Crónica desde Nicosia
En abril de 2003 se abrió por primera vez la frontera que divide la isla de Chipre en dos, después de tres décadas de aislamiento. Luego de diez años, grecochipriotas, al sur, y turcochipriotas, al norte, siguen viviendo de espaldas.
Al final de la céntrica calle Ledra, en Nicosia, un cartel advierte en tres idiomas la prohibición de sacar fotos. Un hombre alto, mochila a la espalda, levanta la cámara y dispara a la placa enyesada sobre la garita de un checkpoint policial que reza “La última capital dividida de Europa”. Es el souvenir más codiciado de la capital chipriota, un recuerdo de la frontera que parte en dos la isla mediterránea.
Desde que el ejército turco invadió el norte de la isla, en 1974, Chipre vive de espaldas a sí misma. La ocupación de un tercio de su territorio por parte del país vecino dibujó una línea que ha mantenido separados a turcochipriotas y grecochipriotas por casi 30 años. Ambas comunidades, que representan un 18 y un 77 por ciento de la población de la isla respectivamente, permanecieron aisladas hasta que el 23 de abril de 2003 se abrieron los primeros pasos en los 180 quilómetros que dividen la zona sur de la República Turca del Norte de Chipre (rtnc), autoproclamada en 1983 y reconocida sólo por Turquía.
Una década más tarde, ambas partes se siguen mirando con recelo a través de la línea verde vigilada por los cascos azules de las Naciones Unidas. “Es un buen momento para debatir y preguntarse si la apertura de la frontera fue algo positivo o negativo”, plantea el sociólogo grecochipriota Charis Psaltis, cuyas investigaciones se han centrado en analizar cómo el contacto entre las dos comunidades puede potenciar la convivencia tras los largos años de mutuo aislamiento que siguieron a un sangriento enfrentamiento civil.
Desde 2003 se han registrado más de 20 millones de desplazamientos en los siete pasos abiertos entre el norte y el sur (los últimos, el de la calle Ledra, en Nicosia, y Limnitis, en el oeste, en 2008 y 2010). La cifra es elevada para un país que cuenta con poco más de un millón de habitantes. Sólo en los primeros nueve meses desde la apertura de los checkpoints se registraron dos millones de movimientos de un lado a otro. “Hay diferencias”, advierte Psaltis, “los desplazamientos desde el norte son casi el doble que desde el sur”: 7,5 millones, frente a 13,5 millones.
Más allá de los números, Psaltis ve también diferencias en los motivos que llevan a una comunidad y a otra a visitar la otra parte de la isla. “Los grecochipriotas cruzan para visitar sus propiedades, si son refugiados, y las iglesias, como parte de un fuerte sentimiento religioso; los turcochipriotas cruzan, mayoritariamente, para ir de compras.”.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.