Desde que asumiera el poder en 2003, se le atribuye al kirchnerismo el proyecto de reformular el sindicalismo, una de las tradicionales bases de poder del peronismo en Argentina. La presidenta Cristina Fernández no habría desistido de esa idea, pero por el momento, y aunque los nombres de los gremialistas aliados cambien, el gobierno K permanece aliado a un sector del sindicalismo cuestionado por sus prácticas, el nivel de vida de sus dirigentes y sus lazos ambiguos con “los grandes” del país.
Los sindicatos constituyen la columna vertebral del peronismo. Por lo menos cierto tipo de sindicatos. Todos los gobiernos de ese signo estructuraron su poder con la anuencia del grueso del movimiento sindical, organizado mayoritariamente en torno a la cgt y caracterizado por relaciones por lo menos ambiguas con las patronales y por un innegable tufillo mafioso.
El kirchnerismo, caracterizado por un pragmatismo a toda prueba en muchos terrenos, tuvo con los principales dirigentes de la cgt, con los que en principio tenía pocos contactos en lo ideológico, un trato “de conveniencia” pautado por un buen relacionamiento personal. Pero desde hace un tiempo los vínculos se han ido deteriorando. Entre la presidenta Cristina Fernández y el máximo dirigente de la cgt, el camionero Hugo Moyano, la ruptura está consumada. Ya no hay marcha atrás posible. El 3 de octubre la central sindical elegirá una nueva dirección y en ella seguramente no estará el camionero. Moyano, apoyado por algunos sindicatos “pesados”, conformaría una central disidente, mientras que la cgt quedaría a cargo de Antonio Caló, líder de uno de los gremios que siempre colocó a uno de los suyos en los puestos de conducción del sindicalismo peronista, el metalúrgico. Caló, respaldado por unos treinta sindicatos, no la va a tener fácil para consolidar a una central debilitada y limitada a los gremios más oficialistas. De ello es consciente el tercer gran referente del gremialismo justicialista, el gastronómico Luis Barrionuevo, un hombre de pasado más que turbio, ligado durante años al menemismo. Barrionuevo, a quien rodean otros 56 gremios en el marco de la llamada cgt Azul y Blanca, ha estado coqueteando tanto con Moyano como con Caló, con el objetivo, se dice, de lograr un acuerdo con la cgt oficialista a cambio de concesiones en la estructura de poder de la central. Así como el ex menemista Barrionuevo siempre fue un rival de los Kirchner, Moyano siempre los había apoyado. Los papeles podrían llegar a invertirse a partir del 3 de octubre. Caló resumió, tal vez sin quererlo, la verdadera dimensión del problema entre el líder camionero y el oficialismo K: “Moyano no está en contra de este modelo, porque ganamos todos: los metalúrgicos, los camioneros, los taxistas, los vendedores de panchos, todos. Moyano sólo tiene un problema con el gobierno”.
DE AMORES Y ODIOS. Los motivos que esgrime Moyano para explicar su oposición al kirchnerismo son de naturaleza puramente sindical. El camionero reclama que se aumente el mínimo imponible del impuesto a las ganancias y que se universalicen las asignaciones familiares, cobradas actualmente por quienes ganan menos de 5.200 argentinos (unos 16 mil pesos uruguayos). El historiador Juan Carlos Torre, autor del libro Ensayos sobre el movimiento obrero y el peronismo (Siglo XXI, 2012), dijo a Brecha que en realidad Moyano rompió con el kirchnerismo “en marzo de 2011, cuando llegó un pedido de la justicia suiza que lo investigaba por manejar fondos sucios junto a su familia”. El camionero se habría sentido abandonado entonces por el poder político.
Cuando llegó al gobierno por primera vez, como resultado de un ajustadísimo triunfo, Néstor Kirchner contaba con una muy endeble base de sustentación y legitimación. Ello lo obligó a tejer urgentes alianzas en varios frentes. Su historia personal y su olfato político lo llevaron a un acercamiento con los sectores de la cgt menos comprometidos con las políticas neoliberales aplicadas durante la gestión de Carlos Menem. Hugo Moyano, líder del gremio camionero y opositor duro al menemismo, resultó funcional a la táctica kirchnerista. Rebelde y alejado de los burócratas sindicales, con quienes se había formado en los años sesenta –incluso integrando la organización paramilitar de ultraderecha Concentración Nacional Universitaria en su natal Mar del Plata–, Moyano encarnaba a la perfección el perfil del sindicalista peronista poderoso que el nuevo poder necesitaba. “Todo gobierno cuando asume necesita una fuerza sindical que sirva de contención. Más aun cuando se viven tiempos de crecimiento económico donde los reclamos empresariales y laborales afloran con potencia, como ocurre desde 2003”, señala Torre.
La muerte de Néstor Kirchner marcó el comienzo del fin de la relación privilegiada entre Moyano y el sistema K. La explicación banal de la ruptura que dieron entonces ciertos medios fue el machismo del sindicalista, que se habría opuesto a que una mujer fuera designada por el partido como candidata a la presidencia. En realidad, la presidenta apostaba entonces a un modelo sindical más abierto y pluralista, ligado no tanto a la cgt sino a la “clasista” y más joven cta, y veía con mucha suspicacia a un Moyano que había ido acumulando enormes poderes en varios sectores, desde el judicial hasta la salud, pasando por su creciente influencia sobre el aparato justicialista. “Durante los años del kirchnerismo en el poder, Moyano logró una acumulación de poder singular. Su gremio absorbió afiliados de otros sindicatos; organizó y consolidó la Central Argentina de Trabajadores del Transporte, alineando a las organizaciones sindicales de marítimos y puertos, ferrocarriles, aeronáuticos y autotransporte; articuló la central sindical de la cadena agroindustrial que puede parar la exportación de granos; logró designar a hombres de su confianza en todas las subsecretarías de la Secretaría de Transporte; colocó a Héctor Recalde, su abogado de confianza, en la Comisión de Legislación Laboral de la Cámara de Diputados, mientras que en la justicia logró designaciones de magistrados afines en el fuero laboral”, señaló el analista Rosendo Fraga en un informe de mayo último. Para la socióloga Maristella Svampa, el poder de Moyano comenzó a gestarse bajo el menemismo, “en los años noventa con el desmantelamiento de la industria, de la red ferroviaria, el auge de los servicios y el incremento del comercio interregional. Ya durante el kirchnerismo, con la llegada de los subsidios al transporte de carga y pasajeros, la expansión de su poder fue creciendo aun más como un modelo de sindicalismo empresarial plebeyo”.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.