Cuando faltan apenas 18 días para la elección, queda pendiente sólo un debate entre Obama, que busca la reelección sin un programa claro, y Romney, que busca una restauración de las políticas que condujeron al colapso económico, condimentadas esta vez con posturas retrógradas en asuntos sociales.
En el primer debate realizado el 3 de octubre en Denver, el ex gobernador de Massachusetts y millonario por herencia y por gestión propia Romney apabulló a Obama y cambió el curso de la competencia. Hasta entonces, y durante meses, las encuestas daban al primer presidente mulato de Estados Unidos una ventaja pequeña pero sostenida.
Hasta ahora no ha habido una explicación creíble del desempeño de Obama en ese debate. El presidente lució retraído, perdió la oportunidad de señalar las falacias en el discurso de Romney, e hizo muy mala defensa de su propia gestión. Quizá la explicación en definitiva sea la misma que Obama ha dado: llegó preparado para refutar cada uno de los postulados más reaccionarios y conservadores que Romney ha expuesto durante un año de campaña, y el republicano cambió de postura, apostató de sus propias propuestas y se presentó como un centrista. Obama pareció quedarse con el guión y sin el micrófono.
El oportunismo de Romney, aparentemente, no le perjudicó mucho ante su base más conservadora y militante, y el republicano saltó adelante en las encuestas.
El estado de ánimo de los demócratas mejoró un poco la semana siguiente cuando en Danville, Kentucky, el vicepresidente Biden encaró con firmeza al joven Ryan, dirigente del Tea Party, y saliéndose de las reglas del debate tanto como Romney lo había hecho en Denver, para señalar la ausencia de veracidad, que se ha convertido en uno de los elementos principales en la campaña contra Obama.
Esta semana, en Nueva York, y con un formato de debate distinto –preguntas de votantes indecisos en lugar de un moderador–, Obama claramente ganó el segundo debate con Romney, pero ello no le ha reportado hasta ahora mucha ventaja en las encuestas. En la abundancia de sondeos de opinión en Estados Unidos hay una encuesta para cada gusto, pero en general todas señalan que la contienda electoral está muy reñida.
Una gestión buena pero insatisfactoria. Obama llegó a la Casa Blanca alzado por una coalición de votantes jóvenes, negros, hispanos, mayoría entre las mujeres, y millones de independientes hartos de ocho años de gobierno republicano con George W Bush y azorados por la debacle económica que estalló en 2008.
Cuando Obama asumió la presidencia, la mayor economía del mundo, que se había salvado de un colapso financiero merced a una masiva intervención gubernamental –700.000 millones de dólares inyectados en el sistema–, tenía una pérdida neta mensual de más de 700 mil puestos de trabajo. Dos de las “tres grandes” de la industria automovilística –Chrysler y General Motors– apenas sobrevivían gracias a otra intervención del gobierno federal que las mantuvo a través del proceso de bancarrota y reorganización. El mercado inmobiliario estaba en ruinas y el país inmerso en dos guerras financiadas con deuda, ya que Bush las inició al tiempo que recortaba los impuestos.
Al aproximarse la nueva elección, la economía, que perdió 8,5 millones de empleos en la recesión, ha creado 5,4 millones de puestos de trabajo y ha estado creciendo por 39 meses consecutivos. El mercado inmobiliario está reactivándose, la industria automovilística ha tenido ganancias sin par, Estados Unidos terminó su campaña de combate en Irak y tiene en marcha una salida gradual de sus tropas presentes en Afganistán, y el país se apresta a instrumentar la mayor reforma del sistema sanitario, promovida por Obama y promulgada por el Congreso en duras batallas en 2009 y 2010.
Pero la reactivación económica sigue siendo lenta, el de-sempleo estuvo por encima del 8 por ciento durante 43 meses, el índice de pobreza ha aumentado, millones de jóvenes se gradúan de las universidades con enormes deudas y sin perspectivas de trabajo. Los sindicatos, que confiaron en Obama en 2008, nunca recibieron apoyo real de su gobierno ante el embate antisindical lanzado por los conservadores. Los negros, que celebraron el hito de la elección de Obama siglo y medio después de la emancipación de los esclavos, siguen siendo la minoría más pobre y discriminada, con las tasas más altas de encarcelamiento y mortalidad de sus jóvenes. Los hispanos, a quienes Obama prometió una acción definida que legalice a millones de inmigrantes indocumentados (véase recuadro de Juan Gelman), han visto en cambio la mayor oleada de deportaciones en muchas décadas.
