Ríos Montt ha dicho que siempre fue “controversial”, “pasional” y “dogmático”: “Decía que los militares éramos sacerdotes de una religión que se llama patriotismo y que nuestro símbolo era la bandera nacional”.
—¿Por qué no dejaron que Ríos Montt condujera esa transición a la democracia?
—Porque estaba desfasado en el tiempo. Él regresó por sus fueros de líder militar y de guía espiritual, y ahí fue donde no encajó.
—¿Cómo explica que quienes, según cuenta, administraron la transición a la democracia fueran los mandos militares de la etapa más brutal, de más excesos y violaciones de derechos humanos en toda la guerra guatemalteca?
—Se explica porque la transición a la democracia era la vía política para eliminar la justificación del movimiento revolucionario, que luchaba por la libertad, por derechos humanos... Una vez que no hubiera dictador no había posibilidad de levantamiento. No se trataba de la convicción de la democracia como ejercicio, sino de la democracia como objetivo estratégico para cambiar el marco de la guerra.
—¿La democracia como estrategia contrainsurgente?
—Así es. Pero también había que definir la guerra militarmente, en el campo de batalla.

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