Sólo en el más reciente de sus cuarenta siglos Alepo ha estado dentro de un Estado-nación llamado Siria. Damasco, sin embargo, le resulta una vieja conocida. Ciudades rivales en varios períodos de la historia, los panarabistas que dominaron la política siria en la segunda posguerra del siglo xx intentaron acercarlas y generar equilibrios de poder con un complejo sistema de pesos y contrapesos. Un militar aquí, un ministro allá, y la balanza siempre situada en una cornisa que a pesar de resultar precaria parecía funcionar. El régimen instaurado por el clan Asad, sin embargo, había ensuciado los platillos y privilegiado cada vez más a la capital política, Damasco. Alepo tuvo que conformarse entonces con el rol de “capital económica” del país, y sus hombres de negocios aceptar que el reconocimiento de su pujanza comercial no tendría como correlato espacios colectivos de poder. Su rostro “de capas medias” resultaba demasiado múltiple (incluso con un alto porcentaje de cristianos) para un régimen que se servía de un discurso integrador de los distintos grupos religiosos pero reservaba los mejores asientos para la subdivisión alauita del chiismo.
Además de la habilidad para los negocios, los habitantes de Alepo han sido depositarios de una tradición, natural aluvión de su longevidad urbana, que llevó a la ciudad no sólo a ser “capital cultural” del mundo árabe sino también a ser protegida por la unesco. En estos momentos esa protección es más simbólica que nunca. Los mapas poblados de puntos, que hasta hace un año y medio eran formas de situar los lugares turísticos, ahora denotan otra cosa. Los puntos ya no señalan la ciudadela, el anfiteatro o la medina. Ahora están apiñados como racimos amarillos y no los ubica la unesco sino Amnistía Internacional, para que marquen sobre una foto satelital los impactos de la artillería sobre sus barrios. El mapa es acompañado por un llamamiento a ambos bandos a respetar a la población civil. No parece demasiado posible que encuentre algún eco en un conflicto en el que gobierno y oposición armada luchan por sobrevivir acabando con el otro. También inútil (o dilatoria) parece la propuesta iraní de llevar adelante conversaciones en Teherán. O el gesto del ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, de renunciar a su (previsible) estéril rol de mediador.
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