Obama ha satisfecho a algunos sectores de su coalición. Una de sus primeras medidas fue la promulgación de una ley que equipara las remuneraciones de las mujeres con las de los hombres cuando realizan tareas equiparables en el trabajo. Durante el gobierno de Obama se aprobó una ley que puso fin a la discriminación contra los homosexuales en las fuerzas armadas.
En todas estas materias Obama puede señalar un claro contraste con Romney, quien hubiese preferido que el gobierno no interviniera, dejando que la industria del automóvil y las ejecuciones hipotecarias siguieran su curso hasta que el sistema financiero y económico se purgara por sí mismo. Es la fe preclara de quienes creen en el mito del mercado libre.
Votación en marcha. Dado que muchos estados han acrecentado en los últimos años los mecanismos de voto anticipado, en realidad los esfuerzos que hacen en estas dos semanas y media finales los candidatos, los partidos, y los grupos multimillonarios que apoyan a uno u otro, son en cierta medida fútiles. Las encuestas indican que son muy pocos todavía los votantes indecisos, y quienes siguen indecisos son en su mayoría los menos interesados en todo el proceso político.
Hay estados, como Colorado, donde 80 por ciento de los votantes en 2008 había sufragado antes del día de las elecciones. De ahí que, si los votos se hubiesen contado tras el primer debate presidencial en Denver, probablemente Romney hubiese salido ganador. Y si los votos se contaran esta semana tal vez Obama habría conseguido un segundo mandato en la Casa Blanca.
Pero la campaña continúa y el trabajo de los candidatos ahora es mantener el entusiasmo de sus respectivos votantes ya decididos, mientras que la tarea principal de sus respectivas organizaciones es asegurarse de que la gente concurra a votar, por anticipado o el día mismo de la elección, pero que no se queden votantes en casa.
En las elecciones de 1996 concurrió a votar el 49 por ciento de la población en edad de hacerlo; en 2000 el 51, en 2004 el 54 por ciento –año en el cual Bush probablemente no ganó la elección sino que fue el pésimo candidato demócrata John Kerry quien la perdió por apatía de los votantes– y en 2008 concurrió a votar el 57 por ciento de los ciudadanos mayores de 18.
Este año la permanencia de Obama como presidente depende de la misma coalición que lo eligió hace cuatro años. La incógnita es si los insatisfechos irán a votar.
Para Romney el desafío es parecido: su avance en las encuestas resulta de haber renegado de varias de las promesas que hizo durante su campaña a los segmentos más reaccionarios del electorado. Y estos segmentos quizá vayan a votar sólo porque aborrecen a Obama.
O votan a Romney o...
Mitt Romney no sólo es candidato a presidente por el Partido Republicano: lo es –y mucho más– por Wall Street, el preferido de las grandes empresas y de los billonarios del 1 por ciento. La Koch Industries, una multinacional de Kansas con las subsidiarias del caso, la segunda después de Cargill según Forbes y con un ingreso anual de 98.000 millones de dólares, quiere mucho a Mitt. Le ha proporcionado una robusta financiación para la campaña electoral que hasta el mes de julio se estimaba en 400 millones de dólares (www.policynic.com, julio de 2012).
El The New York Post registra que los hermanos Charles y David Koch, dueños de la empresa, suelen organizar comidas a 50 mil dólares el cubierto para ayudar a Romney. Hay razones: el plan energético del candidato republicano favorece a las megaindustrias del petróleo, el gas natural y el carbón –como la Koch–, promete acabar con la dependencia de Estados Unidos en la materia hacia 2020 y no contiene mención alguna de las debidas regulaciones atinentes al cambio climático (www.huffingtonpost, 24-VIII-12). Los Koch, muy de acuerdo: desde hace años vienen invirtiendo millones para convencer a la opinión pública estadounidense de que el calentamiento global nada tiene que ver con el uso de combustibles fósiles.
