Paraguay
Aunque en el primer momento generó un fuerte sacudón en toda la población paraguaya la noticia de la muerte del ex general Lino César Oviedo, ésta va perdiendo interés a pocos días de haberse estrellado el helicóptero que lo transportaba, dejando la sensación de que la memoria de la gente prefiere imitar al pájaro de hierro que lo sepultó dos metros en la tierra roja.
Con sorprendente rapidez, su muerte pierde espacio en los grandes medios de la prensa comercial, tan adictos al menor movimiento del controvertido personaje desaparecido en plena campaña electoral, postulante por cuarta vez a la presidencia de la república por su partido (Unacé), un desprendimiento del omnipresente Partido Colorado, que convirtió en una suerte de empresa unipersonal comandada con el mismo autoritarismo castrense que siempre ejerció.
El interés mayor se está volcando hacia el devaneo de su electorado, que presumiblemente constituye la tercera fuerza en votos, con unos 200 mil alistados. Fernando Lugo ganó en abril de 2008 con unos 800 mil sufragios.
Aún es prematuro conocer el destino de esa masa, una mezcla de grupos en búsqueda de cambios políticos –cuya adhesión al líder siempre se ha basado en resentimientos hacia las cúpulas colorada y liberal, y de agradecimiento porque Oviedo integró el grupo que destronó al general Alfredo Stroessner después de 35 años de satrapías– y otros que han sido conquistados por el mesianismo y la demagogia rampantes del personaje.
“El país necesita un dictador y aquí me tiene, para maniatar a los delincuentes y para achicharrarlos ante la prensa nacional e internacional y enlatar sus cenizas que este presidente tirará al río Paraguay para evitar que rebroten”, declaró en 1996, año que encabezó un golpe de Estado, intento que repitió en 2000 y en 2009, hasta que logró triunfar el pasado 22 de junio abrazado al Partido Liberal para derrocar a Lugo. En Estados Unidos existe la pena de muerte, dijo Oviedo en la oportunidad, “si hace falta también aquí utilizaremos la silla eléctrica”.
No sólo dentro de la Unión Nacional de Ciudadanos Éticos tiene seguidores confesos la pena capital, sino que hasta en el Partido Encuentro Nacional, cuyo origen hace una década fue progresista, dos jóvenes aspirantes a diputados, ambos comunicadores y abogados, Rubén Mazier y Hugo Rubín, compiten para sobresalir en la defensa de la pena de muerte. “Los violadores, secuestradores y asesinos deber ser fusilados públicamente, y tampoco me opongo a procesos químicos ni a la silla eléctrica”, dijo el primero.
Rubín, muy presente en la radio Ñandutí, propiedad de su familia, y en un canal de televisión, cometió el pecado de ser “bruto para hablar”, según su padre, el inefable Humberto Rubín, quien nada dijo del contenido del discurso de su hijo: “Que se pudran en la cárcel esas basuras, lacras de la sociedad, vamos a crear penitenciarías de trabajos forzados, que anden con grilletes, haciendo rutas, eso van a tener que hacer o si no se van a morir dentro de la cárcel, de hambre”.
Oviedo, insuperable agente de la desestabilización del Estado en el último cuarto siglo, acusado entre otros delitos de ser el autor intelectual del magnicidio de marzo de 1999 contra el vicepresidente y último caudillo colorado, Luis María Argaña, y del asesinato de ocho jóvenes demócratas, encontró la muerte al cumplirse 24 años exactamente del asalto a la residencia de Stroessner, en la noche del 2 de febrero de 1989, cuando era un coronel sólo conocido por sus bravuconadas y por depredar los bosques y tierras indígenas, con matones uniformados.
Su muerte ha generado un sinfín de especulaciones, que van desde la creencia de que no viajaba en el helicóptero y que, por el contrario, planificó su caída en otro de sus burdos montajes buscando un fuerte efecto mediático, hasta el supuesto de que habría sido eliminado por la cia o la dea, en una nueva operación de quema de archivos, dado que Oviedo ha sido acusado en varias ocasiones de narcotraficante y terrorista por voceros del Departamento de Estado.
En vísperas de las elecciones de 2008, que ganó Fernando Lugo al frente de la Alianza Para el Cambio, Oviedo fue calificado por el embajador de Estados Unidos, James Cason, de megalómano, mesiánico, mentiroso, loco, antidemocrático, promiscuo, adulón, vanidoso y populista.
Se le negó la visa de entrada a Estados Unidos bajo la sospecha de vínculos con el asesinato –años antes y en pleno centro de Asunción– del general Ramón Rosa Rodríguez, en momentos que se dirigía a entregar al entonces presidente Juan Carlos Wasmosy, otro enemigo de Oviedo, un portafolios con documentación sobre los capos del narcotráfico en Paraguay y en la región. La cartera negra desapareció tras el balazo en la cabeza. Varias hipótesis sobre la autoría, aún sin aclarar, surgieron entonces, pero dos quedaron en el imaginario colectivo como las sospechas más firmas: el hurto fue cometido por gente de la dea o de Oviedo.
Tras su muerte, para seguir la tradición, en la larga lista de supuestos aparecen en lugar destacado los entuertos entre mafiosos, o bien un cobro de cuentas por su participación en la sustitución de Stroessner o en el asesinato de Argaña, como asimismo un ajuste interno en las filas de su partido, que en el último año ha sufrido varias deserciones con escándalos públicos.