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Las leyes de la estupidez humana

Los más eruditos lo conocen como un buen historiador de la economía, pero la celebridad del profesor Carlo Cipolla (1922-2000) llegó cuando publicó un aporte fundamental al conocimiento de la especie: Las leyes de la estupidez humana.* Los humanos, como los gusanos o los elefantes –argumenta Cipolla–, tienen su carga de molestias y fastidios en la vida, pero cuentan con un grupo especial de individuos –los estúpidos–. Más poderoso que la mafia o que el complejo militar-industrial, ese grupo no tiene jefe ni presidente, ni siquiera está organizado, pero funciona perfectamente como tal. Cada miembro por su propio accionar amplifica y hace más eficiente la acción de los demás. Cipolla aclara que no es cínico ni derrotista, sino que su obra es “el resultado de un esfuerzo constructivo cuyo objetivo es detectar, conocer y quizá neutralizar una de las más poderosas fuerzas oscuras que obstaculizan el bienestar y la felicidad de la humanidad”. La primera ley fundamental dice: “El número de estúpidos existentes en el mundo se subestima inevitablemente siempre”. O, para formularla más matemáticamente: “cualquier cálculo de la cantidad de estúpidos que se efectúe da un resultado inferior a la realidad”. Pasemos a la segunda: “Las probabilidades de que un individuo sea estúpido son independientes de todas las otras características del mismo”. En este caso, explica Cipolla, la naturaleza demuestra su capacidad para regular los fenómenos: la estupidez está igualitariamente repartida entre razas, oficios, géneros, clases sociales, niveles educativos. Es más, después de estudios que asevera haber llevado a cabo, el autor concluye que el porcentaje de estúpidos se mantiene constante incluso entre el conjunto de los premiados por el Nobel. Por otro lado, el italiano dice que las interacciones de los seres humanos pueden ser evaluadas como operaciones costo-beneficio, no necesariamente percibidas de la misma manera por una persona que por otra. Esta aclaración le permite llegar a la tercera ley fundamental o “regla de oro”. Esta ley se basa en que la humanidad es divisible en cuatro grandes categorías: los cretinos, los inteligentes, los bandidos y los estúpidos. Cuando alguien, por su acción, provoca en otro una pérdida que a él le ocasiona una ganancia, por ejemplo un robo, se está ante un bandido. En cambio aquel que genera un beneficio a otro a su propio costo, es un cretino. El ser inteligente es capaz de crear beneficios para todos. Lamentablemente, lo más frecuente es encontrarse con gente que hace perder tiempo, dinero, energía, salud, buen humor a los demás sin ganar nada a cambio. Son, claro está, los estúpidos. La tercera ley lo enuncia así: “Es estúpido aquel que inflige una pérdida a otro individuo o grupo de individuos sin sacar para él ningún beneficio o eventualmente infligiéndose pérdidas”. El autor distribuye en un esquema la frecuencia en que los individuos operan como bandidos, cretinos, inteligentes o estúpidos. Alguien que siempre obtiene un beneficio a costa de otro es un bandido perfecto, pero si causa daños innecesarios, o sea que la pérdida de la víctima es mayor que el beneficio obtenido, entonces es un bandido cretino. Los estúpidos son quienes más veces logran ser coherentes con su estado, causando daños, pérdidas y molestias a los demás sin sacar ningún beneficio propio. Ante los estúpidos, por lo general, el resto de los humanos están inermes: su conducta “irracional” los toma siempre desprevenidos. Vista la importancia de este grupo en la vida de los demás, Cipolla analiza los dos factores fundamentales de su potencial: el factor genético que hace que algunos, por herencia, pertenezcan a la elite de los estúpidos, y su posición en la sociedad (cuanto más poder tienen su capacidad de daño es mayor). En la era preindustrial, dice el autor, la clase, la casta y la religión aseguraban que tal tipo de individuos ocuparan posiciones de poder. Hoy, partidos políticos y burocracias sustituyen a las clases y las castas y, según el profesor, la democracia sustituye a la religión. Las elecciones son la ocasión perfecta para que los estúpidos, actuando colectivamente, y no necesariamente en forma concertada, puedan elegir a alguien para que fastidie a todos, sin ganar ellos nada a cambio, afirma Cipolla, y de ahí pasa a la cuarta ley: “Los no-estúpidos subestiman el poder destructor de los estúpidos, olvidan que desde siempre, irremediablemente, tratar con o asociarse a un estúpido es un error costoso”. En la historia de la humanidad, agrega, no haber tomado en cuenta esta ley se ha traducido en pérdidas inimaginables. La quinta ley machaca: “El individuo estúpido es el más peligroso de los individuos”. El estudio de Cipolla culmina con una serie de gráficas, macro y microanálisis que sustentan sus afirmaciones. n

*     The basic laws of Human Stupidity. Società Editrice Il Mulino, Boloña, (1988) y Presses Universitaires de France, (2012), por la edición en francés.

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