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Cuando la mano del mercado tiene Parkinson

Todas las formas de análisis económico, desde el mercantilismo hasta la economía neoclásica, han estado orientadas hacia el crecimiento, lo cual es natural, pues han surgido en un mundo en constante crecimiento. Incluso las sociedades prerrepublicanas durante los, digamos, doscientos años que precedieron al siglo de las revoluciones, estaban significativamente influenciadas por una burguesía en ascenso y un crecimiento económico cada vez más acelerado, primero por el comercio y la división del trabajo, luego por el maquinismo, absolutamente dependiente del más grande hallazgo energético de la humanidad desde el descubrimiento del fuego: el carbón.

La principal diferencia del análisis económico –siempre dentro de este enfoque común sustentado en el crecimiento– ha estado dada por lo que en cada momento de la historia parecía ser la fuente de riqueza de la sociedad. Para los fisiócratas ésta era la tierra, para los mercantilistas el comercio, para la economía clásica el trabajo y posteriormente el capital, que en realidad no es sino trabajo pretérito acumulado. En palabras de Marx: “el capital es trabajo muerto que necesita vampirizar al trabajo vivo para resucitar” (El capital, capítulo 8). Arribada la sociedad a un estadio en el que parecía (para muchos así parece todavía) que los límites al crecimiento eran inexistentes, el origen material de la riqueza dejó de ser un asunto de interés, centrándose éste cada vez más en el mercado, en lugar de en la tierra o las fábricas. La economía neoclásica revivía, pues –aunque de forma menos explícita–, la sesgada si no absurda idea del mercantilismo: que el intercambio de bienes y servicios es la fuente de los mismos bienes y servicios.
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