Romney insiste en que su política fiscal favorecerá a la clase media, propone “no recortar los impuestos a los más ricos” –como si falta hiciera después de George W Bush– y sugiere derogar por completo el impuesto a los bienes inmuebles, lo cual ahorraría a Charles y a David el pago de 8.700 millones de dólares cada uno hasta el fin de sus vidas (//prcs.org, 6-I-12). Es indicativo que las donaciones de 1.500 dólares o menos predominen en las recaudaciones de campaña de Barack Obama y lo contrario ocurra en la de su rival.
Charles y David no se quedan en el mero lugar de donantes. Han enviado a cada uno de sus 50 mil empleados un paquete de documentos que profetizan un negro futuro para ellos si votan por Obama: “No nos quedará otra posibilidad que reducir la compañía”, anuncia una carta de Dave Robertson, ceo de Koch Industries.
Mitt Romney en persona alentó esta práctica en una conferencia dictada ante la Federación Nacional de Empresas Independientes: “Espero –dijo– que ustedes dejen muy en claro a sus empleados lo que consideran que es mejor para sus compañías y, en consecuencia, para el empleo de ellos y su futuro en las próximas elecciones” (www.classwarfareexists.com, 10-VI-12). No deja de ser una clara amenaza en tiempos de una crisis económica que deja en las calles de Estados Unidos a más de 8 millones de trabajadores.
Los Koch no están solos. Arthur Allen, director ejecutivo de la empresa electrónica asg Software Solutions, envió un e-mail a sus empleados que indicaba en el subject: “¿Tendrá la elección presidencial en nuestro país un impacto directo en su empleo futuro en asg? Por favor, lea más abajo” (www.theblaze.com, 14-X-12). El lector del correo verá con qué oscura tinta están escritas las predicciones de míster Allen. Richard Lacks, presidente y ceo de la compañía que lleva su nombre, dedicada a la afinación de nuevas tecnologías, advirtió a sus empleados que les rebajaría el sueldo si gana Obama (www.mlive.com, 2-X-12). No pasa un día sin que trascienda la misma información de otras multinacionales.
Esta clase de intimidación no es nueva en Estados Unidos. Thomas Ferguson, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Massachusetts, señaló que “en el siglo xix la votación era con frecuencia pública, los dueños de una fábrica solían marchar a las urnas con sus trabajadores para votar en bloque (...) los empleadores utilizaban todo tipo de tácticas para intimidar a sus empleados. En 1896, por ejemplo, los dueños de las fábricas ponían carteles avisando que cerrarían sus negocios si el republicano William McKinley perdía ante William Jennings Bryan”, el candidato demócrata (www.alternet.org, 16-X-12). Hace más de un siglo, en fin, ¿pero no estábamos acaso en el xxi?
El acoso o intimidación a los trabajadores “es una forma de discriminación laboral que viola el capítulo 7 de la ley de derechos civiles de 1964, la ley de discriminación laboral por razones de edad de 1967 (adea) y la ley de estadounidenses discapacitados de 1990 (ada)”, ha señalado la gubernamental Comisión Estadounidense de Igualdad de Oportunidades de Empleo (www.eeoc.gov), pero, curiosamente, no se considera delito la incitación de un empresario a su personal para que vote por tal o cual candidato, so pena de padecer alguna represalia, el despido o la reducción del salario.
Oscar Wilde dijo alguna vez, con su habitual ironía, que el trabajo es el refugio de quienes no tienen nada mejor que hacer. Sólo que, salvo escribir, Wilde nunca trabajó. n
JG
El voto latino
Juan Gelman
La pelea Obama-Romney por el sufragio latino o hispano no es baladí: son 13,7 millones los votantes de origen latinoamericano registrados en el padrón electoral, del que constituyen el 11 por ciento. En las elecciones de 2008 ocupaban el 9,5 por ciento y desde esa fecha se han sumado más de 4 millones a esa cifra. Así lo revela un reciente estudio del Pew Research Center (www.hispanic.org, 1-X-12). No obstante, la proporción de latinos que votaron ese año (50 por ciento) fue inferior a la de la población afroamericana (65 por ciento) y a la de los blancos (66 por ciento).
