Obama y Romney en la rectísima final
El tercer debate presidencial, el más interesante para el resto del mundo y el más aburrido para los estadounidenses, mostró que Barack Obama sabe cómo dirigir la política internacional y Mitt Romney haría casi, casi, exactamente la misma política. Para el resto del mundo, la elección no promete mucha diferencia.
La hora y media de discusión en torno a una mesa compartida con el moderador Bob Schieffer en Boca Ratón (Florida) sirvió para que el presidente Barack Obama, un demócrata que busca la reelección, y el ex gobernador de Massachussets Mitt Romney, que pretende ser el gerente general de Estados Unidos, hablaran un poco acerca del resto del mundo.
Y el debate final de la campaña presidencial de 2012, que probablemente fue el de mayor eco internacional, fue también el de menor audiencia y menos impacto entre los estadounidenses. Tal como ocurre en cualquier otro país, los millones de votantes que ya depositan su sufragio o lo harán el 6 de noviembre, están más preocupados por la situación económica nacional que por los líos más allá de fronteras.
De todos modos Schieffer guió a Romney y a Obama, una y otra vez, al escenario internacional. Los dos candidatos usaron cuanta oportunidad se les dio o ellos inventaron para encontrar el rumbo al discurso de asuntos domésticos. El recurso básico, compartido por ambos, fue que para que Estados Unidos siga cumpliendo la misión que Dios le ha encargado, de ser “líder del mundo libre y faro de la libertad y la democracia”, no basta la fuerza militar y la prepotencia económica sino que es necesaria una economía pujante dentro del país.
Y de ahí, vuelta a hablar de cuál de los dos es mejor para crear empleos.
Aun así, algo hablaron del resto del planeta. No todo, sino sólo del mundo que importa a Estados Unidos.
En cierto modo, Obama entró con ventaja en este debate y salió de él ganador: él es el presidente, él es quien puede decir con toda propiedad que ha hecho y hace algo respecto a la política internacional. Romney tenía la opción de criticar todo lo que ha hecho y hace Obama, exponiéndose a que se le preguntara “y usted qué hace o ha hecho”, o de apoyar lo hecho por Obama afirmando que él lo haría mejor.
El republicano optó por elogiar los éxitos de Obama en política exterior, con un poco más de bocineo acerca de Irán y China.
Recorrida por un mapa parcial. En lo que se refiere a Libia, Afganistán y China, el republicano se dijo ahora a favor de políticas que, virtualmente, no pueden distinguirse de lo que ha hecho y propone Obama. Es cierto que para tal pirueta Romney ha dejado a un lado la retórica belicosa con que libró la batalla de las primarias hasta ganar la candidatura republicana.
Este es el “Romney nuevo y mejorado” que ya no propone una acción militar casi inmediata si Irán produce tres gramos más de material nuclear, sino que apoya los esfuerzos que Obama ha hecho para lograr un consenso internacional que haga eficaces las sanciones contra Teherán. La única distinción es que Romney promueve un endurecimiento de las sanciones, aunque no dice cómo lo lograría sin ponerse de acuerdo con China o Rusia.
Ahora Romney está totalmente de acuerdo con la estrategia de Obama en Afganistán: elogió los resultados de la escalada militar por la cual el presidente envió 30 mil soldados adicionales a ese país en 2009, y ahora ha establecido un cronograma que pondrá fin en 2014 a la participación de tropas de combate estadounidenses en aquel conflicto.
China es asunto espinoso para ambos candidatos, con la diferencia nuevamente de que Obama ha estado haciendo algo respecto al desequilibrio comercial. Durante su gobierno se estableció una “fuerza de tareas” que vigila el cumplimiento de los tratados comerciales, y que ha iniciado un número sin precedentes de quejas ante la Organización Mundial del Comercio, y ha ganado la mayoría de los casos, muchos de ellos referidos a China.
En el caso de Romney es otro el embrollo: el hombre se ha hecho millonario como ejecutivo principal de una firma financiera que se ha dedicado, en parte, a la liquidación de empresas estadounidenses en tribulaciones, el cierre de plantas, y el despacho de empleos… a China. No importa, faltan pocos días para la elección, y ahora Romney lanza todo tipo de críticas a China y promete mano fuerte.
Sólo como rebote de la discusión sobre China apareció mencionada América Latina en este debate. Romney recordó que América Latina representa un mercado casi tan grande como China, y sostuvo que Estados Unidos –presumiblemente bajo su gerencia– debería competir de manera más agresiva en el mercado latinoamericano.
Mucho se habló, por supuesto, de Israel, y tanto Romney como Obama compitieron por mostrar quién es amigo más fiel y escudero más agresivo de los israelíes. La diferencia, nuevamente, es que Obama tiene para mostrar una política aplicada y Romney es pura promesa.
Afuera quedaron. No se habló de Europa, ni de África al sur del Sahara, no se mencionaron el cambio climático, los problemas de salud globales o el sistema financiero internacional.
