Brecha Digital

Gaddafi recargado

A los admiradores del difunto coronel Gaddafi, sobre todo a aquellos que gravitan en la galaxia de la izquierda global y que tenían por él una devoción irrevocable, el libro de la periodista francesa Annick Cojean les va a caer como una bomba. A los demás amigos de Gaddafi, o sea, a los empresarios occidentales que hicieron negocios enormes en los últimos diez años, la obra los dejará tal vez pasmados.
A lo largo de una investigación alucinante Cojean revela la densidad íntima del desaparecido coronel. Al igual que con el también difunto presidente iraquí Saddam Hussein, mucho se sabía sobre las andanzas y perversiones de sus hijos, pero poco de su intimidad. La periodista francesa descorre el telón de las habitaciones y allí aparece un escenario que deja al ex presidente del Consejo italiano Silvio Berlusconi y sus orgías como un aprendiz de jardín de infantes. Gaddafi jugaba con el sexo a vida o muerte, secuestraba adolescentes, violaba a sus propios ministros y hacía construir lupanares personales hasta en el seno de la Universidad de Trípoli.
Cojean no hizo uno de esos libros tejidos con información pusilánime sacada de Internet, sino que recabó in situ los testimonios que aparecen en Les Proies. Dans le harem de Kadhafi, editado por Grasset. El relato de Soraya –una de las víctimas sexuales de Gaddafi–, que abre el libro, lleva al lector hasta las páginas más duras de la obra del marqués de Sade. Gaddafi fue un seguidor que, en sus prácticas, superó al divino marqués. Hizo del sexo un arma política de sumisión y de abuso. La información que contiene el libro deja muy atrás los retratos caricaturescos que circulaban sobre un autócrata megalómano que se hacía llamar “Papá Muamar”.
El llamativo coronel mandaba secuestrar jóvenes de 14 años, las violaba para luego obligarlas a presenciar sus relaciones sexuales con los hombres. Al fin, el guía supremo de un país aplastado por sus botas solía recuperar la sangre de las mujeres vírgenes para usarla en sus ceremonias de magia negra. La primera parte de esta investigación consta del relato de Soraya, una joven secuestrada en 2004 cuando tenía 14 años, durante una visita de Gaddafi a la escuela de Syrte. Hoy tiene 22. Soraya fue mantenida en cautiverio sexual durante cinco años en el subsuelo de la residencia que Gaddafi tenía en Trípoli, Bab al Aziza. Como tenía miedo del sida, antes de secuestrarla la muchacha fue sometida a un examen médico.
Del relato de Soraya se desprende la metódica práctica de los abusos y los vejámenes: violaciones, golpes, insultos –la llamaba “zorra” o “puta”, según cuenta Cojean–. Gaddafi le orinaba encima, la torturaba con golpes y la forzaba a consumir la cocaína que él mismo aspiraba cada día sin descanso. Además de autócrata, Gaddafi era un drogado y un borracho irremediable. Soraya no es más que una muestra de lo que les ocurrió a centenas de mujeres que fueron secuestradas y sometidas a las embestidas sexuales del coronel y su entorno.
Gaddafi era un cazador. Él mismo elegía las mujeres en todas las ocasiones que se le presentaban: discursos públicos, banquetes, casamientos, paseos por la ciudad, entrega de condecoraciones, recepciones diplomáticas, desfiles militares. Muchas de las famosas amazonas que constituían su guardia personal habían pasado antes por las salas de tortura sexual. Días, meses o años, el destino de esas mujeres variaba según los caprichos del coronel. Gaddafi las elegía con sumo detalle: “Se pasaba horas revisando los videos de los casamientos, eligiendo entre las fotos que le había seleccionado su entorno”, cuenta Cojean. La mano de Gaddafi sobre la cabeza de una mujer en alguna fiesta o acto público era una sentencia de muerte. Su entorno llamaba a ese gesto “el toque mágico”.
Sexo y gobierno, una combinación utilizada hasta el extremo. Uno de los miembros de su protocolo más cercano relató a Annick Cojean que el déspota “gobernaba, humillaba, sometía y sancionaba mediante el sexo”.

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