Brecha Digital

Alta tensión

Como originado en un “cuentecillo de brujas” define el diccionario de la rae al famoso dicho de “salirse con un domingo 7”. Ese es uno de los escenarios que puede presentarse en dos días en Venezuela, donde por primera vez en 14 años el presidente Hugo Chávez, que va por su cuarto mandato al hilo, tiene enfrente a un opositor que amenaza con destronarlo.

Cambiando la estrategia de los anteriores, y fracasados, contendores del comandante, Henrique Capriles, un abogado de 40 años, adinerado empresario de origen socialcristiano, líder de una alianza de 30 partidos a la que une más el espanto que las coincidencias de fondo, se presentó con un perfil casi que conciliador, dispuesto incluso a rescatar “lo bueno” del chavismo, en especial las políticas de inclusión social. No hay que creer al lobo que se esconde bajo una piel de cordero, ha respondido el oficialismo, que extremó la movilización de los suyos en pos de una victoria que hace algunas semanas aparecía segura y que los últimos sondeos ponen en entredicho. “En Venezuela se juega mucho del futuro de América Latina”, ha insistido Chávez.

 

Hugo Chávez atrae a decenas de miles de seguidores enfervorizados en cada acto al que acude desde que el 1 de julio pasado comenzó la campaña para las elecciones presidenciales del domingo. Vestidos con camisetas rojas, el color de la “revolución bolivariana”, sus partidarios se lanzan contra el cordón de seguridad que rodea la camioneta descubierta en la que se abre paso el mandatario entre la gente. Algunos gritan su nombre, otros lloran. Muchos le lanzan desde la distancia notas con peticiones personales: necesita un trabajo, una casa, un crédito…
La diferencia con anteriores campañas presidenciales es que el rival de Chávez, Henrique Capriles Radonsky, elegido en unas inéditas primarias por todos los partidos de la oposición reunidos en la llamada Mesa de la Unidad Democrática, despierta un entusiasmo similar entre sus simpatizantes.
Salvo los seguidores de uno y de otro, que se creen (o dicen creer) en ambos casos seguros de su triunfo, la mayoría de los analistas piensan que va a ser una elección cerrada. Es además lo que parecen reflejar las últimas convocatorias de uno y otro en sus actos, que fueron masivas hasta el mismo cierre de la campaña.
Chávez ha centrado su prédica en la necesidad de “seguir profundizando la revolución bolivariana” y “el camino hacia el socialismo del siglo xxi”, y en recordar en qué condiciones de desigualdad social estaba el país cuando él asumió el gobierno, hace 14 años; Capriles enfocó su discurso en los problemas cotidianos de los venezolanos y en criticar las “ineficiencias” del gobierno. El sentimiento de inseguridad (la tasa de homicidios se ha elevado a más de 50 por cada 100 mil habitantes), el aumento de la inflación (27,6 por ciento en 2011), los constantes cortes de electricidad, el creciente déficit de vivienda y el desempleo fueron algunas de las críticas constantes en su campaña. Capriles también arremetió contra “el carácter polarizador” de Chávez. “Aquí no hay espacio ni para la división ni para la fractura, ni para el rencor. La época del odio a partir del 7 de octubre queda enterrada en Venezuela”, repitió.
Otro punto destacado del programa del candidato opositor fue su promesa de “no regalar ni una gota de petróleo mientras un venezolano se vaya a la cama con hambre”. “Que cada país se ocupe de resolver sus problemas”, dijo, apuntando fundamentalmente a Cuba, pero también a otros países que reciben crudo caribeño a precio barato, Uruguay entre ellos. “Sería el fin del internacionalismo, de la solidaridad con otras naciones de la gran patria latinoamericana”, le respondieron desde el oficialismo.
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