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París tomó la calle para frenar el ajuste

La izquierda de la izquierda recuperó el fin de semana pasado en Francia el mejor territorio de la protesta, la calle, para poner en tela de juicio el tratado presupuestario europeo que la socialdemocracia gobernante defiende con uñas y dientes. El Frente de Izquierda y otras 60 organizaciones reunieron en París cerca de 80 mil personas en un acto de repudio al tratado presupuestario europeo y las políticas de ajuste que acarrea. Este texto, que desde el principio desembocó en una fractura profunda entre las izquierdas, fue presentado el martes en la Asamblea Nacional para examinar su ratificación. Impuesto por los países del norte de Europa, con Alemania a la cabeza, el documento, también conocido como Tratado sobre la estabilidad, coordinación y gobernanza de Europa, es una hoja de ruta donde las palabras “social”, “reactivación económica”, “crecimiento” o “desempleo” son las grandes ausentes.

Lo que abunda son términos como “rigor  financiero” o “disciplina presupuestaria”. Rigor absoluto de las cuentas sin sueños.
El presidente socialista francés, François Hollande, fue electo en mayo pasado con la promesa clave de renegociar ese tratado, firmado en marzo de este año por su predecesor, Nicolas Sarkozy. Sin embargo, la renegociación se quedó en promesa y quienes en mayo de este año festejaron la victoria socialista bailando hasta el amanecer ahora salen en contra del presidente que eligieron porque respalda un texto que la izquierda radical y los ecologistas juzgan nocivo. Apenas electo, Hollande dijo que el destino de Europa no podía ser “la austeridad”. Una vez en el poder, la austeridad se hizo la regla de oro y el tratado el manual de instrucciones.
Hollande vio desfilar a todo lo que está a la izquierda del Partido Socialista y se opone a un texto que fue aprobado por él. El tema es un cuchillo filoso en la unidad de la izquierda. Sin rodeos, el líder del Frente de Izquierda, Jean Luc Mélenchon, lanzó una advertencia al jefe de Estado: “Para él, el tratado era una formalidad, ya estaba arreglado. Y ahora va a tomar conciencia de que no, de que en Francia como en el resto de Europa hay una oposición estructurada a ese tratado y a las políticas de austeridad”.
“No hemos elegido a Hollande para esto”, decía Martin, un manifestante que en la Place d’Italie arrojaba bombas de pintura contra la vitrina de una compañía de seguros, ante la mirada indiferente de la policía. Los afiches, los carteles y las consignas respondían a una misma voz: “En Europa, en Francia, combatamos la finanza”, “No a la austeridad en Europa”, “Más dimensión social y menos financiera”. Varios carteles hacían mención a quienes promovieron el tratado: la canciller alemana Angela Merkel y el ex presidente francés Sarkozy, apodados como“Merkozy”. Mélenchon y su estilo de tribuno político en cuyos discursos se mezclan citas de Antonio Machado, Evo Morales, Louis Aragon, Víctor Hugo o del presidente venezolano, Hugo Chávez, volvió a ganar la apuesta de la movilización y a liderar la corriente insumisa a los dictados de la Europa liberal. Mélenchon canaliza como nadie la bronca contra los mercados y un tratado que consagra la supremacía de lo financiero sobre lo social. La “rebelión cívica contra Europa y los mercados” que Mélenchon propuso durante la campaña electoral para las presidenciales de mayo y junio tuvo el domingo su primer despliegue.
Los líderes del Frente de Izquierda, el Nuevo Partido Anticapitalista, la asociación attac y los sindicatos quieren que se lleve a cabo una consulta popular sobre el tratado. Sin embargo, el jefe de Estado cerró la puerta a esta iniciativa y la gente tiene ahora la impresión de que, una vez más, le vendieron un cuento electoral. “Soñamos durante la campaña con la renegociación de un texto cuya única finalidad es el sacrificio de lo social. Ahora estamos bien despiertos. Los socialistas nos engañaron con sus cantos de sirena. Están todos de acuerdo con el gran capital”, explicaba Jean-Pierre, un manifestante de 36 años, profesor en la educación nacional. “Con ese tratado las deudas las vamos a pagar nosotros y los beneficios se los van a llevar los bancos”, decía otro manifestante.
La gente mostraba este domingo la certeza de que, una vez que el texto sea ratificado, la poca inversión social que realizan los Estados europeos pasará al cajón de los recuerdos. “Con socialistas o sin socialistas, el mundo seguirá igual: los pobres serán más pobres y los ricos, súper millonarios”, gritaba enfurecido otro manifestante.
La ilusión socialista duró poco. Hollande había provocado un terremoto cuando en plena campaña se pronunció a favor de la renegociación del texto. El no cumplimiento de esa promesa tuvo el efecto de crear otro terremoto. Para la gran mayoría de los manifestantes de la izquierda radical, el tratado y las obligaciones que impone a los Estados firmantes –25 de los 27 de la Unión Europea– constituyen un horizonte clarísimo: “Francia terminará pareciéndose a Grecia, Portugal y España. Ese es el destino que nos depara el nuevo tratado”, decía Fabrice, un técnico informático militante del npa.
El discurso que circula a favor del tratado es más o menos el mismo que se escuchaba en Atenas durante la campaña para las legislativas de junio: vida o muerte. O sea, si el tratado no pasa se muere el euro y con él toda la construcción europea. El ps tiene mayoría propia para ratificar un texto al que también se oponen los ecologistas, la extrema derecha y los partidarios de la intervención del Estado como motor de desarrollo y crecimiento. El tratado ha generado varias rupturas. Los “nonistas” de la izquierda radical lo repudian, los socialdemócratas intervencionistas cierran filas detrás del premio Nobel de Economía, Paul Krugman, para quien el endeudamiento es menos peligroso que la recesión, mientras que en el seno del ps sólo el silencio impuesto por el aparato calla las discordancias.
Hollande optó por seguir a la jefa de la orquesta liberal, Angela Merkel, la gran devota de la austeridad y los tijeretazos al gasto público.

 

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