Brecha Digital

La espera

Tres años del terremoto en Haití

“La gente puede preguntarse por qué tantas personas siguen sin hogar, pero cuestiones básicas, como la determinación de a quién pertenece la tierra sobre la cual podemos construir y cómo las personas desempleadas pueden pagar el alquiler, siguen complicando seriamente el proceso de reconstrucción”, comentó Alexandre Claudon, representante de la Cruz Roja en Haití, el sábado 12, cuando se cumplieron tres años del terremoto que mató a unas 250 mil personas, destruyó las viviendas de otros 1,5 millones y causó destrozos por más de 13.000 millones de dólares. Según cálculos de las Naciones Unidas, entre 350 mil y 380 mil personas siguen viviendo en campamentos, sometidas a riesgos sanitarios y de seguridad muy severos. Desde 2010, la epidemia de cólera ya afectó a 635 mil haitianos, 8 mil de los cuales murieron, según el último balance oficial, difundido en noviembre, y los refugiados en campamentos están entre los más expuestos.
Según un estudio de la Universidad de Florida publicado la semana pasada por la revista Nature Scientific Reports, vacunando a la mitad de los 10 millones de haitianos se podría frenar la expansión del cólera, pero sólo 1 por ciento de la población recibió la vacuna hasta ahora en el marco de un “proyecto piloto”. Zindoga Mukandavire, uno de los autores del estudio, dice que el cólera podría convertirse en endémico en Haití. “Para evitarlo, la campaña de vacunación tendría que acompañarse de programas para mejorar la calidad del agua.”
Mientras tanto sigue la polémica entre las autoridades haitianas y los países donantes sobre la utilización de las ayudas llegadas tras el terremoto. El presidente, Michel Martelly, se queja de que la mayor parte de los fondos fueron a ong que los utilizaron en tareas de emergencia y en su propio financiamiento (pago de salarios, estudios de factibilidad de técnicos, alquileres de locales, etcétera) y no en proyectos de desarrollo que pudieran “sacar al país de la miseria”. Canadá, uno de los mayores donantes (entregó unos 350 millones de dólares), decidió congelar los programas de asistencia a Haití hasta “saber qué se hizo con el dinero ya entregado”.
“La ayuda nunca va a donde debería ir, a los pequeños productores agrícolas, y se pierde a menudo en los meandros de la burocracia”, dijo un integrante de una cooperativa de trabajadores agrícolas. Al terremoto se sumaron la sequía del último verano y las inundaciones generadas por el huracán Sandy a fines del año, para conformar una situación terrible de inseguridad alimentaria. “Se han perdido las cosechas en la mayoría de las regiones. Hoy hay una verdadera amenaza de hambruna”, dice Chavannes Jean-Baptiste, que dirige la organización Mouvman Paysan Papaye.
Desde el paso del huracán, en octubre, los productos escasean en los mercados, los precios de los alimentos aumentaron y cerca de 2 millones de personas están en situación de inseguridad alimentaria. “Se necesita una distribución masiva de semillas (de semillas naturales, no de transgénicos, que son negocio sólo para las multinacionales que las producen) –dice Jean Baptiste–. Pero las grandes ayudas internacionales nunca llegan con este destino. Lo que necesitamos sobre todo es asistencia técnica y créditos para poner en pie infraestructuras agrícolas.”
En cuanto a las viviendas, de las 400 mil que se necesitarían, según Ary Adam, responsable de la oficina encargada de la reconstrucción de edificios públicos y viviendas, se han construido apenas unos cientos. Cerca de 4 mil están en obra en una planicie desolada de los alrededores de Puerto Príncipe. El proyecto, que se llama Aldea del Renacimiento, tardará cinco años más en concluirse, pero además “las viviendas que comprende son tan chicas (unos diez metros cuadrados para familias de seis personas) que generarán nuevos problemas”, prevé Pierre Noel, un trabajador de la construcción que también se queja de la casi nula supervisión ejercida por el Estado haitiano sobre la obra, a cargo de una empresa dominicana.

Escribir un comentario