Diez años detrás del muro

Es casi tres veces más alto y seis veces más largo que el de Berlín. Sin embargo, para Occidente –que fue tan sensible respecto al alemán– el muro israelí parece ser invisible. A diez años de su creación, la indiferencia se refleja en el silencio con que los medios internacionales hacen pasar desapercibido este aniversario.

 

“A fines de 2002 me encontré marchando por las calles de A-Ram, un pueblo palestino cerca de Jerusalén. La protesta era contra los planes de construir un muro en el corazón del pueblo; cuando los activistas locales me mostraron el plano del trazado, yo ingenuamente pensé que debía de haber un error. Mirando alrededor veía un pueblo como cualquier otro, con casas, comercios, oficinas y escuelas a ambos lados de la calle principal. ¿Cómo podía ser que un muro fuera a construirse en medio de ellas y cortar al pueblo por la mitad? (…) Diez años después, un muro de cemento de ocho metros de altura divide a A-Ram en dos. Caminando a lo largo del muro –por la misma calle principal– ahora sólo se puede ver la mitad de las casas, de los comercios, de las oficinas y escuelas que se veían antes. El pueblo, al igual que las vidas de sus miles de habitantes, quedó partido en dos”
Haggai Matar, activista israelí.*

Hace exactamente diez años Israel comenzó a construir una barrera de separación entre su territorio y los territorios palestinos que ocupa. El argumento esgrimido fue –como siempre– la seguridad. No parecía difícil justificar esa decisión ante el mundo: 2002 fue el año más cruento de la segunda Intifada, que había empezado con manifestaciones masivas reprimidas sanguinariamente por Israel y continuó con una escalada de atentados suicidas palestinos.
Sin embargo, los datos crudos del muro permiten fácilmente inferir cuál era la verdadera intención detrás de la iniciativa: la anexión y fragmentación del territorio palestino, que –al igual que la construcción de colonias judías– busca crear hechos consumados y hacer imposible la existencia de un Estado palestino soberano.
En efecto, 85 por ciento del muro está construido dentro del territorio de Cisjordania, y sólo 15 por ciento sigue la Línea Verde (frontera reconocida desde el armisticio de 1949). Su sinuosa y arbitraria ruta, que tiene más del doble de extensión que la Línea Verde, está trazada para dejar del lado israelí los principales bloques de colonias judías. Cuando esté terminado no sólo habrá fragmentado aun más el territorio palestino (ya reducido a bantustanes), también habrá partido a Cisjordania en dos mitades a la altura de Jerusalén.
Desde que Ariel Sharon anunció la construcción del muro, su ruta oficial ha sido cambiada o su construcción detenida en distintos períodos. En ambos casos, debido a la controversia dentro de Israel sobre cuánta porción de territorio palestino se debía anexar, o a que las demandas judiciales de las comunidades afectadas llevaron a la Corte Suprema de Israel a frenar la construcción mientras estudiaba los reclamos. En casos excepcionales (los más emblemáticos: Budrus y Bil’in, por la lucha de sus habitantes) la Corte ordenó que la ruta del muro fuera cambiada para devolverles a las comunidades palestinas una porción (nunca la totalidad) de la tierra robada.

¿SEGURIDAD O ANEXIÓN? El muro y su ruta también fueron motivo de debate entre los distintos grupos de interés en Israel: los colonos más extremistas se oponían a su construcción porque significaba poner un freno a sus ambiciones de expansión ilimitada hacia el territorio palestino. Otros grupos vinculados al estamento militar afirman que al no construir el muro sobre la Línea Verde Israel ha puesto en peligro la seguridad de sus habitantes y de las fuerzas encargadas de custodiarlo, por priorizar los intereses de un grupo específico (los colonos) en detrimento de la seguridad general.
Es que siguiendo la ruta del muro uno se encuentra con varios lugares donde la construcción se interrumpe abruptamente y el pasaje hacia el lado israelí es relativamente fácil. Las razones por las que esos tramos no están terminados son varias y en algunos casos desconocidas: por falta de financiamiento, porque pende una resolución judicial que podría cuestionar su ruta, o porque la resistencia palestina es muy fuerte y ha atraído la atención y condena internacionales.
Algunos analistas afirman que a Israel no le conviene concluir la construcción del muro, por la misma razón por la que aún no ha definido sus fronteras definitivas: hacerlo significaría renunciar al territorio al este de él y entregarlo a los palestinos, cuando todo el mundo sabe que para los gobiernos israelíes “la tierra de Israel” es indivisible entre el Mediterráneo y el Jordán.
Más allá de la intención anexionista, el argumento de seguridad es débil en sí mismo: es verdad que los atentados suicidas se redujeron hasta desaparecer, pero fundamentalmente porque hubo una decisión política de la resistencia palestina de ponerles fin y elegir otras estrategias. De hecho todos los días unos 60 mil palestinos entran a trabajar en Israel (sólo la mitad con permiso legal).
Un ejemplo reciente fue el pasado mes del Ramadán: por primera vez se liberó el acceso a Jerusalén, y se calcula que unas 300 mil personas de Cisjordania entraron en Israel –y hasta fueron a la playa en Tel Aviv, muchas por primera vez en su vida–. Incluso miles de hombres jóvenes que no obtuvieron permiso igual treparon el muro y entraron ilegalmente sin que se registrara un solo incidente de violencia, dando la razón a los organismos de derechos humanos, que vienen sosteniendo desde hace años que someter a todo un pueblo al castigo colectivo por las acciones de un puñado de personas es una política injustificada, inhumana y racista –además de un crimen de guerra.

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