Mucho más que el golpeteo de una cacerola

Ecos de la protesta argentina

Los argentinos parecen estar familiarizándose con esa manera española de designar los acontecimientos “importantes” casi que en clave agonística. La semana pasada, el jueves 8 (8-N), tuvieron lugar en diversas ciudades marchas de protesta contra el gobierno que fueron vistas por algunos analistas como las manifestaciones de mayor convocatoria de la última década. Mucho más numerosas, por cierto, que los cacerolazos del 13 de setiembre (o 13-S).

Tan masivas fueron, que sectores cercanos al oficialismo llamaron a la presidenta Cristina Fernández a abrir los ojos y ensanchar la mira. El gobierno, por ahora, sigue preparando su próxima batalla, la del 7-D, cuando llegue la hora señalada del choque con el Grupo Clarín. La protesta del jueves 8 movilizó una cantidad de gente imposible de mensurar. ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? Muchas decenas de miles, sin duda. Dos rasgos centrales caracterizaron la movilización. Por un lado, fue efectivamente convocada a partir de las redes sociales y luego amplificada por los medios críticos al gobierno. Por otro, la vaguedad y amplitud de los reclamos terminaron por diluir su potencia efectiva, si bien la sola presencia de una multitud en el espacio público golpeando cacerolas, aunque sin líderes ni oradores, la convierte en un termómetro que marca una temperatura en ascenso. Y no parece el mejor clima para afrontar las elecciones parlamentarias de mitad de mandato para el gobierno. Entre los manifestantes la bronca apuntaba al estilo de conducción del poder, más que a reclamos puntuales, si bien los hubo. El ninguneo y minimización de parte del poder de lo que algunos sectores ven como problemas, operó como acicate. Las limitaciones para la compra de dólares, la “sensación térmica” en materia de inseguridad, el aumento de los artículos de la canasta básica y la dureza con que la presidenta fustiga a sus opositores fueron otros. Desde el gobierno y sus voceros el libro de quejas parece excesivo. El Ejecutivo sostiene que no se puede hablar de restricciones a la compra de dólares: quien pueda justificar por qué los compra no tendrá problemas. Niega también que la inflación sea superior a los dos puntos, citando las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (indec), pese a que éstas son cuestionadas desde 2007. Dice también el gobierno que Argentina se encuentra entre los tres países de menor criminalidad en la región, aunque algunas consultoras privadas señalan que también esos datos pueden ser falseados. Con este panorama, los caceroleros salieron a reclamar según su propia necesidad. En el oficialismo se piensa que la protesta de la semana pasada fue un ejemplo del actual modus operandi de “la derecha”. Para el economista Ricardo Aronskind, de la Universidad Nacional de General Sarmiento, “la derecha conspira así. En principio, a estas manifestaciones de descontento no las organizan, ni las encabezan, porque la idea es sumar sin distingo de color ni pelaje. Pero ellos ya tienen un programa definido que pondrán en práctica cuando consideren el momento adecuado para golpear”. Cuando se rasca bajo el barniz de los convocantes, aparecen efectivamente personajes de cuidado. La Fundación Pensar, usina de ideas de la derecha liberal ligada al jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, fue acusada por el senador y ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández de aportar contenidos y “trabajar sobre las redes sociales para convocar y amplificar la protesta”. En las calles se vio también a Cecilia Pando, esposa de un ex militar, que reclama la libertad para los represores detenidos por delitos de lesa humanidad, a militantes de grupúsculos portando insignias nazis, se vieron pancartas contra Cuba y otras comparando a Cristina con Hugo Chávez. Que hubo derecha dura entre los manifestantes, sin duda. Pero no sólo. El gobierno intentó igualmente minimizar el alcance de las protestas explicándolas como producto de devaneos típicamente clasemedieros “Es muy gracioso ese prejuicio del oficialismo hacia la clase media”, dijo a Brecha el periodista Jorge Lanata. “Políticos que viven en Puerto Madero en departamentos de 2 millones de dólares acusan de ‘clase media’ a pobres tipos que salen a la calle con cacerolas. Es lo mas gracioso que vi en años. Políticos hipermillonarios acusan a los manifestantes de ser de clase media. Como si ser de clase media estuviera mal. Y ellos se autoidentifican como de clase obrera. Es una locura, además de que implica suponer que la clase obrera siempre tiene razón. Este tipo de actitud, de reacción verbal del gobierno, me parece tan discutible y fuera de lugar como las consignas de las viejas paquetas de Barrio Norte pidiendo que Cristina se muera. El gobierno le da al pedo pasto a estas fieras. La verdad es que en los cacerolazos hubo gente de todos lados, de Barrio Norte, de clase media, de todo.” No muy distinta en este último plano fue la opinión del premio Nobel de la Paz y defensor de los derechos humanos Adolfo Pérez Esquivel, sin embargo relativamente cercano al gobierno. Pérez Esquivel dirigió una carta a la presienta en la que reclama diálogo, sin desconocer los logros de diez años de kirchnerismo. “Cristina: entre los principales reclamos estaba el de la falta de diálogo del gobierno, ser gobernante es serlo de todos y no de algunos, pretender desconocer los hechos y no querer escuchar las voces de todo el país, aunque desentonen con tu ‘sintonía fina’, es asumir actitudes preocupantes bajo el riesgo de caer en el ‘autismo político’, peligroso para la salud democrática del país”, escribió. Para el Nobel de la paz, había entre los caceroleros ciudadanos de todos los partidos políticos, e incluso “ciudadanos que no son ni esto ni aquello, pero pueden ser algo”; que a mediano plazo pueden ser algo.

 

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