Y aunque mucho nombre citaron Romney y Obama de localidades israelíes que viven bajo la amenaza permanente de misiles lanzados por los palestinos, y de áreas en la frontera de Pakistán donde medran los talibán y otros contumaces, ni una palabra se dijo acerca de esa otra guerra, ahí mismo, pegada a la frontera sur de Estados Unidos, en la cual han muerto más de 54 mil personas en seis años.
Por supuesto, ninguno de los dos candidatos quiso traer a la discusión la “guerra contra las drogas” que sigue quebrantando a México, que siembra violencia y erosiona la gobernabilidad en América Central y que ha ensangrentado a Colombia por décadas. Ninguno de los dos se refirió al impacto de esa guerra en la economía de Estados Unidos, o a la destrucción de sociedades y familias en los barrios pobres estadounidenses, donde millones de jóvenes carecen de empleo y educación aunque les sobran las probabilidades de terminar en prisión.
La política exterior en Estados Unidos, aparentemente, se limita al obsesivo conflicto de Israel y los árabes, más algún otro sitio específico y cambiante del planeta donde algún candidato crea que se resuelven las cosas con bombas y tropas. Basta con añadir en la conversación algún insulto a Fidel Castro, Hugo Chávez, Corea del Norte y China y ya, pues a ocuparse de asuntos domésticos que allí están los votos que importan.
A 11 días de la elección las encuestas muestran un empate de Obama y Romney, resultado inaceptable para una elección, de modo que todo radica ahora en ese término de los estadísticos: el “margen de error”.
Las encuestas indican que prácticamente no quedan muchos votantes indecisos. Casi al término de la campaña electoral más prolongada y cara de la historia, sólo quedan dos grupos importantes de votantes: los que están totalmente decididos por uno u otro candidato y ya votaron o votarán, y los que están totalmente decepcionados de los candidatos, hartos del proceso, y no votarán.
Caballos y bayonetas
Mientras procede a achicar su fuerza militar tras la guerra de Irak y su retirada gradual de Afganistán, Estados Unidos encara un déficit fiscal que supera el billón de dólares cada año y una deuda nacional de 16 billones de dólares, cortesía de George W Bush, quien metió al país en las guerras al tiempo que bajaba los impuestos.
Mitt Romney se proclamó favorable a un aumento de la fuerza militar de Estados Unidos, aunque no dijo cómo lo financiará, ya que su plan de gobierno anuncia una poda a machete del gasto gubernamental. Barack Obama dijo que la fuerza militar debe adaptarse a las modalidades contemporáneas de conflicto armado y que el Pentágono no necesita los armamentos que los generales no piden pero el Congreso sigue financiando para obtener empleos en los distritos electorales.
En respaldo de su falacia de que Estados Unidos se ha debilitado militarmente, Romney sostuvo que el país tiene ahora menos buques de guerra que en 1916, y que su Fuerza Aérea es más débil que nunca desde su creación en los años 1940. “Señor Romney, usted debería entender cómo funciona la fuerza militar –respondió Obama–. También tenemos ahora menos caballos y bayonetas que en 1916. Porque ahora tenemos esas cosas que se llaman portaaviones, que son barcos sobre los cuales operan los aviones. Y tenemos esas cosas que van abajo del agua, que se llaman submarinos.”
Violadas por voluntad divina
El aborto, su prohibición o legalización, no fue un tema central en esta campaña electoral en Estados Unidos. Apenas fue abordado colateralmente en el debate entre los dos candidatos a la vicepresidencia, el demócrata Joe Biden y el republicano Paul Ryan. Pero unas declaraciones de un candidato a senador por el ala más conservadora de los republicanos, Richard Mourdock, motivaron que la cuestión estuviera por unas horas en discusión. El buen señor no tuvo mejor idea que decir que él no aceptaría legalizar el aborto ni siquiera en caso de violación, porque ni siquiera las violaciones escapan a la voluntad divina. “Me di cuenta de que la vida es el regalo de Dios. Y creo que, incluso cuando la vida comienza en una situación horrible de violación, es algo que Dios quería que pasara”, dijo Mourdock, candidato a senador por Indiana, en un show televisivo. Un par de meses antes, otro republicano que aspira a llegar al Senado, Todd Akin, había dicho que “muy raras veces las violaciones terminan en embarazo, y cuando no terminan en embarazo no se puede hablar de violación”. El candidato a la presidencia por el partido de Mourdock y de Akin, Mitt Romney, se dijo “en desacuerdo” con sus compañeritos, pero a ninguno de los dos les sacó su apoyo político para las elecciones del 6 de noviembre. Ambos son cercanos al Tea Party, el sector más reaccionario del republicanismo, al que pertenece Paul Ryan.
Barack Obama tuvo ocasión de responderles tanto a Murdock como a Akin, anteayer miércoles. “Una violación es una violación. Es un crimen, y comentarios como estos demuestran por qué no deben dejarse decisiones como el aborto solamente en manos de los hombres”, dijo el demócrata que aspira a la reelección.