La selva púrpura
- Última actualización en 14 Septiembre 2012
- Escrito por: Paul Guindó
Llegamos tarde al poblado. No suele ser buena idea viajar de noche por Guinea Ecuatorial. En la carretera, muchos controles policiales que de día son simples escenografías de poder, de noche adquieren un carácter intenso. El alcohol, la desesperación y la necesidad de reafirmarse hacen que estos militares, policías o lo que sean, al llegar la noche encuentren un espacio que conjuga juego y fatalismo, un momento en el que por fin son los protagonistas. Esta extraña selva se convierte en espectadora. Selva callada, que supura agua oscura, calor y azúcar. Permanecemos atentos, sumisos y sometidos por una desconfianza latente. Tres controles policiales muy pesados, y otro en el que pasé miedo. Al final llegamos al poblado. Es tarde y hay que localizar al alcalde, al jefe de policía, al jefe de la tribu. Hay que encontrarlos y respetar el orden, la jerarquía, intuir los recelos preexistentes y dejarse llevar por estas estructuras de poder que aunque resultan ajenas no dejan de ser reconocibles. Hablamos con el jefe de la tribu, nos da el visto bueno y entramos al pueblo. Empezamos a hablar con la gente. Estamos trabajando, y eso mismo hace que el diálogo sea más directo. Queremos que nos cuenten cómo viven, cómo han vivido. Pero para eso hay que ir saltando de pregunta en pregunta, muchas veces anodinas, vacías de contenido, esperando que ellos completen la conversación con aquello que realmente quieren decir. Soy extranjero, alguien del que han aprendido a recelar. Pero también alguien a quien contar historias que se irán lejos, como un mensaje en una botella lanzada al mar.
Casi de inmediato unas voces me incitan a entrar en la casa de un hombre que de una forma un tanto brusca me señala con el dedo. Flaco, serio, se cubre con una gorra que le queda algo pequeña. Muestra un letrero casi ilegible que hay encima de la puerta donde parece indicar “Oficina local de Policía”. Entro, me siento, y otros dos hombres gruesos, de sonrisas cansadas, se sientan a mi lado. La habitación es amarilla, con manchas de humedad, con olor a selva vieja. El hombre de la gorra pequeña es el jefe de la policía. Se sienta detrás de la mesa, coloca bien los objetos y saca del cajón un cuaderno y un lápiz. Empieza a hacer preguntas. No sé lo que quiere, no le entiendo. Pienso que tiene alguna enfermedad mental. No me deja salir de la habitación. Al final creo intuir que me está pidiendo dinero de la forma más extraña que puede hacerse. Le digo que cuando terminemos el trabajo pasaré de nuevo por allí; pero es mentira, no pienso pisar ese cuarto nunca más en la vida, y él lo sabe. Me deja ir.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

