Como en los viejos tiempos
La semana pasada Sudáfrica vivió la jornada más violenta de represión policial desde el fin del apartheid, en 1994. El jueves 16 unos 35 obreros murieron en los alrededores de la mina de platino de la localidad Marikana, en el norte del país, al ser atacados a balazos por la policía. Los obreros estaban armados de lanzas y machetes. Tres días después de la masacre, la dirección de la mina, perteneciente a Lonmin, la tercera empresa de platino del mundo, llegó al colmo de conminar a los obreros a “reintegrarse de manera inmediata al trabajo”, bajo pena de despido. El ultimátum fue aplazado en un día, del lunes al martes, a pedido del gobierno.
La huelga había sido decidida el diez de agosto por 3 mil de los 28 mil obreros de la mina. Se trataba de una huelga “salvaje”, al haber sido votada por una minoría agrupada en torno al sindicato amcu, opuesto a la Unión Nacional Minera, ligada al gobernante Congreso Nacional Africano. Unos días antes de la masacre se habían registrado enfrentamientos entre sindicalistas, y entre sindicalistas y policías, que habían dejado diez muertos (ocho obreros, dos agentes). “Los explotadores pueden ser negros o blancos, y sus cómplices negros o blancos, no tienen color”, dijo un dirigente del amku.
El reclamo principal de los huelguistas era salarial: pedían triplicar el sueldo de los mineros, que no llegan a ganar 500 dólares y viven en su mayoría en condiciones miserables. Un cable de la agencia France Presse del 19 de agosto constataba esa situación: “Ian Buhlungu, de 47 años, alquila un barracón de madera y chapa ondulada en un barrio de villas miseria, en la polvorienta llanura que linda con la mina de platino que explota la compañía Lonmin. No tiene agua corriente y usa la letrina pública, que no es más que una fosa. Al igual que miles de sus compañeros mineros, vive solo, lejos de su familia. Su esposa murió de tuberculosis hace dos años. Actualmente, su hija vive en casa de una tía y su hijo en casa de una abuela en la lejana Provincia Oriental del Cabo, a cientos de quilómetros de distancia, en la otra punta del país. ‘Quisiera vivir con mis hijos, pero es imposible’, cuenta este hombre, quien envía todos los meses una parte de su escaso salario de minero, unos 400 euros, a su familia. ‘La gente que no estudió tiene un salario miserable, apenas logra darle de comer a su familia’, explica”.
Adam Habib, sociólogo de la Universidad de Johannesburgo, dice que desde que las mineras se instalaron en el país, a comienzos del siglo xx, las condiciones de vida y de trabajo de sus empleados han cambiado muy poco. Ni siquiera en los 18 años de “democracia multirracial” que se llevan desde el fin del apartheid. La minería es el sector que más mano de obra utiliza en Sudáfrica y la inmensa mayoría de sus trabajadores son negros. En Marikana muchos de ellos viven en las cercanías de la mina, en cantegriles sin saneamiento, agua ni electricidad.
Buena parte del capital de Lonmin fue adquirida recientemente por la anglosuiza XStrata, una de las primeras trasnacionales del planeta. Aun si en los últimos meses el precio del platino ha caído en los mercados, las ganancias de Lonmin siguen siendo fabulosas. El ingreso anual de un ejecutivo de la firma supera los 150 mil dólares.

