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La tierra… para quien la acapara

“La tierra para quien la trabaja” fue, durante buena parte del siglo xx, una consigna vinculada a la búsqueda de un mundo más justo, más humano, con menos miseria. La frase se atribuye al revolucionario mexicano Emiliano Zapata, quien, en el Plan de Ayala, defendía una profunda reforma agraria en un México de enormes desigualdades. Pocos años después Zapata caía abatido por las balas de quienes, en ese mismo México de servidumbres campesinas, habían decidido que repartir las tierras y distribuir la riqueza era inadmisible. Y se invirtió el proceso, expropiando y privatizando los ejidos, las tierras comunales. Ha pasado casi un siglo y la situación no ha mejorado, ni en México ni en el resto del planeta; antes al contrario. La ong Oxfam acaba de publicar un informe en el que explica cómo en la última década se ha multiplicado la compra de tierras por grandes corporaciones e inversores privados en buena parte del Tercer Mundo. La gran contradicción, aparentemente, es que en esas tierras compradas en la última década, más de 200 millones de hectáreas, podrían producirse alimentos para mil millones de seres humanos, la misma cifra de quienes, al día de hoy, padecen hambre crónica en el mundo.
Pero la compra y concentración de tierras no surge de un espíritu filantrópico por parte de los inversores. El objetivo es hacer negocio, sobre todo con la producción de cultivos para los mal llamados biocombustibles (se intenta confundir con esta denominación haciendo creer que son combustibles ecológicos o sostenibles, cuando su producción tiene un devastador impacto sobre el ambiente).
Jeremy Hobbs, el director ejecutivo de Oxfam, sostiene que “el mundo se enfrenta a una ‘fiebre desenfrenada por la tierra’ que está dejando a las personas que viven en la pobreza a merced del hambre, la violencia y la amenaza de una vida sumida en la miseria”. Así está ocurriendo en muchos países de América Latina, del África subsahariana y del sudeste asiático. Y buena parte de esa concentración de tierras se está financiando por parte del Banco Mundial.
De las muchas consecuencias que la concentración de tierras está teniendo hay dos especialmente aterradoras. Una es que el precio de los alimentos se ha disparado precisamente en los países donde más latifundios se han establecido en estos últimos años, algunos de ellos padeciendo auténticas hambrunas. La segunda consecuencia es que millones de campesinos que durante generaciones han vivido de cultivos de subsistencia en minifundios sin títulos de propiedad han sido expulsados y arrojados a engrosar las filas de los desheredados de la tierra. De esa misma tierra que ya no es para quien la trabaja, sino para quien la acapara.

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