Tal vez la participación disminuya aun más este año, como sucedió con las elecciones intermedias de 2010: la burbuja hipotecaria que desató la crisis económica actual se ensañó sobre todo con la comunidad latina, muchos perdieron el techo, tuvieron que mudarse y quizás el registro electoral de no pocos quedó en suspenso por el cambio de domicilio. El Partido Demócrata está bien advertido del hecho y sus miles de voluntarios de habla hispana participan en las actividades de la comunidad y visitan casa por casa para convencer a sus habitantes de que voten y/o renueven su registro (//hamptonro.ads.com, 7-X-12).
El 58 por ciento de los votantes latinos es de origen mexicano, 14 por ciento ha llegado de Puerto Rico, un 6 de Cuba y el resto de Sur y Centroamérica. Se advierte entre ellos cierta decepción porque Obama no cumplió con su promesa de 2008 de modificar las duras normas imperantes contra los inmigrantes ilegales, y porque durante sus dos primeros años de gobierno deportó a más de un millón de ellos, tantos como George W Bush durante su segunda administración.
El panorama, sin embargo, no parece tan oscuro para el actual mandatario. Según una encuesta de nbc News-Wall Street Journal-Telemundo, Obama le llevaba a Romney una ventaja de 50 puntos en preferencias del elector latino: 70 contra 20 por ciento (www.nbcnews.com, 3-X-12). Un sondeo posterior de la empresa encuestadora Latino Decisions confirmó esa distancia: 73 a 23 (www.latinodecisions.com/blog/, 2-X-12). En esto tuvo su peso la orden ejecutiva que emitió Obama congelando por dos años la deportación de los inmigrantes ilegales más jóvenes si estudiaban o se alistaban en las fuerzas armadas.
Cabe además reconocer que Romney lo ayuda bastante. Se hizo público el video de una reunión privada del candidato republicano con posibles donantes para su campaña en la que dijo, entre otras cosas, que no era “trabajo” suyo el de ganarse al 47 por ciento de votantes que apoya a Obama, porque “nunca podré convencerlos de que debieran asumir su responsabilidad personal y hacerse cargo de sus vidas” (www.washingtonpost.com, 18-IX-12). James Carter IV, nieto del ex presidente, fue quien hizo llegar el video a algunos medios, un acto de “justicia poética”, explicó.
La frasecita de Romney cayó mal entre los millones de desocupados que perciben un seguro de paro, minorías y marginados. Según medios y encuestas, Romney ganó de manera abrumadora su primer debate con un Obama que parecía cansado de gobernar, con lo que renació la esperanza republicana en el triunfo, pero las opiniones que recorrieron las redes sociales fueron otras. Un escrutinio de esas fuentes que llevó a cabo el Pew Research Center en el marco de su proyecto “Por la excelencia periodística” cristalizó otra mirada.
Los investigadores del Centro analizaron los 5,9 millones de comentarios emitidos en Twitter desde el comienzo del debate hasta la mañana del día siguiente y encontraron que los pareceres se inclinaron más por Obama (35 por ciento) que por Romney (22 por ciento), sólo que entre los primeros hubo más críticas al republicano que elogios al demócrata, y lo mismo ocurrió con los últimos. En los 262.008 muros de Facebook analizados durante el mismo período, la diferencia fue menor: 40 por ciento a favor del presidente contra 36 del candidato opositor. En los blogs revisados, Romney superó a Obama en una proporción de cuatro a uno (www.journalism.org, 5-X-12).
Los republicanos incorporaron a su campaña anuncios en castellano y dieron entrevistas a medios latinos, pero muchos piensan que es poco, llega demasiado tarde y es insuficiente para borrar los comentarios agresivos que Romney hizo durante las primarias sobre el tema. Obama culpa a los republicanos de impedirle cumplir su promesa de flexibilizar las normas vigentes sobre la inmigración ilegal.
Cabe preguntarse, gane quien gane, cómo manejará un tema que afecta a 12 millones de personas que entraron sin visa a Estados Unidos y de las cuales depende la marcha de muchos sectores de la economía estadounidense. Racismo, humillación y desprecio aparte, ¿se reconocerán sus derechos de una buena vez? {/restrict}