La manifestación que en la noche del jueves 8 puso en marcha a un millón de personas en la Argentina respondió a las preguntas que la precedieron: ¿sería grande? ¿Sería en paz? ¿Sería un listado inútil como los de esos libros de quejas que nadie luego lee? ¿Una pesadilla de noche de verano? ¿Un amanecer político? ¿Saldrían de la nada recién nacidos dirigentes con soluciones nunca vistas? Fue grande, fue en paz.
Hubo graves apagones en la víspera: cientos de ascensores no ascendieron, miles de computadoras tragaron jornadas de trabajo, los subtes se detuvieron. Las heladeras derritieron pasteles en las panaderías y se pudrieron en todas partes muchas cosas. También el ánimo de las personas peregrinando hacia sus casas. Este gobierno desarrolla una relación pendular con la gente. Como las madres de la isla de Bali (que según Mead y Bateson daban un rato de mamar a sus hijos y, cuando ellos confiaban, los rechazaban e ignoraban) instaló el doble vínculo: discursos y actitudes humanistas, fervorosas banderas alentaron la confianza. Pero esas banderas se usaron de telón sobre actitudes inaceptables. Aunque Axel Kicilof está a cargo de la gestión energética, fue Julio De Vido quien desde el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios declaró en conferencia de prensa que el corte de energía pudo deberse a que “alguien bajó la palanca”. De Vido, antes de pedirle a sus ingenieros que detecten la falla, derivó a la Justicia esta crisis llamándola sabotaje. El tema cayó por sorteo en las enjoyadas manos de Oyarbide. Cuando alguien en quien confiamos nos miente y nos ignora dudamos de lo que percibimos nosotros mismos. El doble vínculo es puerta a la esquizofrenia porque en principio no admitimos el destrato, queremos creer que no es tal y llegamos a pensar que nos equivocamos en nuestra sensación de desamparo. Al hablar con otros, al juntarnos con otros que sienten lo mismo, que se dan cuenta de lo mismo, empezamos a decir “ah, entonces no estoy loco, esta relación –con chantajes afectivos y mentiras- no es sana.” Ni es fácil darse cuenta ni es sencillo reaccionar, porque es lindo creer que estamos en el mejor de los mundos posibles. Ojalá. Ojalá fuera cierto. Pero la realidad argentina padece irrealidad. Como en el país de Alicia ciertas cosas crecen desmesuradamente –los crímenes, el robo, la deuda pública- y otras se minimizan –la inflación, la deshonra. Hay un Gato de Cheshire de quien desaparece hasta la sonrisa cuando se le pregunta por sus testaferros y una reina que supone complots cuando la contradicen. Decir que “alguien debió bajar la palanca” suena a frase surrealista de la liebre de marzo, pero la dijo un ministro que desde hace diez años tiene un ministerio asignado. De Vido ha debido planificar. No lo hizo: la luz se apaga, los trenes chocan y los subsidios se pierden por el camino. La palanca de De Vido no mueve el mundo como la de Arquímedes pero resume el “yo no fui” con el que esta administración responde a las catástrofes. Los manifestantes del 8N –a pie y sin más banderas que las del país donde viven- pidieron “no nos mientan”. Ni sabios ni perfectos ni más que nadie, manifestaron su desacuerdo: con que se reforme la Constitución, con las inciertas cifras, con la desatención de temas vitales, con la degradación ética, con confundir pasión política con obsecuencia, con el uso del presupuesto nacional, con que funcionarios importantes se amparen en sus cargos para hacer negocios y no respondan ante la Justicia. Desacuerdo con que el Poder Ejecutivo presione al Poder Judicial, desacuerdo con la falta de previsiones económicas a largo plazo, con la falta de inversiones en vivir decentemente. Mostraron sobre todo desacuerdo con la imposibilidad de mostrar desacuerdo. Con todos los defectos que se le pueda encontrar, el 8N tuvo algo refrescante, un síntoma saludable: salir del ámbito privado al público. Y lo hicieron en paz. No se ha creado ningún partido político nuevo. No se ha escrito un manifiesto ni un listado de soluciones. La gente que salió a las calles no sabe –o no sabe por el momento- proyectar soluciones, darle forma a sus sentimientos. Pero “La presencia de otros que ven lo que vemos y oyen lo que oímos nos asegura de la realidad del mundo y de nosotros mismos”, ha escrito Hannah Arendt en La condición humana. El pueblo constituye la nación junto con su territorio y su gobierno. Sin territorio no hay donde estar parados. Sin (buen) gobierno no hay protector del pueblo. Sin pueblo no hay nación. El pueblo que salió a caminar el 8N no fue desconstituyente como se temió desde el oficialismo. Ni golpista. No hay que temerle al pueblo. Hay que escucharlo. Porque está hecho de voces que merecen respeto. En pequeños carteles escritos a mano le demandaron sus votos a quienes votaron -democráticamente, esperanzadamente- confiándoles los asuntos de la polis mientras ellos –el pueblo- cumplen labores más privadas, con las que ganan su manutención. Ganan también la de su Presidente electa, la del vicepresidente que ella designó, la de sus gobernadores, sus ministros, sus jueces, sus parlamentarios, sus funcionarios públicos. El pueblo salió a recordarles que han sido electos para: constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad. Así lo piden las pancartas del 8N. Y la Constitución argentina .