Sembrar entre cemento

El auge petrolero, que le ha reportado al país gigantescos ingresos, ha tenido como contracara que Venezuela ha reprimarizado su economía. No es un problema surgido bajo la gestión de Chávez, pero el actual gobierno no ha logrado solucionarlo: el país importa hoy hasta 70 por ciento de los alimentos que consume. El presidente ha ensayado varias estrategias para cambiar la pisada, entre ellas la promoción de la agricultura urbana, una experiencia mucho menos micro de lo que podría suponerse.

 

A pocos pasos del metro de Bellas Artes, en la bulliciosa avenida México del centro de Caracas, Julio Márquez siembra cebollas y cilantro en uno de los miles de espacios convertidos en huertos en las ciudades venezolanas, con los que el gobierno promueve la soberanía alimentaria.
“Tú puedes vivir de la agricultura tranquilamente”, dice Márquez, vestido con un mono beige, botas y gorra, mientras lanza una piedra para espantar un pequeño pájaro que revolotea por las lechugas recién sembradas en uno de los parterres.
Este espacio enclavado entre la estación de metro, un edificio de viviendas subsidiadas en construcción y el gran hotel Alba Caracas –antiguo Hilton, nacionalizado por el gobierno–, era hace años un terreno baldío, pero ahora es un cuarto de hectárea de tierra productiva de la que brotan acelga, remolacha, lechuga y otros productos “sin químicos” a precios económicos. “Por la mañana se recolecta lo que está del día y se pone a la venta”, dice Márquez, señalando hacia una esquina del terreno, donde una caseta sirve de tienda que abre al público a primera hora de la mañana. Su voz suena débil entre el ruido de los coches y autobuses que abarrotan la avenida, e incluso se ve eclipsada por la irrupción de algún que otro claxon, pero a Márquez, que trabaja allí desde hace cuatro años, parece no afectarle tanto estrés urbano.
“Un quilo de lechuga en el supermercado está sobre los 20 bolívares (4,6 dólares al cambio oficial), y aquí la vendemos a 10. Te dura una semana. Es regalado, prácticamente. Además, es más sano”, dice. Con lo que rinden las ventas, se puede cubrir los salarios y prestaciones de las ocho personas que trabajan en el huerto. “Es cuestión de organización, de autoabastecimiento.”
El presidente Chávez manifestó a principios de 2011 su deseo de reimpulsar la agricultura urbana, y desde entonces no ha dejado de anunciar millonarias subvenciones para transformar azoteas y otros espacios ociosos en patios productivos de alimentos para que –sobre todo los más pobres– puedan autoabastecerse al margen de la inflación y las grandes cadenas comerciales. El plan, inspirado en el modelo cubano y enmarcado en un gran proyecto con el que Chávez quiere volver a convertir a Venezuela en una potencia agrícola, ha permitido cultivar unos 21.600 huertos urbanos familiares, comunales o institucionales, para los que el gobierno ha ofrecido semillas, herramientas y formación para sembrar hortalizas libres de agrotóxicos.
Pero la oposición acusa al mandatario de derrochar ingentes recursos económicos en este plan mientras el campo sigue sin resolver la crisis que arrastra prácticamente desde que el país pasó de potencia agrícola a petrolera, en los años veinte del siglo pasado. A pesar de contar con 30 millones de hectáreas cultivables y de que el gobierno expropió casi cuatro millones de hectáreas para dinamizar el sector, Venezuela importa hasta 70 por ciento de los alimentos que consume, algunos comprados directamente con petróleo, y ciertos productos escasean cíclicamente, como la leche, el aceite, el café o el azúcar.
Pocos quilómetros hacia el oeste, en la barriada de El Junquito, en una de las deprimidas lomas caraqueñas sobre las que se han ido improvisando casas, Luis Torrealba, que trabaja como “pasapalos” (vendedor de aperitivos artesanales a restaurantes), recibió ayuda del gobierno para rescatar un pequeño terreno de 400 metros escarpado de detrás de su casa y convertirlo en un huerto productivo. Él mismo preparó la tierra y el abono “cien por cien natural”, y en pocos meses dio sus frutos: lechuga, repollo, zanahoria, que le sirven para aliviar la economía de su familia de cuatro personas. La carne, el pescado y el arroz los consigue en el mercado comunitario a precios subsidiados por el gobierno. “Le anexamos las verduras y con esto tenemos para ir pasando el tiempo”, explica Torrealba, sorprendido por el tamaño de la yuca que acaba de arrancar.
También en el oeste de la capital, en la barriada de El Paraíso, varios voluntarios trabajan la tierra de un patio comunal que durante 30 años estuvo abandonado, invadido de maleza y de desechos, y que ahora suministra alimentos a la gente más necesitada, a los voluntarios y a un centro hospitalario popular que acaban de construir a escasos metros. Cuando se lanzaron a rescatar ese espacio para darle uso agrícola, la tierra era muy árida. Pocos meses después, gracias al ideal clima caraqueño, ya había dado sus frutos: pimentón, pepino, cebolla, lechuga, calabaza y hasta banano. “En Caracas hay muchos espacios subutilizados. Es indispensable que se desarrollen”, explica uno de los agricultores. “Los excedentes los donamos a los vecinos. E incluso podríamos donarlos a otros países.”

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