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Cuando la Iglesia intentó ser progresista

El 11 de octubre de 1962 se iniciaron la sesiones del Concilio Vaticano II, la instancia que marcó un quiebre en la relación de la Iglesia Católica con el mundo. A partir de entonces miles de cristianos se sumaron a las filas de los movimientos de liberación en América Latina y hasta algunos sacerdotes tomaron las armas como opción revolucionaria. Nacía la Iglesia progresista.

 

“Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y los fieles puedan ver hacia adentro”, dijo Juan XXIII una mañana de enero de 1959. Sus interlocutores, unos soberbios cardenales, permanecerían estupefactos ante un papa con el cargo recién estrenado que anunciaba entonces su intención de convocar a una reunión del catolicismo universal para modificar una estructura de casi mil años y delinear el nuevo rol de la Iglesia en un mundo de cambios acelerados donde el poder eclesial se licuaba irremediablemente.
La convocatoria se concretaría el 25 de enero de 1959. Veinticuatro días antes, los revolucionarios cubanos encabezados por  Fidel Castro y el Che Guevara entraban triunfantes en La Habana para terminar con la dictadura de Fulgencio Batista. El mundo se reacomodaba tras la Segunda Guerra Mundial y los países del llamado Tercer Mundo empezaban a reclamar su propio espacio en un tiempo de poder bipolar.
El contexto era complejo. Apenas derrotado el nazismo en 1945, se inició la guerra de Indochina, que permitió terminar con la opresión francesa en esa región asiática y abrió el camino para nuevos levantamientos independentistas en Vietnam.
Entre 1950 y 1953 la guerra de Corea mostró al mundo emergido de la Segunda Guerra que la convivencia entre la Unión Soviética y Estados Unidos no sería sencilla. Un año más tarde se iniciaba la guerra de liberación de Argelia, extendida hasta 1962, que marcaría la aparición de los movimientos de liberación nacional y las batallas por la descolonización de buena parte de los países tutelados aún por Francia, Inglaterra, Holanda y España.
En ese marco ejerció el papado Pío XII, quien si bien es reconocido por algunas personalidades por haber salvado a miles de judíos del exterminio nazi, terminada la guerra condenó con vigor a la Unión Soviética, aplicó la pena de excomunión a quienes se dijeran cristianos y militaran en el Partido Comunista y apoyó sin cortapisas las acciones de Estados Unidos como nueva potencia consolidada durante la Guerra Fría.
A su muerte lo sucedió, en noviembre de 1958, Angelo Roncalli, Juan XXIII.

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