Apuntes sobre la marcha

El número en el espacio público siempre indica algo. El rango del congregado el jueves 8 es elevado, un síntoma del afán de un sector de la ciudadanía de “disputarle la calle” al kirchnerismo. El involucramiento de minorías usualmente no activas amplía el campo democrático. Su participación y las coberturas militantes de tantos medios testimonian una amplia libertad de expresión. La acción directa no es novedad en Argentina, tampoco que sea utilizada contra este oficialismo. Huelgas incluyendo servicios públicos muy sensibles, bloqueos, tomas de establecimientos o escuelas, cortes de calles o rutas y un buen puñado de símiles son dato cotidiano. Es lógica instrumental: la acción directa es, en promedio, redituable para quienes la ejercen. Cuando peticionan algo específico, más vale. No es éste el caso. Hay algo central del 13-S y del 8-N que los distingue nítidamente de (por citar ejemplos memorables, no únicos) las convocatorias de Juan Carlos Blumberg o los cortes y movilizaciones “del campo”. Es su absoluta carencia de reclamos precisos, objetivos inmediatos accesibles, liderazgos visibles y (aspecto no menor en jugadas similares) oradores que los expresen, sinteticen o encuadren en el cierre de los actos. No falta quien ve pura virtud en esas ausencias, el cronista las lee como un límite severo. Su perduración, supone este escriba, podría signar el potencial de otras movidas. En setiembre estaba cantado que habría otra y que sería más grande. La repetición a futuro podría ser más trabajosa, aunque ningún porvenir está escrito totalmente de antemano. Cuerda para diciembre podría quedar. La cobertura de los medios dominantes durante las semanas previas, ayer y (delo por hecho) los días venideros exudó pertenencia. La Nación on-line se valió de las redes sociales para comprobar que el repudio anti K dijo “presente” en todo el planeta. Comenzó en Australia, como los festejos de fin de año: 32 asistentes. El hecho de masas se ramificó en París, Roma, Viena y otras comarcas, incluyendo Azerbaiyán. De veras. Un fantasma recorre el mundo podría decirse, si la frase no fuera de otro “palo”. Toco, convoco, no voy: Dirigentes opositores trataron de capitalizar la marcha, sin contrariar a sus asistentes, que alegan no querer ser “usados”. Son contados los que se jugaron a ir. Muchos interpelaron a “la gente”, aunque prometiendo no estar. “Es la sociedad civil que se expresa” “no debemos enturbiar el acto”, fueron, con matices mínimos, los argumentos más socorridos. Hay una insalvable contradicción en ese endiosamiento de una sociedad encapsulada, la supuesta retirada propia y el llamado a que se mueva. Mauricio Macri y Elisa Carrió incurrieron en ella sin mosquearse. El politólogo y periodista José Natanson da en el clavo cuando señala en un artículo publicado en Le Monde Diplomatique que no hay en plaza una oferta de programa económico alternativo al oficialista. Tampoco emerge una fuerza no-K que interpele con cierto éxito a distintos estamentos sociales. Con ironía, Natanson recuerda a quienes “despotrican contra el populismo oficialista” que “el kirchnerismo es, como toda experiencia populista, un movimiento policlasista”. Sin base social extendida ni proyecto articulado, la oposición se cuelga de los faldones de los caceroleros. El kirchnerismo, a su vez, debería evitar la tentación de confundir la parte con el todo. En dos sentidos. Uno, bastante trillado en el oficialismo, sería reducir la pluralidad de los manifestantes a su tramo más odioso, que existe y se hace notar. Pero la extrema derecha en Argentina es minoritaria y piantavotos, a diferencia de lo que ocurre en Chile, por ejemplo. Esos grupos ponen toda su carne al asador, es cierto, pero jamás suman tanto. Otra mala lectura sería creer que los que pusieron el cuerpo son los únicos que lo cuestionan, que rechazan (así fuera en parte) sus políticas públicas o que han sido damnificados en intereses propios en lo que va del tercer mandato de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Hechos como el 8-N deben inducir a revisiones o miradas panorámicas que trasciendan el sobrevuelo más inmediato. Sin apearse del contrato electoral, casi sobra consignarlo.

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