“La filosofía está para contar historias y abrir la comunicación”

En tiempos de cambios vertiginosos y agotamiento de verdades universales, el eclecticismo parece ser una alternativa. Pierre de Roo tiene puntos de contacto con su colega esloveno Slavoj Zizek: es polémico y provocador. Analiza a Platón y San Agustín, se pelea con Samuel Huntington, recupera el pensamiento de Wittgenstein y critica a Sartre a partir de Hannah Arendt. En diálogo con Brecha habló de su libro ¿A dónde va la verdad? Artimaña, violencia y filosofía,* donde vincula la razón con la violencia –responsable de los genocidios del siglo xx– y anuncia el fin de las utopías colectivas para dar paso a una catarata de revoluciones individuales.

 

—Leyendo su libro queda la sensación de que Platón y San Agustín son los autores intelectuales de los genocidios del siglo xx.
—Es una manera provocadora de ver las cosas. Obviamente no son culpables de nada. Se vieron superados por sus propios inventos. Pienso que hicieron el papel de abogados del diablo. La manera de ver la historia de la filosofía –Hannah Arendt habla de eso– es el presente, que aclara e ilumina el pasado. No hay una cadena de causalidades. No se puede decir que Platón esté en el origen o sea la causa de los genocidios. Pero los genocidios pueden permitir comprender un poco la filosofía de Platón. Y sobre todo en el libro se ve cómo la razón está vinculada a la violencia.
En este siglo, aunque más bien diría a lo largo de los últimos dos siglos, hubo una suerte de aceleración de estos procesos. En el libro explico la manera en que Platón introduce una artimaña al definir la verdad como una estratagema. Hay dos facetas: una sería el aspecto visible del ser, la idea oficial del concepto de verdad, y después está la idea oficiosa que es la que correspondería a la trampa. Y esa faceta oculta es la que establece la relación entre las ideas y la violencia. Si tomamos el mundo de las ideas de Platón, y del otro lado el mundo nuestro de cada día, el mundo real, lo que hizo Platón fue rodear y dejar atrapado a este mundo. San Agustín tomó las ideas de Platón y las aplicó a los evangelios: por un lado está el ser y por otro la salvación. Y durante 23 siglos eso no cambió. Luego aparece el Romanticismo, que es la revuelta del mundo contra la verdad con mayúscula. Nietzsche.
Se puede decir que comunismo y nazismo son dos manifestaciones del Romanticismo. Ese equilibro que se mantuvo durante 23 siglos empezó, como si fuera un mercado financiero, a desregularse.
Hannah Arendt sostiene que el nazismo es un accidente, que no tiene nada que ver con la tradición filosófica de Occidente. Yo trato de demostrar lo contrario.
—¿Considera que logró demostrarlo?
—Tal vez no lo demostré de la mejor manera, pero me parece haber aportado los elementos para llegar a esa demostración. De todos modos no creo que nada sea definitivo.
—¿Los genocidios del siglo xx eran evitables?
—Diría que no eran inevitables. Para que un genocidio se produzca se requiere una coyuntura histórica, social y económica, y una confluencia de ideologías. En el caso alemán hubo un sentimiento de frustración con la derrota en la Primera Guerra Mundial, la crisis económica, una frustración histórica. Todo el territorio, desde Rusia hasta Polonia, estaba cerrado al mundo. Cada vez que se ha producido un genocidio en el mundo, ya sea en Alemania o en Ruanda, se produjo en un sistema cerrado y nunca en territorios de puertas abiertas.
—A partir de esa mirada, ¿cómo se pueden explicar e interpretar los genocidios en la América Latina de los años setenta?
—Pienso que comenzaron con fenómenos de guerra civil. En los genocidios siempre se necesita definir un enemigo. En algunas circunstancias históricas es muy fácil señalar con el dedo al enemigo.
—Ahí es donde aparece el concepto de verdad de Platón y San Agustín…
—Exactamente. Cuando aparece el enemigo claramente identificable se da en diferentes coyunturas y circunstancias. En el caso latinoamericano había un sistema político inestable, una gran brecha entre clases sociales, y hay que tener en cuenta además que esa coyuntura especial contó con un aliado preciso, el imperialismo estadounidense, cumpliendo un rol desestabilizador decisivo en Chile y Nicaragua, por ejemplo.
—A la idea de Samuel Huntington del choque de civilizaciones usted la califica de concepto de opereta.
—(Ríe con ganas.) Lo que pasa es que creo que el nivel ideológico de los pensadores liberales y neoconservadores estadounidenses es absolutamente lamentable. Tomar a Huntington como un intelectual es realmente poco serio. No merece más comentarios.
—Cuando Huntington vuelve sobre el concepto del “nosotros”, y en el “ellos” pone al enemigo.
—Por supuesto, así lo hicieron con Irán y la idea del “eje del mal”. Para definirse a uno mismo se crean un enemigo, y pienso que Estados Unidos tiene una gran responsabilidad en la radicalización de la sociedad iraní. Hay una parte de la sociedad iraní que es totalmente abierta y de ningún modo es enemiga de Occidente. Los medios de Occidente han ido construyendo una imagen caricaturesca de Irán.
—Sin embargo, usted en el libro plantea que de todos modos es necesario contraponer una fuerza al fundamentalismo islámico. ¿No es como apagar un incendio con combustible?
—Sí, es cierto. Como lo que está detrás de su pensamiento es ese enfrentamiento entre civilizaciones, Estados Unidos se ha equivocado grandemente a la hora de pasar a la acción. Por darle la importancia que le dieron a Al Qaeda construyeron un enemigo útil a sus planes. Y ahora algo hay que hacer.
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