Assange es presentado como un déspota, un ególatra que combina en su personalidad delirios de emperador y arrebatos de pop star. Pero no es fácil discernir cuánto hay de cierto y cuánto de inquina en ese retrato. El autor del libro se convierte muchas veces en la única campana de la que dispone el lector. Incluso cuando hay algún otro punto de vista, el mismo es inevitablemente filtrado por Domscheit-Berg y termina abonando el terreno de su versión de la historia.
Las cosas entre ambos habían comenzado de manera muy diferente, como suele suceder. “Éramos un par de jóvenes pálidos obsesionados por la informática, cuya inteligencia había pasado inadvertida, que de repente se convirtieron en personajes de la vida pública y que enseñaron qué es el miedo a políticos, empresarios y altos mandos militares del mundo.” Aquella prehistoria de charlas con apenas tres oyentes, de tareas en manos de voluntarios sin demasiada voluntad y con un Assange durmiendo en una cama improvisada con las mesas de una sala de conferencias devenida dormitorio derivó en “algo grande”. Según Domscheit-Berg, Assange no hubiera podido hacerlo sin él. Lo que los unía no era modesto en medida alguna, sino “el convencimiento de que un mejor orden mundial es posible”. Un mundo en el que “nadie podría basar su poder en la ocultación de conocimientos a otras personas”.
Si se pasa por el cernidor y se dejan de lado las argumentaciones del autor para quedar bien parado en su conflicto con Assange, el libro arroja algo de luz sobre el funcionamiento de Wikileaks. Hay párrafos sobre la ética del hacker y la presentación de figuras legendarias por sus nombres en clave, entre las que se contaba “el Colón de las plataformas de filtraciones”. Se detallan los procesos que llevaron a las filtraciones de los documentos vinculados a las guerras de Irak y Afganistán (“el mundo exterior, por lo que sé, no supo nada de nuestros problemas internos. Nadie se imaginaba el caos reinante en la etapa preliminar”) y se ponen en claro algunas ideas sobre el vínculo entre los portales de Internet y los medios de comunicación que eligieron para difundir algunos de sus documentos. (“no debíamos engañarnos con la ilusión de que no intentarían imponernos sus reglas”).
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