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La revolución ciudadana con acento francés

El Frente de Izquierda francés es una de las principales fuerzas que pugnan por la “refundación” de la izquierda europea. Su líder, el eurodiputado y ex socialista Jean Luc Mélenchon, estuvo unos pocos días por Montevideo para “interiorizarse”, según afirmó, de la experiencia “unitaria” del Frente Amplio. Latinoamericanista de larga data, cercano al gobierno ecuatoriano de Rafael Correa, Mélenchon marca en la siguiente entrevista sus grandes distancias con la socialdemocracia.

“Se trata de un social liberalismo muy alejado de la vieja socialdemocracia”, que “fracasó tanto como el comunismo de Estado y hoy está muerto” aunque no enterrado, dijo, y defendió la necesidad de una “reconstrucción teórica de alto nivel de las fuerzas del cambio social”. De algunas de las pistas que sugiere para esa reconstrucción habla a continuación.

 

—En esta región del mundo es común diferenciar dos tipos de izquierdas en el gobierno. Una que sería más radical, y otra más de corte socialdemócrata o moderada...
—Yo no acepto esa distinción. Más importante que ver lo que diferencia a esas izquierdas es ver lo que tienen en común. Pero antes que nada hay que de­sechar la idea de que hay gobiernos socialdemócratas en la nueva izquierda latinoamericana, porque simplemente la socialdemocracia se acabó, en todas sus formas y en todos los lugares del mundo. Este es un aspecto muy importante de la realidad política de nuestro tiempo. Fue muy comentado el fin del comunismo de Estado pero mucho menos lo fue el fracaso de la socialdemocracia, que sin embargo ocurrió, con el derechista Tony Blair y el peor Schroeder, ambos destruyendo los estados sociales que habían construido las generaciones precedentes de la socialdemocracia. Este proceso acabó con el fracaso de Georgios Papandreu, ex primer ministro griego que capituló en menos de una hora, mostrando al resto de Europa que nadie iba a resistir, y abriendo la puerta para que la ola especulativa se propagara al resto del continente. Siendo él de la Internacional Socialista, resulta un símbolo muy fuerte de la incapacidad de esa supuesta socialdemocracia para manejar cualquier cambio, ni siquiera resistir. La izquierda latinoamericana es diferente y no puede ser asimilada a la ex socialdemocracia europea, que hoy llamamos socioliberal, lo que es una contradicción porque no hay nada social en el liberalismo. Eso no quiere decir que debemos tratarla o considerarla como de derecha.
Al proceso de cambio actual nosotros lo llamamos revolución ciudadana (un concepto tomado de Ecuador). Es un modelo que se distingue de las antiguas revoluciones socialistas porque empieza con la incapacidad del mundo “único” y liberal en que vivimos para cumplir las tareas concretas del día a día: que haya autobuses, que haya escuelas para los niños, que haya un mínimo de salud esperable, etcétera. Luego, de a poco, se paraliza todo el sistema, hasta un punto que llamamos el “que se vayan todos”, con un pueblo que se ha ido retirando primero de las instituciones, luego de los partidos políticos, y a veces de los sindicatos, y sale a la calle de forma totalmente imprevista, por algún “hechito” inesperado como puede ser el corralito en Argentina, que no es un tema tan fundamental en la vida de la sociedad, o en Venezuela el costo del billete de bus, que originó el Caracazo, o en Bolivia el precio del agua. Cada vez un pequeño hecho es el detonante.
—En Uruguay eso no pasó, quizás porque a diferencia de otros países había una izquierda muy estructurada que venía creciendo elección tras elección y actuó como barrera de contención.
—Claro, aunque eso no invalida lo que explico, porque en Uruguay efectivamente había una fuerza política que expresaba el proceso. En España, por ejemplo, no existen ni siquiera las bases de una alternativa. Es así que aparecen los indignados. En Francia, por ejemplo, sucedió algo parecido a Uruguay, porque hay una alternativa representada por los sindicatos de combate y el Frente de Izquierda. Pero, de formas diferentes, podemos ver que el proceso es siempre de la misma naturaleza.
A partir de allí, en ese proceso viene el paso siguiente que es el cambio político y que empieza expresándose como una exigencia de más democracia. Se cambian las constituciones o las leyes fundamentales de los países considerados. Ese es el proceso que nos interesa y al que llamamos “revolución ciudadana” porque es un nombre universalmente entendible. Este tema es tan importante que estamos imaginando construir un espacio de encuentro mundial sobre el particular, que no existe hoy en día. Es una iniciativa de Ricardo Patiño, el canciller de Ecuador, y mía, en la que estamos trabajando aún, por eso hay que manejarse todavía con cierta reserva. Yo lo considero muy necesario. Hoy tenemos el Foro de San Pablo pero tiene sus límites, aunque es un punto de apoyo indiscutible. En Europa tenemos el Partido de Izquierda europeo, liderado por Pierre Laurent (del Partido Comunista Francés), pero no tenemos un encuadre mundial. Hugo Chávez propuso que hiciéramos una “quinta internacional”, pero no es posible, y él lo constató. Hay que crear estructuras nuevas que funcionen milimétricamente porque enfrente tenemos un cuartel general muy organizado.
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